Cósmico
Cae un meteorito en la frontera entre Perú y Bolivia, dejando un cráter de 30 metros (Prensa peruana. 18/9/2007)
Si tú lo vives, es cósmico. Si yo lo vivo, es cósmico. (Bob Marley, según Rodrigo Villegas)
De repente, la noche se vio perturbada por una línea de fuego en el espacio. El cuerpo incandescente cortó el horizonte de un tajo y fue a parar a tierra de manera tan violenta que perforó, como si fuera una barra de mantequilla, la dura superficie.
No había nadie afuera, ni un testigo que no fueran las miradas agitadas de pequeños rebaños de llamas y ovejas desperdigadas como puntos opacos en la llanura del altiplano.
“No salgan, yo iré a ver”, sacándose de encima el abrigo de los tejidos y levantándose sigilosamente, Juan Trujillo asomó la cabeza fuera de la casucha de adobes. Un viento enrarecido lo recibió con el ánimo de una advertencia.
La luz palpitante se encontraba a unos doscientos metros de distancia. Trujillo caminó hacia ella. Cuando estuvo frente al orificio humeante pudo ver el fondo de otro abismo, algo indescriptible.
Cuando regresó, su mujer arrinconada abrazaba a sus hijos. “Qué fue, qué es lo que viste” “Nada”, respondió. “Mejor duérmanse, mañana hay que levantarse temprano.”
Al día siguiente los buses de la capital faltaban para trasladar a los periodistas hacia el lugar donde había caído el supuesto meteorito.
Fue la noticia más importante del 2007 para la familia Trujillo y para los pobladores de los alrededores, entre otras cosas porque en medio del altiplano, en la mitad exacta de ese mar invertido desierto, aparentemente nunca sucede nada: la gente nace, crece, reproduce soledades y muere.
Entonces fue raro e incómodo ver llegar a toda esa tropa de cámaras y sujetos extraños, habladores, ruidosos, preguntones, mirones, en un escenario donde todo es discreción, donde todo se presta a la meditación, al tiempo lento, cíclico, frío, casi asfixiado de altura. Por eso, hasta respirar podría parecer una exageración, la suspensión de los años y el vértigo del silencio serían lo más adecuado. Las palabras apresuradas, demandantes, las luces de artificio, la confusión, no.
Y ahora ¿Dónde está el meteorito? ¿Dónde los extraterrestres? ¿Había alguna especie de virus raro llegado de algún planeta y se incubaba de manera maligna en los habitantes casi mudos de esa región? ¿Alguien había sido expuesto a algún tipo de radiación y le había nacido una cola o colmillos? ¿Estábamos a medio camino de la destrucción de la Tierra? ¿Nos lo teníamos merecido? ¿Alguien quería comprar los derechos para una película? ¿Algún animal apareció sin una gota de sangre? ¿Algo que se pudiera medianamente explotar? ¿Qué decían los astrónomos o quienes demonios estudian estas cosas? ¿Son los meteoritos caros?
Todos buscaban en la superficie, en las profundidades, al frente y al costado, algo que había desaparecido, algo que había dejado su huella humeante, algo que ya no se encontraba en el lugar donde había aterrizado la noche anterior, en el lugar donde Juan Trujillo lo había descubierto y no quería decir que sólo él había estado presente, que sólo él poseía el secreto, que nada ni nadie le harían hablar porque nada ni nadie entendería. Ni él mismo estaba seguro de entender.
Lo único cierto es que su mujer era la única que se dio cuenta de que esa cosa, meteorito o lo que haya sido, habitaba en los ojos de Juan Trujillo, escondida, esperando quién sabe qué cosa.
En un par de días el asunto ya estaba menos que olvidado en los periódicos y en la mente colectiva de las agencias y solo pasaban de vez en cuando algunos curiosos que llegaban a Carancas para mirar la herida que había quedado en la superficie árida del lugar.
La explicación parecía sencilla, los miembros de la Academia Nacional de Ciencias Modesto Montoya, dijeron que Perú es una estación habitual de meteoritos que con la fuerza del impacto y el contacto con la atmósfera del planeta arden y se dispersan y no llegan jamás intactos a tierra. Eso explicaba que solo existiera un hueco enorme de más de 30 metros de ancho. Nada de que temer.
Pero otra fue la historia que Blanca Trujillo contó un año después cuando un periodista llegó, muy de mañana, a la puerta de su casa, investigando una serie de desafortunados sucesos, inexplicables hasta este momento.
Para entonces, Juan Trujillo ya vivía confinado al fondo de un sucio sanatorio en Lima, lugar del que tal vez no saldrá hasta el fin de sus días.
Blanca, sin hacer más comentarios, inició su historia de la siguiente manera: “Recuerdo el frío, era terrible aquella madrugada…”



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