El paisito de la vergüenza

Las elecciones llevadas a cabo en Uruguay el domingo pasado dejaron un gusto amargo a muchos de sus ciudadanos, primero y fundamentalmente a los tantos que llevan ya  años esperando que la justicia se gane el sueldo, y una vez más fueron traicionados; pero también a los cientos de miles de emigrados que fueron considerados orientales de segunda por una holgada mayoría de sus “compatriotas”.

Uruguay es un país de altibajos emocionales, tan pronto hace que uno se emocione hasta las lágrimas por extraordinarias actitudes de su pueblo solidario, como te hunde en un agujero de depresión al no llegar entender cómo o por qué puede un grupo humano ser tan mezquino. La consulta electoral del domingo 25 pasado sacó a la luz lo peor de la sociedad uruguaya, leyendo los resultados uno se ve invadido por tres oleadas sucesivas de vergüenza, una más profunda que la otra.

La primera oleada, la mayor de todas, la causó el rechazo de la anulación de la ley de impunidad. Más de la mitad de los electores uruguayos decidieron el domingo pasado que nuestro país debe defender a los criminales fascistas de la acción de la justicia. Es una decisión importante que marca a mucho más que a fuego los valores de un pueblo. Dicho en criollo claro, si vos atacás las instituciones democráticas y de paso matás, torturás y hacés desaparecer gente porque reclaman sus derechos y los de los suyos; andate a Uruguay. Allí se te recibirá de brazos abiertos, se te tratará como a un caballero, te ampararán y hasta te darán una jubilación extraordinaria llegado el caso, si mataste a bastantes. Y lo mejor de todo, el estado uruguayo usará para agasajarte el dinero de tus víctimas y les prohibirá hacer nada al respecto.

Ya hace años se había votado a favor de proteger a los criminales fascistas, pero en esos tiempos todos nos negamos a creer que los uruguayos pudieran llegar a ser tan desagradables como comunidad. Lo atribuimos al miedo y a la ignorancia, le echamos la culpa a los dirigentes derechitas que arriaron a los votantes–ovejas con mentiras y la sombra del lobo con botas. Pero el domingo pasado la verdad salió a la luz irrefutable. Allí no había excusas, nadie amenazó con nuevas aventuras dictatoriales, todos tuvieron toda la información a su alcance (aunque los canales privados se negaron a pasar el video por el Si). Porque hoy en día hay Internet, ya no se le puede mentir a la gente que quiere saber la verdad, cualquiera puede averiguar lo que quiera, eso si quiere. El domingo, el pueblo uruguayo demostró, sin lugar al menor atisbo de duda, que ha caído mucho más bajo de lo que nadie pensó que una comunidad podía caer.

La segunda enorme oleada de vergüenza del domingo fue a causa del rechazo al voto de los emigrantes. Uruguay demostró ser una sociedad que no se contenta con expulsar a más de la cuarta parte de su gente, sino que además les niega uno de los pocos derechos a los que aún podían aspirar los desarraigados sin ganas. El domingo pasado se inventó en Uruguay una nueva forma de racismo, la discriminación del emigrante. Un 62 por ciento de los electores se consideran con más derechos que los que, por una u otra razón, hoy viven en otro lado. Claro que los emigrantes son sumamente productivos, el año pasado Uruguay recibió 200 millones de dólares en remesas que ellos envían, curiosamente nadie vota en contra de eso.

La tercera oleada de vergüenza dominical fue por la farsa del ballotage, ¿que cerebro que no esté enfermo o pertenezca a un político corrupto (valga la redundancia) puede concebir que un candidato que obtiene el 48 por ciento de los votos, se encuentre en igualdad de condiciones con otro que obtuvo un 28 por ciento? ¿Somos sólo los emigrantes a los que esto nos huele a fraude incluso a miles de kilómetros? Supongo que será nuestra condición de ciudadanos de segunda que nos hace hipersensibles.

Nunca tuvo tanto sentido la frase del maestro Charly García: “Si estos son la patria, yo soy extranjero”

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