Dos santos jesuíticos

Por Carlos Angulo Rivas

Desde el domingo 27 de abril la Iglesia Católica agregó dos santos más a su frondosa colección de los altares. En pleno siglo XXI son muy pocas las personas inteligentes que creen en la divinidad de los hombres y por supuesto menos en los santos. Analicemos la realidad y veremos cómo el Vaticano necesitaba de este anacronismo absurdo para mantener la unidad eclesiástica y clerical. El Pontificado o Sede Apostólica es un poder mundial de manipulación de conciencias a través de la religión transformada en política de dominación, donde los fundamentos cristianos están lejanos y cuando no ausentes. Los cerca de mil doscientos millones de católicos, algunos profesantes y la gran mayoría sólo de nombre, son individuos y familias tradicionales acorraladas por la ceguera dogmática lugar donde se pierde toda racionalidad.

La manipulación ejercida por la Iglesia está siempre entre el bien y el mal; para que exista Dios es necesario que exista el Diablo y para que exista el Diablo es necesario que exista Dios. De tal formulación uno gobierna el cielo y el otro el infierno. Entonces el castigo divino se aplica según las circunstancias y los intereses del centro de dominación, en este caso el Vaticano, que por tratarse de una institución jerarquizada vinculada estrechamente al sistema de explotación capitalista, la mayoría de las veces los hombres buenos son catalogados de malos y los malos de venerables varones según la donación entregada al culto. Con esos criterios se juzgan los hechos y se toman decisiones, por consiguiente es bastante jesuítico juntar el bien y el mal cuando los intereses en juego así lo requieren. El Papa Francisco I ha realizado este milagro al colocar en el mismo saco a Juan XXIII el Papa bueno junto a Juan Pablo II el discutible Papa que en 27 años convirtió al Vaticano en un polo ultraderechista, corrupto y conservador, además de protección a las mafias de los Bancos Vaticano y Ambrosiano y a la pedofilía dentro del clero.

La canonización del polaco Juan Pablo II constituye una ofensa a la pretendida santidad, tanto por razones de procedimiento como de fundamentos morales y éticos. Nunca en la historia de Curia Romana se ha visto una santificación tan rápida y efectiva y menos sin analizar a fondo los merecimientos y la vida espiritual del candidato. Resulta grotesco el hecho de llevar a los altares a Juan Pablo II junto a Juan XXIII, dos hombres absolutamente diferentes, pues el primero transfiguró a la Iglesia mediante políticas oscurantistas, reaccionarias y fascistas, fortaleciendo a las falanges del Opus Dei en la cruzada antisocialista que emprendió en el mundo entero, mientras Juan XXIII encaminó la modernidad histórica en la Iglesia Católica impulsando el Concilio Vaticano II, inicio de la concepción humanista y de la iglesia de los pobres continuada luego por Paulo VI.

O señalado políticamente mientras Juan Pablo II abrazó con simpatía el neoliberalismo y la globalización iniciados por la dupla Ronald Reagan – Margaret Thatcher y mantuvo tolerancia con la violación de los Derechos Humanos de las dictaduras militares en Latinoamérica (Pinochet, Videla Bordaberry, etc.); Juan XXIII asumió la Teología de la Liberación, fundamentada en el Concilio Vaticano II, que proclamaba la orientación de la Iglesia a favor de los pobres y de los móviles emancipadores de los pueblos.

Por otra parte, Juan Pablo II mantuvo un dogmatismo beligerante contra la libertad sexual y la homosexualidad, prohibiendo el uso de los preservativos con lo que saboteó oficialmente las campañas de salud pública contra la epidemia del SIDA en África, Asia y América Latina. Sin embargo, este mismo Juan Pablo II encubrió los delitos de pedofilía y los asaltos sexuales cometidos por cientos de sacerdotes católicos en todos los continentes donde miles de niños fueron violados, igualmente que miles de mujeres y religiosas sometidas sexualmente. Las decenas de miles de denuncias fueron acalladas por el Papa polaco tratando de proteger al Vaticano de la lluvia de los escándalos.

Además, la renuncia del Papa Benedicto XVI en marzo del año pasado se debió a la enorme corrupción encubierta dejada por Juan Pablo II. Un informe elaborado por los cardenales Julián Herranz, Jozef Tomko y Salvatore De Giorgi denuncia la enorme corrupción, las finanzas oscuras, las guerras perversas por el poder, el robo masivo de documentos secretos y la pugna entre las mafias del lavado de dinero. En resumen existía en la Curia Romana una resistencia feroz a la transparencia y al cambio institucional, ya que el Vaticano se había convertido en un nido de ladrones sin límites ni moral alguna, donde la jerarquía eclesiástica fomentaba delaciones, traiciones, zancadillas, operaciones de soplonaje para mantener sus privilegios al frente de las comunidades religiosas y financieras. Durante el gobierno de Benedicto XVI, el Vaticano se constituyó en uno de los Estados más corruptos de la tierra, siendo el mérito de este Papa alemán renunciante el destapar la caldera negra de los sacerdotes pedófilos y dar vuelta a la página del legado de los asuntos turbios dejados por su predecesor, Juan Pablo II.

Por costumbre los jesuitas siempre se lavan las manos y don Francisco I, perteneciente a esa orden, mediante la canonización de dos hombres antagónicos llevados a los altares ha tratado de juntar el agua con el aceite y en términos religiosos el bien de Juan XXIII con el mal de Juan Pablo II. El actual Pontífice cree enfrentar así su progresismo verbal y su sensibilidad social con los abiertos ataques contra su investidura por parte de la mayoritaria corriente reaccionaria y conservadora del clero católico. Poner en el mismo saco a dos figuras opuestas, elevadas hoy a la santidad, es una salida salomónica muy propia de la manipulación de conciencias y de la consolidación del poder de dominio sobre millones de seres humanos que piensan poco y son obligados a rezar mucho.

Carlos Angulo Rivas es poeta y escritor peruano.

Fuente: ARGENPRESS.Info

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