El universo finito… (a detener las deportaciones, Mister Obama)

Por Patricio Zamorano

El planeta se escucha en las grandes planicies de Kentucky, las curvas planas por el hastío de Iowa, el mar ocre de trigo y sweet corn de Nebraska, como un rumor diluido. Un tono monocorde que apenas se percibe tras el horizonte manchado de luces, algo así como la materia de la que están hechos los sueños. El estadounidense de estas tierras lo confunde con el tronar del tornado indolente que empala la tierra endurecida cada temporada de verano, lo percibe oculto tras las cortinas desconfiadas frente al resto del mundo conocido de su rancho, de su yo protegido. Los ruidos de esa experiencia cercana, del caudal cotidiano de estímulos, cubren el gran espectro de las vidas más allá de lo obvio.

El mundo es, en estas comarcas, calmo en su ritmo de ciclos certeros. Las estaciones son definidas como las reglas claras de la certidumbre: el verano no puede escapar de ser verano, la nieve es decretada por las convicciones del uso y la costumbre. El invierno es el infierno a nivel de la tierra, la pausa oscura que encierra las sonrisas y la leña en el mismo sótano humedecido por las tinieblas. Así ha sido desde siempre, desde los primeros pioneros, así lo hicieron los antepasados en Irlanda y Escocia, desde Wales a los grandes pastizales prusianos. El mundo para el hombre blanco de estas tierras norteamericanas tiene el sabor conocido de lo materno, la disciplina autoritaria de lo paterno, los dolores normales de la vida y sus certezas.

Pero a veces le llega a los oídos un espasmo sutil del planeta, de todo ese mundo vacilante diluido en un imaginario lleno de ruidos incoherentes, repelentes a vuelo de mirada. El murmullo rompe su monotonía cristiana, en los rostros morenos de los seres que se le cruzan en pleno campo sacrificado, recogiendo a mano los frutos de la tierra, hablando en extrañas lenguas rodeados de críos silentes, cuidados por mujeres de ojos resolutos y piel morena como el cuero de las botas vaqueras.

El hombre blanco de estas planicies encoje los hombros, inquieto por sus pensamientos impuros cuando intuye tras los rostros obreros oscuros otras latitudes, otros grupos de luchadores de la tierra, otros olores a campo en pleno trabajo. Le inquieta soñar con aquellos mundos desconocidos, le inquieta sentir que los forasteros que se expresan con dificultad en la lengua concreta de estas planicies han, en rigor, atravesado muchas más tierras, fronteras y diversidad de imágenes que en toda su vida de farmer bajo su sombrero de caza, bajos los techos de su bungalow y sus sueños de clase media empobrecida.

Han pasado frente a esos ojos morenos muchos otros paisajes del planeta, aquel mundo tan lejos de su imaginación en esta nación ancha y vasta que es en sí misma un arca demasiado cruel con el alma, pues genera la ilusión de infinitud, a pesar de también casi flotar entre dos océanos que la amenazan a cada segundo.

Intuye también a estos seres más pequeños como, en el fondo, más fuertes que mil toros en celo.

 

Eso le incomoda.

Los puede imaginar, en un ejercicio mental de debilidad, cruzando desiertos de mil millas sin más protección que un sorbo de agua y una desesperada convicción. Viajando a pie de día y de noche, contratando vehículos colectivos con rufianes acostumbrados a tratar ganado humano, cruzando cercas de púas, atravesando ríos gélidos, con coraje e indolente porfía. Los sabe, en el fondo, superiores a él: jamás él podría optar por semejante travesía.

Jamás podría imaginarse dejar el mar ocre de su infancia y sus años lentos envejeciendo, su esposa tibia y su prole amada hasta lo indolente, tomando un día un par de fotografías arrugadas, los ahorros de toda una vida, y comenzar con la fortaleza huidiza de sus piernas un viaje hacia el sur, hacia donde parece diluirse la patria y todo aquello que siempre ha dado por certero: un cartero motorizado que saluda cada mañana, los domingos en el coro de la iglesia, la fiesta de recolección de fondos para la estación de bomberos del condado, unas horas de tiro a escopetazos con los amigos y cerveza barata.

Los niños golpeando la puerta enmarcada en chucherías de Halloween, el olor de la pólvora la noche del 4 de julio, la mano derecha en el pecho explosivo de patriotismo antes de comenzar el partido de béisbol de sus nietos preferidos.

Ningún gesto de admiración, en todo caso, llegará a los oídos de los viajantes, que sin embargo luchan por romper las ataduras del idioma materno, transmutar con el mismo poder risueño los “híjole”, los “puchica” y los “cabal”, traspasar la distancia que es por tantos meses una herida punzante para quien está acostumbrado a la frase acogedora al recién llegado, la broma picante ensulzada con vino duro en la garganta, el trato del compadre y la comadre que queda enterrado bajo tanta tormenta de nieve, demonio blanco que cubre los sembradíos y con ello el sustento para la prole.

El hombre moreno asustará al hombre blanco de Nebraska, enorme como un oso escocés, una mañana fría de enero cuando su camioneta made in USA esté averiada en medio de la escarcha y la nieve, y se bajará el hombrecillo con sus ojos medio-mexicanos o medio-salvadoreños en silencio tras saludarlo con un gesto tímido de cortesía, y sacará de su vieja troka una caja generosa de herramientas, se meterá debajo del eje delantero a revisar los solenoides, golpeará, manipulará, hará sonar fuerte la respiración, y tras unos minutos de rumores, hará un gesto con la mano y la garganta, turn it on, mister!, y éste granjero grueso y regordete de bigote anglo escuchará en una explosión de júbilo el renacer del motor y verá, en una exhalación morena, al pequeño vecino emerger de debajo de su Ford fiel por los años, y despedirse apenas avergonzado de su inglés a medias, una sonrisa cómplice.

El hombre blanco, ya envejecido por la historia, endurecido por convicciones que sostienen su pequeño mundo de juguete, tendrá miedo, de su pequeñez humana al lado de este fellow que le recuerda que el mundo es ancho y ajeno, que fluye en direcciones más allá de las montañas más alejadas que puede imaginar, aquellas que alguna vez en el sutil bramido de su adolescencia rural soñaba escalar y traspasar en sus fantasías de niño oprimido por las costumbres de la comunidad que buscaba en el fondo protegerlo de las incertidumbres, crearle un planeta a su medida y a la medida de las convenciones, de los mitos bíblicos y constitucionales, de los mitos históricos y políticos, y convertirlo en ciudadano digno de estas planicies, el hombre de bien que nació, creció y morirá en su propio universo imposible de 300 millas a la redonda… Su propio universo finito.

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