Robo del Alma

Por Alfonso Villalva P.

Por un instante, abandone sus ocupaciones cotidianas, baje las revoluciones de su trajín, e imagine las implicaciones del robo de un infante. No hablamos de que un cretino mantenga cautivo un chamaco para pedir rescate, que ya es abominable, sino de un plagio definitivo, permanente, para siempre, pues. El robo, además, ni siquiera implica la simple reubicación geográfica del crío, ni un cambio de familia como en las películas, no. Es la decisión de una pandilla –integrada por los que generan la oferta, mantenida por quienes demandan- de transformar el porvenir del chiquito y convertirlo en un infierno.

Sus opciones son muy limitadas -las de ella o él-. Desde la que consiste en que le priven de su madre o padre, y le asignen a parejas extranjeras que le adopten como quien adquiere un juguete o pasatiempo. Si el chaval no tiene tanta suerte, como si fuese res, lo abrirán en canal para aprovechar sus órganos en una transacción de comercio clandestino donde los verdugos no serán los únicos culpables, también se condenarán para siempre los padres del niño que requiere el riñón, o el órgano en cuestión, que compran en el mercado negro, sabiendo que consienten el asesinato de otro niño para salvar al suyo. Una vida a cambio de otra. Un vulgar trueque.

Si los mercenarios no andan en el negocio quirúrgico, entonces le venderán como esclavo para que abone a la mano de obra gratuita o sea sodomizado y explotado sexualmente por un maniático que paga por ello –en sesiones diarias y con dólares en efectivo-, o en películas pornográficas clandestinas. Imagine el cambio de destino del chamaco, un niño que tenía posibilidades de reír, soñar, navegar por la magia de la infancia, la cual es brutalmente suspendida por unos malnacidos con mucha ambición y buenos contactos en las oficinas de procuración de justicia.

O puede ser que no. Que el robo sea masivo y por razones estrictamente ideológicas esgrimidas por un canalla que se toma atribuciones divinas para cegar el destino de doscientas niñas, escudado en sus deleznables ambiciones de poder y una pandilla armada asociada al terror sanguinario.

Imagínelo usted, y luego me dirá si es un problema ajeno que solamente discuten las organizaciones voluntarias, los padres agraviados, ante la respuesta cínica de muchas autoridades – en Nigeria, México, o donde sea-, que relativizan la gravedad del fenómeno, o hacen declaraciones con ceño fruncido y mirada de circunstancia histriónica, mientras la fibra social se convierte en carroña que alimenta a los chacales del tráfico de niños.

Imagine que fuera usted el secuestrado; todo lo que hubiese dejado de hacer si hace algunos años le hubiera tocado el turno de ser elegido como mercancía clandestina. Imagine la vida perdida, las risas olvidadas, la esperanza aniquilada, el futuro negro. Imagine el corazón y la bilis del padre, o la madre, que recibe la llamada fatídica de su cónyuge, su suegra o la jefa de la guardería de su barrio, informándole que alguien robó a su hijo, que alguien asesinó el alma de su niño. #BringBackOurGirls.  Regresemos la esperanza…

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