Con tan mala leche

Por Alfonso Villalva P.

Que mala leche tenemos algunos. Y es que ante la falta de imaginación y voluntad para ser mejores, para destacar en algún oficio o disciplina, brillar por nuestras ideas y creatividad, nos especializamos en molestar y perturbar la vida ajena, como si haciéndolo tuviésemos una reconciliación con nosotros mismos, un alivio de los rencores sociales que surgen de nuestra mediocridad.  Tomar ventaja es un hecho que nos alienta, nos conforta porque nos creemos más listos que los demás.

Hace unos días,  circulando por la avenida de los Insurgentes, cerca de los Indios Verdes en la Ciudad de México –con el tráfico característico que habla muy bien de nuestra calidad de vida-, observaba a un agente de tránsito dialogar con su detenido. El sujeto de la infracción no tenía menos de cuarenta años, y conducía un vehículo tan deteriorado que ni los hermanos Almada lo hubiesen utilizado para sus espectaculares escenas automovilísticas –que por alguna extraña razón, siempre terminan en explosiones-. Vestía, el detenido,  vaqueros azules muy gastados, y una playerita roja             que decía algo así como Ixtapa o Acapulco.

Su bigote disparejo lo acusaba de descuidado, y su barriga rebosante permitía inferir las largas horas que el individuo pasaba frente al televisor apoyando a su equipo de fútbol, con cerveza en la mano –seguro caguama-, degustando copiosos taquitos, tortitas y tlacoyos, “chors”, camiseta con el número 12 y balón en mano, por lo que pudiera ofrecerse.

El individuo de marras daba interminables explicaciones, señalaba vehementemente el vidrio lateral de su máquina locomotora, llevándose la mano entre el pelo, como tic nervioso de inseguridad estética. Algo tendría que ver la discusión con engomados y esas historias, sin embargo, no convencía al moderno representante del escuadrón motorizado, que usaba bigote también, pero muy cuidad, al estilo Luis Aguilar.

El agente de tránsito, con una sonrisa cínica que decía, ni hablar paisano, te agarré en las moras, movía la cabeza de lado a lado explicando que no había salvación, que ninguna explicación le valdría. Nunca hubiese imaginado usted tanto diálogo para una infracción.

El automovilista al fin dio señales de vida al oficial, y llevó la mano derecha al bolsillo, extrayendo unos billetes de veinte, arrugados y sucios –quizá hasta mojados- y un buen puño de morralla. El agente, circunspecto, se irguió, echó la cabeza hacia atrás, y abrió las manos. Imagino que le dijo: oiga, no me ofenda ciudadano, que yo por esas miserias, no me rebajo.

Después, avanzó el tráfico y tan sólo me quedó el consuelo de imaginar el final de la escena. El oficial aceptando la gentil cooperación que, aunque muy lejana a su investidura, categoría y expectativa, sumaba para la cuota del día y para ese equipo de sonido cuadrafónico que conectaría al televisor.

Y usted dirá que ni hablar, que nuestra realidad no da para más, y que más le vale al desgraciado, que el agente haya aceptado su contribución, porque el viaje a la delegación es siempre más caro, pues les encuentran a uno vaya a saber cuantas infracciones, y hay que entrarle también con los jefes del sector. Pero no se puede andar por la vida de consuelo en consuelo, justificando una realidad perversa que nos permite incumplir las normas básicas de urbanidad, a cambio de unas monedas, al capricho de un tío que disfrazado de policía todavía tiene el descaro de exigir que le digan señor oficial.

Saber que nos sale más barato sortear el riesgo de que un bribón con uniforme nos sorprenda sin placas, engomado, licencia o verificación anticontaminante, es un signo de que nuestra descomposición social avanza vertiginosamente, de que nuestra mala leche nos hace aún más descarados y abusivos. Nada más tradicional en nuestro país que el vértigo del agachado que desvía la mirada cuando nota la presencia de un motociclista ávido de ingresos para liquidar los artículos suntuarios que adquiere de contrabando o en el mercado de productos robados, y que después de todo, se ofende porque la gente le desprecia y le detesta, le segrega del círculo social al que debiera pertenecer.

Tan común y tan decadente. La mordida –que en nuestra infinita estupidez nos parece un acto de audacia-, la colaboración “forzosa” al cuerpo policiaco –al que le importa un pimiento su seguridad mientras no coopere-, nunca será otra cosa que la ratificación de nuestro destino, de nuestro desprecio a la civilidad y nuestra vocación por financiar la delincuencia de bigote arreglado, Harley sonora y uniforme de lujo.

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