Me curó una monja caballeros

Por Antonio Prada Fortoul

Luis Blandón era conductor de taxi y solo trabajaba de noche por su condición de diabético, ya que la canícula solar diurna le hacía supurar una herida que tenía en su pierna. A pesar de reiteradas visitas a destacados médicos, la llaga incurable seguía incólume y renuente a ser sanada resultando infructuoso todo tratamiento.

Viajó a Tolú para ser curado por un famoso Babalao y cuando este consultó con el Ekuelé a Orula el Orisha de la adivinación en Ifá, la letra salió con Osogbo, dijo que esa herida solo podía curarla un brujo chino, ya que fue “puesta por Saba”, vendedor de empanadas en el Portal de los dulces en Cartagena de Indias, del cual se burló en una ocasión diciendo que tenían carne de rata.

El Babalao dijo que ese mal solo otro chino podía sacarlo.

Al escuchar ese diagnóstico se resignó a vivir con su purulenta herida, solo debía cuidar su dieta y aseo personal para evitar que esta se expandiera.

Una lluviosa noche de Mayo en plena faena laboral, buscaba donde guarecerse del aguacero que caía. Cuando se dirigía al alero de un almacén, miró entre la bruma algodonosa del rocío, una persona que afanosamente hacía señas para que se detuviera, se acercó al percatarse que era una monja, abrió la puerta del taxi y colocó su equipaje en el maletero. La religiosa sacó de su bolso una toalla tejida en primorosos motivos y un nombre bordado en el borde, secó su cara quejándose de la lluvia, tenía una voz suave y relajante, un rostro angelical de mirada limpia y carente de todo sentimiento diferente a la piedad.

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Al preguntarle donde quería ir, dijo dulcemente: “Al convento del Colegio Biffi”. El conductor se dirigió al citado lugar y la monja preguntó por qué trabajaba de noche, respondió que tenía una herida incurable en la pierna y de día el sol se la irritaba, al decir esto, sintió escozor en su llaga como si le aplicaran hielo “Debe ser por la lluvia, pensó”.

Llegaron al claustro y encontraron las puertas abiertas, ante la indicación de la religiosa, parqueó su taxi en el sitio por donde entraban las novicias. Se bajó y llevó el equipaje hasta una habitación que estaba al final de un largo pasillo.

Cuando cobró el valor de la carrera, respondió la novicia que no tenía dinero, que pasara al día siguiente donde la abadesa, para que esta le pagara.

Al subir al taxi, la monja lo bendijo desde el umbral de la alcoba; agradecido se inclinó para recibir la bendición y sintió que el frío en su pierna se intensificaba cesando la molestosa calentura que tanto lo perturbaba.

Cuando Luis llegó a su casa, se percató que en el asiento trasero del taxi, quedó el bolso de la monja y la toalla húmeda aún de esta.

Decidió llevarla al convento cuando fuera a reclamar el valor de su trabajo.

Al día siguiente fue al Claustro a cobrar el dinero de la carrera, allí fue recibido por la incrédula Abadesa, el conductor le dijo donde había llevado el equipaje y que esta había dejado su bolso en el carro afirmó mientras salía a buscar las cosas. Mientras esto hacía, la abadesa dijo a su asistente que averiguara que novicia había llegado durante la noche, cosa que estaba segura no había sucedido.

Luis llegó con el bolso y esperó la monja designada para averiguar; esta informó a su regreso que nadie había llegado al claustro, los vigilantes afirmaron que en la noche la puerta no había sido abierta. Intrigada por lo que decía el conductor, guardó silencio y le preguntó: ¿Tiene las cosas que olvidó la monja en su carro? ¡Aquí lo tengo! Dijo entregando el bolso y la toalla a la Superiora.

Al abrirlo, este se desintegró en luminosas partículas que se elevaron al firmamento aromando el recinto con olor a rosas, heliotropos y crisantemos, un coro celestial, se escuchó llenando el corazón de los presentes de una divina sensación de amor a la humanidad y lo existente en el universo. Sintieron en sus almas la presencia de Dios y se silenciaron ante el prodigio.

Conocedora de estas señales divinas, trató de ocultar su emoción preguntando sollozante sobre qué temas habló con la monjita, Este le contestó que hablaron del tiempo lluvioso y de su renuente llaga que nadie había podido curar. ¡Solo hablamos de eso!

La Superiora recibió la toalla que tenía un primoroso bordado en letras góticas de color azul en las cuales se podía leer: Hermana María Bernarda Butler.

El recinto colmado de monjas llanas de curiosidad pía, rebosaba de gemidos de amor incluyendo al desconcertado chofer. Una inmensa piedad colmaba su alma.

La Abadesa preguntó al conductor donde había llevado el equipaje de la monja, este señaló una pequeña habitación, a pesar de la certeza del prodigio que vivía en esos momentos de amorosa sobrenaturalidad, preguntó con aire solemne: Señor Luis ¿La persona a quien usted trajo al Convento, está entre nosotras?

Miró a cada monja presente, a las que acudieron al llamado de la abadesa y seguro que entre ellas no estaba la religiosa a quién había llevado la noche anterior, dijo: ¡No, no es ninguna de las que están aquí!

En esos momentos, una fuerza superior a su voluntad, le hizo levantar la cabeza y mirar un cuadro que estaba en la pared en el que aparecía la foto de una monja con una sonrisa amorosa cuyo nombre aparecía al pie del inmenso retrato.

Entusiasmado señaló el cuadro a la Madre Superiora diciendo: ¡Ella es!

Al entrar a su habitación, me dijo que era la Madre Bernarda la Sierva de Dios.

Jamás olvidaré su mirada piadosa, la amorosa voz que me aconsejó dejar un espacio a la esperanza y no me preocupara por mi pierna porque solo Dios sana y el la había escuchado.

En ese momento, una luz sobrenatural emanó del cuadro iluminando el recinto, Era notoria la presencia divina entre los presentes y su alma se llenó de amor. Sintió escalofríos, su pierna no resistió el peso del cuerpo cayendo en el piso del recinto, un halo blanco azuloso cubría su pierna, Luis se sumió en un sopor y despertó cuando una novicia le dio agua.

Al levantarse de la silla donde lo habían sentado, cayó el vendaje de su pierna que se había soltado. La abadesa dijo a una novicia que vendara al conductor. Esta lo condujo a la enfermería, aledaña a la dirección, para curar al llagado.

Las bendiciones a Dios de Luis, atrajeron a las religiosas que corrieron a la enfermería donde agradecía arrodillado a la Madre Bernarda, mostrando su otrora pierna llagada y renuente a sanar, limpia y curada. Era algo inexplicable.

Lloraba de alegría porque ese milagro ponía fin a seis largos años de sufrimiento, rechazo, gastos e incomodidades.

Escuchó el coro celestial que henchía su alma de amor, lloraba de alegría, lo invadía una hermosa sensación de piedad y amor a la humanidad.

Lleno de felicidad avisó a su familia que la Madre Bernarda lo había curado.

En menos de una hora llegaron al convento los familiares de Luis con la historia clínica y los médicos tratantes que no tenían explicación para lo que estaban viendo. Al final reconocieron que lo que estaban palpando, era un milagro real, de inmediato los más reacios incrédulos se arrodillaron ante el portento divino que una fallecida y santa monjita, abandonando temporalmente su morada celestial, curó a un enfermo demostrando que “El Hombre está vivo”.

Antonio Prada Fortoul escribe desde Cartagena de Indias, Colombia

Fuente: ARGENPRESS CULTURAL

 

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