Mi tatuaje en la espalda

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Por Paula Orellana

¿Que cómo me hice mi tatuaje? Verás, me levanté, todo estaba oscuro. Todavía era de madrugada. Tenía una erección, así que fui al baño a hacer algo al respecto. Regresé a mi habitación a tratar de recuperar el sueño. Eran las 2:37 de la mañana y me quedaban exactamente 3 horas con 23 minutos para levantarme, tarea que no iba a ser nada fácil después de la cantidad de cervezas que tomé. Daba vueltas en mi cama buscando el ladito frío de las sábanas. No pude dormir, todavía tenía esta idea en mi mente. Salí al patio y escuchaba los grillos platicando entre ellos. Decidí dar un paseo. Caminaba con la cabeza baja sólo viendo mis pies. Caminé unos 15 minutos cuando, de repente, escuché un trueno. Por el susto cerré los ojos (¿Quién en su sano juicio cierra los ojos al asustarse, en vez de correr?). Abrí los ojos y levanté la mirada; no se parecía para nada a mi vecindario. ¿Había caminado dormido? ¿Estaba soñando? Era un lugar lleno de árboles y tan sólo un par de casas. Asustado, decidí ir a una casa para pedir ayuda. ¿Ayuda? ¿A las 2:54 de la madrugada? Lo mejor era buscar una estación de policía. Seguí caminando y ni siquiera encontré una tienda, un bar, un restaurante, ni una pinche cabina telefónica. ¿En dónde estaba?

Luego de unos minutos perdí el miedo. Mis pensamientos pesimistas invadieron mi mente. ¿Tenía algo para regresar a casa? ¿Alguien me buscaría? ¿Alguien se preocuparía? ¿Mi novia se asustaría? Bueno, en realidad era mi novia, sólo que todavía no se lo decía, así que si no se preocupaba por mí, ella no tendría la culpa. Recordé que en mi pashama había metido mis cigarrillos. Abrí la caja y me quedaban dos. Dos cigarrillos y tres fósforos. Era todo lo que tenía conmigo. Las 3:14 marcaba mi reloj de mano y había dejado de caminar. Pensé en recostarme bajo un árbol y esperar el amanecer. Encendí mi cigarrillo con uno de los 3 fósforos que tenía. Pensé que un poco de cafeína no me caería nada mal. Tuve la intención de pararme por sentir el culo mojado, pero ya no importaba nada; era un loco al que nadie creería que en un minuto estaba en su vecindario y al siguiente estaba en… en… en este lugar. Cerré mis ojos un momento y me quedé dormido. Mis sueños fueron más normales que la vida real. Abrí los ojos y para mi extremada sorpresa, tenía alas. ¿¡ALAS!? No, no, no, no. Yo nunca he tenido alas. Extrañamente, decidí seguir el juego mental que mi propia cabeza me estaba jugando. Me las empecé a tocar; eran suaves y esponjosas de color anaranjado. -“Bueno mente”. Dije. -“Si me diste alas, hazme volar.” Es difícil explicar cómo en realidad empecé a volar. Sentí como una clase de mariposas en el estómago que subieron a mi pecho y salieron por mis ojos y al tratar de seguirlas empecé a volar. Si, así empecé a volar. Jamás había sentido el aire tan puro. Comprendí que nadie en realidad puede ser tan puro, ni siquiera las personas que hemos considerado puras lo han sido. ¡Pues claro! -pensé. Somos humanos después de todo.

Eran las 4:28 y yo seguía volando. Viajé por encima de todo el lugar y parecía que no tenía fin. Todo era lo mismo; árboles, pequeñas casas y más árboles. Pude ver una pequeña laguna y decidí aterrizar cerca. Nunca vi agua más limpia y comprendí que nadie puede ser tan limpio como quiere aparentar serlo lavándose las manos después de ir al baño. Nadie tiene la mente, el estómago, los nervios, la piel, el corazón tan limpios. Somos humanos después de todo. Vi mi reflejo en el agua. No era yo. Era otra persona. Mi mente me estaba haciendo volar mi imaginación al máximo. Por el reflejo noté que ya no tenía mis alas. Volteé a ver si era cierto y, para mis lamentos, ya no estaban. Comprendí que cuando tu mente te da alas, hay que usarlas.

Abrí los ojos. Todo había sido un sueño. Me levanté con un sentimiento de tristeza de pensar que lo más emocionante de mi vida había sido un sueño. Pero… momento. ¡Todavía me encontraba en ese lugar! ¡¿Qué quieres de mí, mente?! ¿¡Qué me vuelva loco!? Me picaba la espalda y, para mi mayor sorpresa y placer, al rascarme noté que tenía mis alas. ¡No había sido un sueño! Y comprendí que cuando piensas que tú solo te has quitado las alas, tú te las puedes volver a poner. Volví a volar. Eran las 5:47. En menos de 15 minutos tenía que levantarme para ir a trabajar. No me importó y seguí volando. Dando vueltas por el aire vi que ya estaba volando por encima de mi vecindario. ¿Tan pronto mente? ¿Ya tengo que regresar? Comprendí que volar implica tener que regresar al suelo para accionar todo lo que aprendiste volando. Entré a mi casa y al entrar a mi cuarto, como si no hubiera tenido demasiadas sorpresas ya, me vi a mí mismo acostado en mi cama todavía dando vueltas buscando el lado friíto de las sábanas. Mi expresión era de tristeza, preocupación e incomodidad. ¿He sido así siempre? ¿Con arrugas provocadas en mi rostro? Sentí las mariposas otra vez en mi estómago subir hacia mi pecho y salir por mis ojos. Cuando salió la última mariposa cerré los ojos. No quería abrir mis ojos porque ya sabía que estaba acostado en mi cama, sin embargo, los abrí. Una vez más comprendí algo tan simple; hay que abrir los ojos. Así tengas uno, dos o tres ojos, hay que abrirlos. Para mi sorpresa cuando vi mi reloj eran las 2:37 de la madrugada, pero ya no tenía erección.

Y así, querido amigo, es como me hice mi tatuaje en la espalda. Así decidí tatuarme un par de alas con un ojo en medio ¿comprendes?

Paula Orellana escribe desde Guatemala

Fuente: ARGENPRESS CULTURAL

 

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