Aquí y allá…así esclavos

Por  Teresa Gurza.

Allá, el rey Juan Carlos tuvo que abdicar por el desgaste de la monarquía causado entre otras cosas, por su participación en una cacería de elefantes en plena crisis económica y por el proceso por corrupción contra su yerno y su hija.

Acá, hay corruptos donde quiera con procesos pendientes o sin ellos; y sigue la impunidad de los responsables de las muertes en la guardería ABC, sin que nada suceda.

Allá, el presidente Francois Hollande presenta una iniciativa de reforma que cambiará el mapa francés y ahorrará gastos públicos al reducir de 22 a 14 las regiones metropolitanas; habrá menos  parlamentarios y desaparecerán paulatinamente las diputaciones provinciales.

Acá, crecemos el antiguo IFE aumentando empleados; el Congreso de la Unión dilapida miles de millones en prerrogativas auto-otorgadas; todas las entidades tienen congresitos y diputados; se incrementan prerrogativas a partidos políticos a costa del presupuesto para escuelas y marginados; acabamos de enterarnos que también cobran como jeques los comisionados del Instituto Federal de Telecomunicaciones, cuyos salarios superan los de secretarios de Estado; se montan costosos escenarios llevando funcionarios y guaruras a la Tarahumara, para testificar que unos pocos compatriotas pueden comer algo más, que chile con tortillas.

Y somos noticia no porque los del poder caigan por moches y derroches, sino por la miseria en que viven más de la mitad de los mexicanos y la corrupción que permite esa situación; por la precariedad de las escuelas; por la falta de calidad de la salud pública; por la migración de cientos de miles de campesinos al norte del país, o a Estados Unidos; y porque los centros de arresto  gringos, están llenos de niños migrantes.

La falta de tierra, crédito, insumos y dinero, la pobreza pues, convierte a los campesinos en emigrados; o en jornaleros de campos ajenos, en casi esclavos de productores trasnacionales de fresa y jitomate que siembran en tierras mexicanas.

Freddy, un morelense que sabe de lo que habla porque laboró  tanto “en el otro lado” como “pa´al norte nuestro”, me cuenta lo que es pizcar todo el día, expuesto a pesticidas y a pleno sol.

Lo que es no poder dormir por el agotamiento, y el dolor por pasar horas y horas en cuclillas, “al pararse para llevar las cajas a los camiones, siente uno que se descoyunta de la espalda, que se muere… y no se diga al ir al excusado” balbucea Freddy, que de entonces conserva la costumbre de taparse la cabeza con un paliacate que detiene una cachucha.

Desconoce o le da lo mismo, que acá tiene derechos a vivienda, salud y educación, a un trabajo digno y a ser reconocido y respetado.

“Existirá todo eso si usted dice, pero ¿que nos ganamos si no los vemos a esos derechos?”.

Su testimonio coincide con lo que dijeron a El Universal, campesinos que laboran en el Vizcaíno; y con lo publicado por La Jornada sobre las condiciones de vida de los once millones de mexicanos indocumentados, que trabajan en los campos gringos:

“Constituyen la población más grande sin derechos desde los años de la esclavitud que terminaron en 1863”, aseguró Douglas Massey, investigador de la Universidad de Princeton, al participar en la 12 Reunión Nacional de Investigación Demográfica en México.

Y precisó que las deportaciones desde el territorio estadunidense, están aumentando.

Hace 23 años, en 1991, enviada por La Jornada pasé varias semanas en California haciendo un reportaje sobre la migración michoacana, a ese estado.

Encontré pueblos enteros sin gringos o con muy pocos, y tiendas con nombres como Lindo Michoacán, Carnitas Sahuayo; y se decía que quienes quisieran encontrar a alguien de Aguililla debía buscarlo no en Michoacán, sino en Redwood City, donde redes familiares daban cobijo a los que iban llegando.

Vivían allá sin duda mejor que en sus comunidades, pero todos tenían miedo a la migra; por ellos o por sus parientes.

Pero ese sufrimiento les da lo mismo a los políticos mexicanos, ciegos y sordos a todo lo que no sean sus propios intereses; y ahora distraídos con el bulling, que no acabará por decreto ni lo  generan los niños, sino sus condiciones de vida y educación.

¿Hasta cuando?

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