Máscara contra cabellera

Por Alfonso Villalva P.

A Laura Taméz y Connie Herrera; su lucha es mi lucha…

Ni duda cabe. Rodolfo Guzmán Huerta tenía una razón de peso para desarrollar su vida, y transmitir su mensaje, con el rostro cubierto por completo. De hecho, su paso por este mundo pudo imprimir a esa figura enmascarada su cualidad de salvador de las causas justas.

Las causas justas y plausibles que normalmente se pierden y olvidan todos los días; las que se representan alegóricamente por las mujeres vampiro cuyos planes para tomar el control de la humanidad siempre podían ser desarticulados o arruinados por la acción fragorosa de un individuo de convicciones superiores, que estaba dispuesto arriesgar la propia vida –con el simple poder que le otorgaba su habilidad física y su rectitud-, enfundado en unos leggins ajustados, rodilleras protectoras, el torso descubierto y una gran capa que hacia juego con la plata brillante de su mascara profesional de la lucha libre.

Es muy probable que hoy sean escasos los colegas que puedan identificar a Rodolfo por su nombre propio, sin la ayuda del legendario personaje épico del Santo, el Enmascarado de Plata. Pero también es probable que haya muy pocos que pudiesen dudar de sus intenciones.

La mascara que construía al personaje nunca tuvo como propósito ocultar la identidad del ser humano que la portaba, nunca se convirtió en un artilugio diseñado para distorsionar las causas por las que luchaba, su verdad que promulgaba, ni los fundamentos que le hacían subir al ring a ser ovacionado mientras vencía a Blue Demon, al Cavernario; ni mucho menos los intereses que lo impulsaban a derrotar a las fuerzas del mal en sus inolvidables películas.

El Enmascarado de Plata seguramente nunca pudo anticipar que muchos años después de su muerte la sociedad iba a fincar una buena parte de su vida en el espacio virtual –real- que se hospeda en la internet; a interactuar entre redes sociales y blogs, y mensajes fulminantes de ciento cuarenta caracteres; ni tampoco que el dialogo se convertiría en una batalla cuya fuerza argumentativa se mediría en tomas de calles y avenidas, plantones y manifestaciones, que utilizarían como divisa una mascara, de algodón, poliéster o terlenka –nunca de plata-, o simplemente electrónica, vaya, también virtual, con el objeto de ocultar el rostro, la identidad y, especialmente, los intereses que se representan para accionar en la vida publica que a todos nos atañe.

Es muy sencillo comprender la razón por la que se usa una máscara, si no se está en el supuesto de subir al ring en la Coliseo o la México. Es muy claro cuando la razón no es asumir un compromiso de ideales y de civilidad para intercambiar razonamientos y construir una realidad común que nos albergue a todos. Es muy fácil entender la debilidad de la personalidad que se esconde detrás de un avatar, de un holograma, para poner de manifiesto sus carencias y sus alarmantes resentimientos que, muy distantes a la creación de un entorno civilizado, se centran en la destrucción artera y cobarde de proyectos, ideas y reputaciones. Es fácil entender la ilegitimidad de las peticiones de un grupo que toma con piedras y palos las calles de una ciudad, cómodamente enfundados en un pasamontañas sudado y maloliente.

No representa ningún reto comprender, en fin, que la gente prefiera manifestarse, violentar, atacar, escudados en el anonimato, pues sus causas normalmente son mezquinas o inconfesables, clientelares de un estipendio espurio que los lleva a convertirse en oficiales del boicot en una ciudad, un país, o un mundo que cada vez se encuentra más precipitado en la espiral del descontrol, la discriminación, el egoísmo, la esquizofrenia. Oficiales de la manipulación ofensiva a su propia dignidad que ellos ceden abandonándose a los hilos que los manejan desde la oscuridad los beneficiarios del caos, la confrontación y el abuso.

Es muy difícil imaginar un entorno de solución de controversias, de paz, de convivencia respetuosa, vaya, un caldo de cultivo al desarrollo en vez de un terreno fértil para la violencia infantil, juvenil y adulta, cuando los interlocutores no tienen siquiera la elemental solvencia para presentarse con rostro y nombre propio en el foro nacional y hacer comercio, política o lo que sea, con un par, y una firma autógrafa.

El Santo, el entrañable Enmascarado de Plata, seguramente se volvería a morir hoy, al ver a tanta gente pelear (no luchar) en el ring representado por nuestro porvenir, sin el valor elemental de estar dispuestos a perder la máscara, o la cabellera, por un interés distinto a un puñado de monedas de un botín social lejano, pero muy lejano, a ese ideal que le llevó a él a jugársela, indefectiblemente, a tres caídas, sin límite de tiempo, y en beneficio, exclusivamente, del proverbial respetable.

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