Un sueño parlamentario

Por Alfonso Villalva P.

Que gran diferencia existe entre el hoy y el ayer. Y no crean que ahora me he vuelto nostálgica ni nada. No crean que me corto por ser mujer. Muy por el contrario. No, ni me corto ni les daría ese placer a todos aquéllos que andan por allí descalificándome por el simple hecho de integrar las filas de un sexo distinto a aquél que se manifiesta en bravatas, borracheras, y promiscuidad –aunque ésta a veces, sea solamente imaginaria-.

No me corto, verán. Porque de entrada, encuentro más testosterona en mi torrente sanguíneo que la que adivino en esos que se quedaron atrapados en la porra universitaria, en el graffiti callejero, en el escándalo mediático. Esos que nunca lograron entender cual era el objetivo final de la lucha, los que nunca comprendieron –ni comprenderán- ni una razón de Estado, partida por la mitad.

Más testosterona. Mucho más que ellos. Pero mis hormonas no dominan mi razón, que les quede claro, y es por ello, quizá, que reflexiono y concluyo que sí es radical la diferencia que encuentro ahora entre mi realidad, mi responsabilidad, y aquellos años juveniles de lucha social, de toma de calles e instalaciones, de ideales de izquierdas, radicalizados; de aplicación a rajatabla del espíritu de Marx, del empuje de Castro, del romanticismo seductor de la lucha de Guevara –nuestro barco insignia en esos tiempos, el referente de la revolución-.

La verdad es que tantos años en la lucha social, tantos años de vestirme de colorado, de gritar arengas, de oponerme solamente con el objeto de hacer escuchar la voz de nuestros líderes; tantos años… que siento que me dejaron vacía de alguna forma. Tantos años llenos de adrenalina que al final, de cuajo, me hicieron sentir como si vomitara mi propia existencia, mis propias tripas hechas nudo, mi corazón marchito.

Lo confieso. Viví enamorada del Ché. Toda la vida, sí. Y ante la imposibilidad de asirlo de verdad, de entregarme física e ideológicamente a él, de manera total y para siempre, pues no sé, en mi interior como que fui sustituyendo a Guevara por líderes más vernáculos, más pedestres, quizá más soeces, pero más reales, tangibles, y más llenadores a la hora de amar.

Pero la vida y esos mismos líderes que me usaron tantos años de carne de cañón, a los que les entregué mi inocencia ideológica y personal de manera plena, me trajeron hasta aquí, hasta la máxima responsabilidad de la tribuna más alta de mi Nación. Y entonces, todo cambió, verán, porque de pronto ese vacío que sentía, se comenzó a llenar con razón, objetividad, sinceridad y patriotismo. Como que de un momento a otro, todos los años de lucha se sintetizaron en experiencia fundida con los conocimientos técnicos y la voluntad de servir. Sí. Hoy tengo la oportunidad de servir a mi gente, de verdad.

Y entonces, comencé a ver en el espejo cada mañana, a una mujer de Estado. A una mujer valiente que era capaz de utilizar sus cicatrices físicas, espirituales y emocionales, como cimiente de una lucha encarnizada cuerpo a cuerpo contra la inequidad, la injusticia, la desigualdad, pero también contra la estupidez y la mezquindad, incluyendo la de esos líderes egoístas y egocéntricos que me trajeron hasta aquí, a los que les sigo pareciendo una vulgar ficha de ajedrez, los que escudan en el discurso farisaico sus oscuras intenciones. Una mujer de izquierda que persigue ideales firmes pero razonables para encontrar que todos podemos contribuir en un destino común equilibrado. Una mujer que dejó de confundir la izquierda con la intolerancia, con el arrebato y la intransigencia. Una mujer que comprendió que la izquierda es un planteamiento dialéctico para que el elector, y no el legislador, viva mejor.

Entonces noté un nuevo contraste de cambio. En la medida en la que yo reafirmaba mis convicciones de izquierda y maduraba como representante de toda mi Nación y no simplemente de intereses facciosos y frívolos orientados a detentar el poder por el poder; en esa misma medida, comencé a recibir los embates de mis compañeros de lucha que, quizá orillados por la envidia, cegados por la ignorancia, la desesperación o la frustración, decidieron tildar a una mujer patriota de traicionera, de ramera del sistema –¡descastados¡-, sin comprender que muy por el contrario, mi conducta se fundaba en la comprensión profunda de la mayor y más urgente necesidad de nuestro pueblo: dirigentes sensatos que contribuyan a generar mejores condiciones de vida para todos, que representen el interés común, que permitan el desarrollo.

En fin. Ustedes, compatriotas, ya saben que aquí a nadie se le da gusto. Pero no se engañen, pues cada vez que entono las notas del Himno Nacional antes de iniciar una sesión solemne, siento perfectamente como mis entrañas se entregan final y definitivamente a ese gran líder que ahora reconozco como omnipresente, seductor e imbatible, ese líder con el que tanto soñé desde jovencita, ese líder que confundí tantas veces de manera inexplicable. Dice el dicho popular que el que no conoce a Dios, dondequiera se anda hincando. Ahora declaro la verdad, encontré a mi líder, encontré a mi País.

Hoy es la hora de nuestra Nación. Es la encrucijada en la que dejaremos el mensaje al futuro del cambio o del empantanamiento de la corrupción y la intransigencia. Es la hora de legislar profesionalmente.

No me culpen, por favor, la verdad, yo solamente comienzo a vivir lo que quizá sin saberlo era mi mayor anhelo. La verdad, yo solamente quería cumplir con un sueño parlamentario, con una grave responsabilidad.

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