Arnaldo Córdova

Por Teresa Gurza.

Me apena la muerte de Arnaldo, porque es muy lamentable que el país siga perdiendo gente inteligente, valiosa y congruente, que tanta falta hará en esos momentos cruciales que no tardarán mucho; pero también, porque deja huérfanos a Ana-Paolita y a Lorenzo a edades aún tempranas y a sus niños sin abuelo; y porque siempre es triste perder amigos, aunque se haya pasado años sin verlos.

Ya muchos de sus compañeros recalcaron que fue universitario y académico destacado; estudioso, autor y traductor de los clásicos del Derecho y de la política; historiador sabio y hombre de izquierda.

Creo que entre sus muchas cualidades estaban la de defender con denuedo y pasión lo que pensaba y atreverse a decirlo y escribirlo, molestara a quien molestara; era a veces arisco y malgeniudo, pero siempre consecuente, entretenido y solidario.

Me caía muy bien su familia. Ana Paula, entusiasta y vehementemente cariñosa como buena italiana; Lorenzo, guapísimo desde niño, y gran amigo y admirador de su padre; y la linda y dulce Ana Paolita; que quería que yo fuera su madrina “de algo”, y como no había de qué porque en congruencia con las ideas de sus padres, los niños ni se bautizaron ni hicieron la primera Comunión, decidimos que fuera madrina de patines.

La primera vez que la llevaron a Italia, me fascinó su ilusión por conocer en Roma la estatua de Julio César, “fue un romano muy valiente” decía con seriedad a los seis años.

Y me sorprendía que ella y Lorenzo asistieran a la escuela primaria pública de Tlalpan, y fueran amigos de niños menos afortunados.

Recuerdo su casa, que en realidad eran dos juntas, y con dos bibliotecas muy diferentes, la de Ana Paula con muchos libros sobre el idioma; y la suya, que era con razón su orgullo; las interesantísimas conversaciones con ellos donde siempre se aprendía algo; y su colección de videos, en la que destacaban varios de la Guerra de las Galaxias, que nunca se cansaba de ver.

Y recuerdo, a las dos abuelas.

A Virginia, la abuela michoacana madre de Arnaldo, calmada y sencilla; preocupada por consentirlo y hacerle sus guisos preferidos y el desayuno, que entonces le llevaba diario a la cama.

Y a Margueritta a la abuela italiana madre de Ana Paula, torbellino de simpatía; amante de los cumpleaños y los pasteles y por supuesto de las pastas de su país, que hacía riquísimas y condimentaba como nadie.

Nunca entendí como con dos cocineras excelentes y amorosas, que se peleaban por agasajar a la familia y a los invitados, Ana Paula y Arnaldo se conservaban tan delgados.

Hicimos dos viajes juntos: el primero, a la Laguna de la Media Luna, un maravilloso sitio en San Luis Potosí.

Nos equipamos para pasar cuatro días al aire libre con casas de campaña, cocinetas, sillas, mosquiteros y colchones inflables, entre otras muchas cosas.

Arnaldo era negado para la acampada, y ni le importaba ni sabía armar las carpas; de modo que se encargó de cosas más simples, como estar al pendiente de la carne y calentar tortillas; lo que hizo echándoles vistazos, mientras leía.

Gozó metiéndose con sus hijos de noche y de día, al agua tibia de la Laguna; algo lindísimo, porque además como fuimos en Semana Santa, el Viernes nos tocó una luna llena y grandota que se reflejaba, aún más enorme en el agua.

Consecuente militante, Arnaldo colaboraba como todos; y fue muy solidario en mi campaña como candidata a diputada por el Partido Socialista Unificado de México, en el 24 distrito del DF; demarcación donde la familia Córdova Vianello vivía y de la que él fue diputado plurinominal.

Y el domingo de la elección, pese a su condición de gloria nacional, preparó, envolvió y repartió tortas de jamón con frijoles a mis representantes de casilla.

Conocedor como pocos de la historia de México, Arnaldo anunció la hecatombe del PRD; y escribió sobre la vergüenza que son sus actuales dirigentes y de lo que es hoy ese partido, al que la mejor izquierda de México de la que él formó parte entregó generosamente y sin condiciones -y pienso yo que equivocadamente- su registro y su patrimonio económico.

Que descanse en paz…

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