Un milagrito

Por Alfonso Villalva P.

Lo suyo puede ser, querido lector, la celulitis, el hábito de fumar, los odiosos kilos de grasa que se acumulan inexorablemente en el vientre, el trasero y la papada; o simplemente, la idea peregrina de lograr un abdomen marcado como el de Cristiano Ronaldo, convertirse en un amante superior a Casanova, poseer unas pestañas tipo Elizabeth Taylor, o un puñado de pelos adicionales que se fijen al cuero cabelludo en la región frontal de manera permanente; la posibilidad de disipar las canas, o las arrugas, en un intento por recuperar los años de lozanía que, ya vistos en retrospectiva, pudieran dar mucho, pero mucho más todavía.

Lo suyo también puede ser precisar de un artilugio para regar el jardín a sesenta metros de distancia –aunque la unidad familiar en la que se encuentre su vivienda no alcance los cinco metros de fondo-, o tener unos rizos extraordinarios, o ser el propietario de unas chanclas ergonómicas con tecnología de última generación para liberar esa presión provocada por los juanetes que, dicen, afecta hasta en el humor y la generación de ideas con potencial millonario.

Sea lo que sea lo suyo, existe un satisfactor posible. Una respuesta adecuada. Una solución precisa que, asombrosamente, parece estar pensada para Usted exclusiva y particularmente. Sí señor, señora. Resulta que alguien por allí sí le comprende y piensa en Usted de día y de noche, buscando cómo generar ese elemento que le cambie la vida para siempre y que, por unos cuantos pesos, y aún menos si llama en los siguientes treinta minutos, le cambiará la existencia.

Para todas esas necesidades hay, gracias a la intervención divina, uno, dos o varios productos milagro que, sujeto a la atención debida en esos horarios noctámbulos -en los que ya hasta cualquier regulador o autoridad supervisora ha sucumbido a los efectos de Morfeo-, y previsto que no le cambie de canal, le van a demostrar con una línea argumentativa casi socrática, que usted ha vivido en el error ignorando todos estos años la magia que puede devolverle las esperanzas de convertirse en un ser humano pleno.

Pero la cosa no queda allí, señor mío, señora mía. Los milagros de pronto parecen multiplicarse y venir en racimo de abundancia a nuestro pueril y mundano tránsito por el mundo. Las empresas de los productos milagro piensan en todo con tal de hacerle la vida más llevadera. Sí, claro, porque hay algo también para Usted, en caso de que lo suyo sea la justicia social, por ejemplo, o la oportunidad de estudiar, la equidad en la remuneración de empleo para ambos géneros, el abatimiento de la violencia contra la mujer, en las escuelas, en las calles y avenidas; las personas desaparecidas, los migrantes, los niños deportados, el acceso universal a la salud pública, los huérfanos desamparados o el desplazamiento a las personas con discapacidad.

¡Claro! En esas madrugadas televisivas todos los productos milagro se anuncian y describen con seguridad y solvencia asombrosas, una retorica magistral. ¡Por Belcebú! ni que dudar de su autenticidad, su origen y, especialmente, los efectos bondadosos en su salud, en el devenir de la sociedad moderna, progresista, que toma de la mano a la ciencia y la teoría, y los buenos oficios de esos paladines de la comunidad, para hacer la práctica de su evolución darwiniana.

Igual que un pomo de brebaje para el cuero cabelludo, un jabón para las várices, igual, así, con la misma lealtad a la verdad, con el mismo rigor científico, con la misma seriedad de sus antecedentes que demuestran congruencia y consistencia con la búsqueda denodada por entregar un producto superior en beneficio exclusivo de Usted, las empresas del mismo gremio de los milagros –algunas con franquicia para cobrar electrónicamente, algunas para cobrar en su nombre del erario con el mandato de su voto, pero todas con franquicia, pues-, le anuncian las soluciones precisas para hacerse de la renta petrolera, también, de un mundo verde y sustentable, de educación y vivienda gratis para Usted y los suyos, y de una lucha incesante contra la corrupción de aquellos que, a diferencia de ellos, solamente quieren su voto para enriquecer sus arcas personales.

Los oferentes de los productos milagro comparten seriedad y plataforma, y canal televisivo desde luego, aunque su sector de pronto pudiese ser susceptible de ser regulado por distintas instancias. No obstante, la buena noticia es que todos la libran, evitando el monstruoso proceso de cumplir con las reglas, de transparentarse y de rendir cuentas. Todo en beneficio de Usted, y de mí, y de todos, pues su naturaleza es generosa, así, devota por los demás.

Así es que, lector querido, a esas horas de la madrugada usted puede comprar con toda tranquilidad un botellín de jarabe o un set de píldoras sin receta, o un boleto a su destino probable, su futuro aparente, que le asegura a cuadro, con una cálida sonrisa, un compañero diputado, desde la comodidad de su fuero constitucional y la amplitud que regalan los espacios televisivos asignados con sus recursos a cualquier partido.

Y claro, usted sabrá comprender, que hay milagritos más trascendentes, que implican un mayor costo, quizá de por vida, pues con el progreso no se pueden armar ofertas por treinta minutos y al dos por uno.

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