Voces desde Cuba: salario y moneda, ¿quién le pone el cascabel al gato?

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Las encuestas más serias, los estados de opinión o conversar durante más de veinte minutos esperando en una cola, ponen de manifiesto un denominador común: la preocupación por el dinero.

En cualquier parte del mundo existe esa preocupación; desde cuánto es necesario para unas vacaciones en el extranjero, hasta aspiraciones más cotidianas como reparar un mueble.

La diferencia entre la situación cubana y otras experiencias es que en cualquier país donde uno o varios miembros de la familia posean un trabajo estable, aun cuando sea modesto, comprar comida no será el problema.

Es paradójico: un país donde se dijo que la revolución se hacía por y para los humildes y mucho se habló de la alianza obrero-campesina, pero resulta que el salario de los obreros no cubre las necesidades alimentarias de su familia.

Campesinos cubanos

Los campesinos tienen mejores opciones, obteniendo ganancias más amplias sobre todo desde que el gobierno constató la ineficiencia de sus empresas agropecuarias para garantizar los alimentos básicos.

Solo quien no conozca nuestra realidad por dentro podría hablar de la educación y la salud como gratuitos.

Y ahora que el Estado-Papá se encuentra en vías de extinción, en los hospitales y policlínicos pueden leerse carteles con el valor de los procedimientos médicos y quirúrgicos que nos recuerdan que la medicina es gratis, pero cuesta. Sin embargo, olvidan poner que la pagamos entre todos, sobre todo sale del salario que se deja de pagar, porque el gobierno no ignora la asimetría entre salario y gasto.

Libreta de racionamiento

Las subvenciones de la canasta básica distribuida por la libreta de racionamiento, el estado las compensa con el brusco cambio de precio de dichos artículos en el mercado libre. Una libra de arroz normado cuesta 55 centavos como promedio, mientras que ese mismo arroz –imprescindible para llegar a fin de mes— cuesta 5.00.

El segundo tema que impacta sobre la economía y sobre la sociedad cubana es la dualidad monetaria, tasa fijada desde hace tiempo más o menos en 25 pesos cubanos (CUP) por un peso convertible (CUC).

Casi veintidós años de la adopción de esa dualidad han arruinado el bolsillo del ciudadano, pero sobre todo han arruinado su moral, pues la ristra de actuaciones al borde de la ley a que se ha visto abocado para vivir, desdibuja los límites de lo que se debe y no se debe hacer.

Las empresas también sufren un quebradero de cabeza con la doble contabilidad, pues las compras o servicios se encuentran indistintamente en CUP o en CUC.

Muchos artículos de primera necesidad que solo se encuentran en las tiendas recaudadoras de divisas mantienen un precio exorbitante, eso se nota con más nitidez hace unos meses, que como parte del proceso de unificación monetaria que se proyecta, los artículos presentan el precio en moneda nacional y en divisas.

Bodega

Ha sido un impacto sicológico muy fuerte ver un desodorante corriente en veinte pesos o un litro de aceite de girasol en sesenta. Eso, para no hablar de lo miles que cuesta un televisor de tecnología obsoleta.

Una amiga dice que uno aquí se enferma en moneda nacional pero tiene que curarse en divisas.

Necesitada de una medicina contra la diarrea que no encontró en las farmacias en CUP, tuvo que recurrir a comprar un similar en la Farmacia Internacional. Un frasco de Pepto Bismol de 8 onzas que le costó 8.95 CUC.

Con la economía necesitada de renovación para romper encantamiento, perdón, el estancamiento, suenan los cascabeles del salario y la doble moneda como una necesidad impostergable. Ponerlos en el cuello del gato es cosa bien diferente por el coste social que significa.

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Regina Coyula es bloguera, activista de derechos humanos y crítica del gobierno cubano. Aunque reniega de las etiquetas, es considerada “disidente” en su barrio, por decir y escribir lo que piensa. Ella se considera una ciudadana crítica sin afiliación política.

 

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About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

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