Un lecho… de rosas

10848388_1

Por Alfonso Villalva P.

Yo no sé hasta que punto vamos a llegar aquí, te lo confieso. Hemos visto ya de todo, y lo que quizá nos falta por atestiguar… La sabiduría popular nos enseña que cuando pensamos que hemos pasado por lo peor, es que estamos precisamente el la víspera de la verdadera catástrofe. Ahora son estos señores embozados con la máscara del magisterio, de las víctimas ajenas a ellos mismos, o aquella del progreso incluyente, la justicia social…, después, quien sabe que seguirá.

Todos los de por aquí estamos ya hartos de las quejas, las mentiras, las falsificaciones y los sofismas. Todos. La verdad es que esta espiral de lamentaciones colectivas e individuales, es muy extraña a nuestra tradición milenaria de estoicismo y aceptación del devenir histórico. Es por ello que no quisiera que tú interpretes estas líneas como una queja más, como una rabieta de impotencia e incapacidad que solamente desemboca en disparates, en blasfemias.

No. Quisiera que entendieras que esto que lees aquí, es algo más orientado a un testamento, a un legado intelectual, quizá sentimental –por qué no- algo que probablemente viene desde mis entrañas, con la lógica que solamente pueden matizar el colon, el duodeno, así.

Simplemente deseo hacerme patente para que a la hora de ajusticiar las cuentas, a la hora del juicio final de la historia laica, no me tomen a mí -a nosotros-, como unos improvisados; no nos confundan con toda esa horda de oportunistas que, de vez en vez, se montan en nuestra circunstancia muy particular para lucrar en su propio provecho.

Los hemos tenido de todo, eh. Caciques descarados que sin preguntar nuestra opinión nos han saqueado, nos han caído a azotes. Líderes políticos que nos han administrado como a un hato de ganado de bueyes. Políticos post modernos, más light quizá, más agraciados y fotogénicos, que han demostrado su estulticia con la peregrina idea de que la reivindicación de nuestra cultura se logra poniéndonos a bailar con trajes multicolores, a cambio de un puñado de billetes de a dólar que nos arrojan los gringos en sus viajes organizados en autobús.

Los hemos tenido también comunistas trasnochados que han tratado de hacer su sueño realidad explotando nuestra ignorancia, y sobre todo nuestra extrema miseria que nos ha convertido ya, de manera centenaria e inveterada, en fuerza bruta de trabajo, en carne de cañón, en moneda de cambio para obtener prebendas, para lucrar en exclusiva con nuestros preciosos recursos naturales.

Nosotros nunca solicitamos ser representados por nadie, nunca. Ni como ciudadanos de nuestro Estado, ni como comunidades con antecedentes y circunstancias particulares, no. Ahora nuestros cuerpos no valen ya más que un retazo de carne con hueso cuya sangre hace arquear a todos los hombres blancos que, como tú, solamente se enteran de nuestra existencia en los breves instantes en que nuestra desgraciada y abyecta condición se transmite en horario estelar, entre un comercial de juguetes electrónicos y una entrevista a una vedette con los senos operados.

Quizá para ti es una cobardía que nosotros aún le tributemos respeto a los elementos naturales que nos rodean. Quizá para ti es pusilánime que el principio rector de nuestra conducta y nuestra ética esté solventado en el aire, el fuego, la tierra y el agua. Quizá para ti, cuestiones como Monte Albán, la Selva Lacandona o Cobá, son, exactamente igual a un parque temático de ocasión.

Quizá para ti es simplemente ridículo el hecho de que nosotros apreciemos a los ancianos, nos congratulemos de estar vivos mediante ritos danzantes y musicales, mediante una forma muy especial de comunicarnos con los dioses, en un idioma muy ajeno a ti, mientras ignoramos abiertamente toda la parafernalia que nutre tu absurda modernidad.

Quizá sea así, pero de lo que estoy seguro es de que si tu entiendes que esto es un testamento, y no una queja chillona, entonces es probable que reflexiones y consideres por un momento el grado de cobardía que se requiere para soportar por años la vorágine de vituperios, las miles de hermanas violadas por comandantes de policía, por líderes de movimientos sindicales y populares, diputados con fuero; los hijos expósitos, los huérfanos que lloran a madres y a padres vomitando sangre en el lodo con un trozo de metralla en sus entrañas, la disentería que nos sigue matando poco a poco, las letrinas hediondas y las largas noches de embriaguez que nos alejan transitoriamente de la brutalidad cotidiana.

Quizá lo consideres por un momento, nada más, para comparar mi muy probable cobardía contra el valor incalculable y ejemplar de un hombre blanco que no se atreve siquiera a sostener mi mirada, siquiera a voltear hacia acá en sus discursos de campaña, en cada embate que nos hace estar, aquí en las montañas del sur, cada vez más cerca, de un proverbial lecho de mierda.

Twitter: @avillalva_

[email protected]

 

[ratings]

About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

You must be logged in to post a comment Login