Como lapa

Por Alfonso Villalva P.

Nada tiene de especial un espejo, sobre todo cuando no cuenta con estuche de carey, de piel o plata, o al menos, el sello de manufactura de algún emblemático diseñador. Nada puede representar un maldito trozo de vidrio de formas irregulares, rodeado por muescas multiformes. Nada. Con menor razón cuando solamente sirve para seguir contemplando el reflejo de una cara de idiota, de imbécil; demacrada, desteñida. Una cara que asoma estúpidamente en búsqueda de sentido, de coherencia; que quisiera, de tanto asomar, que aparezca alguna respuesta o, al menos, una cara menos hostil.

Rosalba lo comprende -con un sentido racional escalofriante-, pero está desvinculada de su absurdo y permanente apretón de mano al trozo de espejo, que parece haber conseguido una adherencia sobrenatural a su piel. Sin ninguna conciencia de su función motriz, Rosalba Martínez Tapia flota en un estupor irreal. Su cuerpo menudo cubierto por un manto de piel blanca -prácticamente transparente-, se desliza con languidez al ritmo que marcan unos pies desorientados que comienzan a andar por sí mismos. Sin destino, sin reacciones conscientes, desciende los peldaños en los que desemboca la salida de la unidad de especialidades y medicina interna, y camina lentamente en un trance incomprensible hacia el centro de Veracruz.

Sin apreciar las horas que transcurren durante su deambular, su cuerpo exuda desconsuelo, dolor, fracaso, impotencia. Su cuerpo expulsa su rabia en grandes gotas de sudor que reaccionan al bochorno del Puerto, a la fiebre emocional. Gotas ardientes que queman la piel mientras recorren de extremo a extremo, su feminidad marchita. Al doblar por la calle Independencia, como un relámpago recuerda su sonrisa, la de él: cálida, seductora. Recuerda precisamente el día en que la convenció -antes de ser diagnosticado-. Sí, que establecieran un domicilio común para vivir un romance permanente, que tomaran el riesgo de compartir sus vidas frente a la mar, usándola como testigo de su pasión irrefrenable. Recuerda Rosalba el día en que él le regaló su primer colección de Neruda como prenda al compromiso de entregarse a la intensidad de vivir sin ataduras, sin paradigma.

Rosalba parece desfallecer, tropieza con un globero sonriente en los portales, y se recarga con la mano derecha en una columna del antiguo Diligencias. Ella no lo nota, pero los dedos comienzan a sangrar, las muescas del espejo desfloran la suavidad de su piel, como un signo representativo de su desgracia. Los parroquianos la miran con desprecio, la toman por junkie, por borracha, muy ajenos al derrumbe de sus sentimientos, a la tragedia de su alma.

Como puede, Rosalba Martínez Tapia yergue sus veintisiete años y recupera la vertical. Sus pies la conducen nuevamente, la guían, la jalan, hasta que por primera vez en esa tarde, sus ojos atisban la mar, esa vieja cómplice que de lo único que le puede servir ahora es como un recordatorio de su pequeñez ante la muerte, de su inmovilidad ante las cosas que no puede cambiar.

Con algunos esfuerzos, Rosalba trepa al muro de balaustras que adorna el perímetro del Malecón nuevo en el Puerto de Veracruz. Vacila un poco, pero consigue mantener el equilibrio y ofrece su rostro suave a la brisa del norte que comienza a incrementar su intensidad. Rosalba casi puede adivinar el sabor salado del levante que reconforta, que desahoga.

Hay muchas formas de morir…, y Rosalba lo sabe. Él, su príncipe viajero, su caballero audaz, su marino aventurero, tuvo la maldita suerte de tropezarse con el bicho, impensable en un atleta, en un jovial y emprendedor escultor que en su efímera existencia no probó el alcohol, no tocó las drogas, no acarició siquiera la nicotina. Pero la vida es así, y en un arranque de pasión -sabrá Dios dónde y cuándo-, se entregó a alguna mujer seropositiva. ¡Carajo!, no supo ni quién, pero el bicho, como lapa se alojó en la sangre. Progresivamente perdió peso. Un día desmayó y Rosalba le llevó al médico. Entonces vino el diagnóstico y comenzó una muerte lenta, dolorosa. Una agonía de meses que le amarró las últimas semanas a esa cama de hospital de mierda en la que se consumió para siempre.

Hay muchas formas de morir, dice Rosalba. Se lo dice a la mar, con voz suave, casi cariñosa, mientras acerca el espejo a su nariz para comprobar su respiración, tal como lo hizo con él -con ese mismo espejo- unas horas antes; tal como lo hará durante cada día de los últimos tres meses que el inmundo contagio le permitirá vivir.

Twitter: @avillalva_

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About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

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