¿Fue el escritor H. G. Wells el primero en pensar en una bomba atómica?

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Por Samira Ahmed

 

Imagínate que eres el más grande escritor de ciencia ficción de tu época y un día se te ocurre la idea de crear una bomba de poder infinito, llamándola “bomba atómica”.

En su novela de 1914 “El Mundo Liberado”, el escritor británico H. G. Wells se imaginó precisamente una granada de mano de uranio que “seguiría explotando indefinidamente”.

El escritor británico incluso pensó que sería arrojada desde aviones.

Lo que no pudo predecir fue cómo la extraña conjunción de sus amigos y conocidos – particularmente Winston Churchill y el físico Leo Szilard – convertirían esa fantasiosa idea en realidad.

Y fue una invención que terminó dejándolos profundamente atormentados por la escala de destrucción que desencadenó.

El mundo del átomo

La historia de la bomba atómica comienza en la época Eduardiana, cuando científicos como Ernest Rutherford comenzaron a abordar una nueva forma de concebir el mundo físico.

La idea era que los elementos sólidos podrían estar hechos de mínimas partículas, de átomos.

“Cuando se hizo evidente que el átomo de Rutherford tenía un núcleo denso, hubo un consenso en que era como un resorte de acero“, señala Andrew Nahum, curador de la exposición “Los Científicos de Churchill”, del Museo de Ciencias de Londres.


HG Wells en 1944

 

Wells, quien quedó fascinado por los nuevos descubrimientos, ya tenía una trayectoria pronosticando innovaciones tecnológicas.

De hecho, Churchill le dio el crédito de concebir la idea de usar aeroplanos y tanques antes de la Primera Guerra Mundial.

Los dos hombres se reunieron y discutieron ideas durante décadas.

Churchill comprendió el peligro de que la tecnología avanzara más rápido que la madurez humana.

En 1924 escribió un artículo titulado “¿Cometeremos todos un suicidio?”, en el que se preguntaba si una bomba, no más grande que una naranja, podría tener un poder secreto que destruyera una cuadra de edificios o que concentrara suficiente potencia para acabar con todo un municipio de un solo golpe.

Graham Farmelo, autor del libro “La Bomba de Churchill”, vincula directamente la idea de la bomba del tamaño de una naranja al imaginario de “El Mundo Liberado”.

Reacción en cadena

Para 1932, científicos británicos habían logrado dividir el átomo por primera vez por medios artificiales, aunque algunos cuestionaban que pudiera producir enormes cantidades de energía.


Ilustración de la primera reacción en cadena autosuficiente.

 

Pero ese mismo año, el físico Leo Szilard, inmigrante de origen húngaro, leyó la obra de Wells.

Szilard consideraba que la división del átomo podría producir una gran cantidad de energía.

Posteriormente, dijo que Wells le enseñó “lo que significaría la liberación de la energía atómica a gran escala”.

A Szilard se le ocurrió la idea de la reacción en cadena en 1933, mientras observaba el cambio de luces de un semáforo londinense.

“De repente pensé que si encontraba un elemento que se dividiera por neutrones y que emitiera dos neutrones cuando absorbiera uno, tal elemento, si se ensamblase en una masa suficientemente grande, podría sostener una reacción nuclear en cadena”.

En ese momento de inspiración, Szilard también sintió un gran temor de pensar cómo una ciudad como Londres y sus habitantes pudiera ser destruida en un instante.

“Sabiendo lo que significaría, y lo sabía porque había leído a H. G. Wells, no quería que esta patente se hiciera pública”.

Proyecto Manhattan

Los nazis estaban en ascenso y Szilard estaba muy ansioso por saber quién más estaba trabajando en la teoría de la reacción en cadena y la construcción de una bomba atómica.

La novela de Wells “La forma de las cosas que vendrán”, que luego fue adaptada al cine,pronosticó con precisión los bombardeos aéreos y la inminente devastación de un guerra mundial.

En 1939 Szilard escribió el borrador de la carta que Albert Einstein le envió al presidente Roosevelt advirtiéndole a EE.UU. que Alemania estaba almacenando uranio. El Proyecto Manhattan había nacido.

Szilard y varios científicos británicos participaron en el programa con un enorme respaldo financiero militar estadounidense.

Británicos y estadounidenses trabajaron por separado sin saber cómo sus investigaciones se complementaban entre sí.

Al final pasaron del método original de un “arma” de uranio enriquecido, que había sido concebida en el Reino Unido, a la creación de otra por implosión de plutonio.

Szilard hizo campaña para hacer una demostración de la bomba frente al embajador japonéspara darle la oportunidad de rendirse. Luego quedaríahorrorizado cuando terminó siendo arrojada sobre una ciudad.

Bomba británica

En 1945 Churchill resultó derrotado en las elecciones generales británicas y, al año siguiente, el gobierno de EE.UU. aprobó la Ley McMahon de 1946, quitándole, de hecho, al Reino Unido el acceso a la tecnología que había ayudado a crear.

Luego William Penney, uno de los físicos británicos que regresó de Los Álamos, encabezó el equipo, encargado por el nuevo primer ministro Clement Atlee, de crear una bomba británica con una pequeña fracción del presupuesto estadounidense.

“Fue de un enorme mérito intelectual”, apunta Andrew Nahum. “Volvieron a trabajar en los cálculos que habían hecho en Los Álamos. Contaron con los servicios de Klaus Fuchs, quien terminó siendo un espía atómico que le pasaba información a la Unión Soviética, pero que tenía una memoria prodigiosa”.

Otro físico británico, Patrick Blackett, quien discutió la fabricación de la bomba con científicos alemanes cautivos, resaltó que no había verdaderos secretos.

Según Nahum, Blackett dijo que “es como hacer una tortilla; no todo el mundo puede hacerla bien”.

Nahum agrega que cuando Churchill fue reelecto en 1951 encontró un arma casi completamente lista para ser probada.

“Tenía un conflicto sobre si seguir adelante con la prueba y escribió sobre si deberíamos tener ‘el arte y no el artículo’. Es decir, si sería suficiente con tener la capacidad… en vez de tener un arma peligrosa en el arsenal”.

A Churchill se lo convenció de seguir adelante con la prueba, pero la mucho más poderosa bomba de hidrógeno, desarrollada tres años más tarde, le trajo una gran preocupacion.

Distanciamiento

H. G. Wells murió en 1946. Había estado trabajando en una secuela de “La forma de las cosas que vendrán” que incluirían sus temores sobre la, ahora real, bomba atómica que había imaginado. Sin embargo, la película no se hizo.


Szilard se opuso al uso de la bomba atómica en la guerra.

 

Hacia el final de su vida, apunta Nahum, la amistad de Wells con Churchill “se enfrío un poco”.

“Wells consideraba a Churchill como un miembro ilustrado de la clase gobernante, pero con prestigio disminuido”. Y Churchill tenía poco tiempo para las ideas socialistas utópicas cada vez más extravagantes de Wells”.

Para Wells los tecnócratas y los científicos terminaría gobernando un nuevo orden pacífico como en “La forma de las cosas que vendrán”, incluso si la guerra global destruía antes al mundo como lo conocíamos.

Churchill, un ex soldado, creía en las lecciones de la historia y veía la diplomacia como la única forma de impedir que la humanidad se destruyera en la era atómica.

Szilard se quedó en EE.UU. e hizo campaña para el control civil de la energía atómica, mostrándose igualmente pesimista sobre la idea de Wells de un nuevo orden mundial liderado por el mundo científico.

Más bien al contrario, Szilard quedó atormentado por el poder que ayudó a desatar.

En 1950 pronosticó que una bomba de cobalto destruiría toda la vida sobre el planeta.

En el Reino Unido el legado de la Bomba fue un notable período de innovación, ya que muchos científicos que habían trabajado en el desarrollo de armamentos y radares volvieron a sus laboratorios civiles.

Así surgió el primer jet comercial, el Comet, aviones casi supersónicos y cohetes, y el gigante radiotelescopio móvil Jodrell Bank, que casi pone punto final a la carrera del físico Bernard Lovell por sus enormes costos.

Sin embargo, el lanzamiento del Sputnik revivió su trabajo, ya que el Jodrell Bank tenía el único instrumento que podría rastrear el satélite soviético.

Nahum dice que Lovell resaltaba que “durante la guerra la pregunta nunca fue el costo”.

“Las interrogantes solo eran si algo se podía hacer y cuánto tiempo tomaría. Y ese fue el espíritu que trasladó a su labor científica en tiempos de paz”.

La austeridad y el pequeño tamaño del mercado británico, comparado con EE.UU., terminarían hundiendo esos sueños.

Sin embargo, aunque “la bomba” generó un nuevo escenario de terror, durante algunos años el Reino Unido tuvo también una visión de un futuro atómico benigno que podría dar forma a las cosas por venir.

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About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

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