Sueño republicano

Por Alfonso Villalva P.

 

Ustedes sabrán disculpar, señores del Honorable Congreso de la Unión, pero en esta ocasión no traje ningún informe, reporte, ni tarjeta informativa. No. Esta vez no cuento con cifras grandilocuentes de imposible comprobación que permitan llenar el espacio y el tiempo que todos los años dedicamos a este rito bizantino. Asumo la responsabilidad de cualquier inconveniente que pudiera causarles, pero decidí que los incansables escribanos y expertos en estadística alquimista de la residencia oficial, deben dedicar sus energías a cualquier cosa, cualquiera, pero ya no más discursos para el informe

Quise venir hoy sin ningún elemento que pudiera representar una provocación a ustedes, o más bien, a los ciudadanos que ustedes representan. Vine solo. No pienso hacer alusiones a familiares míos, ni tampoco continuar con la tradición de ocupar esta tribuna para el auto elogio, para hacer un recuento de lo que quisiera fueran mis triunfos irrebatibles. No pienso tolerar más la servil y vergonzante práctica de recibir aplausos de mis simpatizantes por cuestiones que son simplemente mi obligación; ni tampoco quiero ser más, el objeto de las injurias de mis adversarios quienes solamente ambicionan estar donde yo.

¡Esto se acabó! Hemos olvidado la razón por la que estamos aquí. Y les confieso que para venir aquí, en vez de ensayar mi enfoque a cámara, de recibir sugerencias respecto de mi vestuario y practicar estribillos pegajosos, dediqué algunas noches a leer nuestra constitución, los diarios de debates del Congreso que la creó originalmente, sí, el de 1857; y también de aquél que la modificó en 1916 y 1917. Me puse el traje que a mí me gusta y decidí que todavía estamos a tiempo. Sí, ustedes, yo también.

Llegué aquí, al recinto que representa la Soberanía Nacional, solamente con una copia de mi constancia de mayoría en el bolsillo, eso, y nada más. Ese documento que me entregaron durante la segunda mitad del año 2012 y que me legitimaba para ser líder de mi Nación. Una constancia de mayoría que me conmina a personificar un Presidente depositario de la confianza popular.

Solo eso quise traer aquí, y comenzar mi discurso aplicando los principios metodológicos de los curas que me formaron: con un acto de contricción. Si, señores, con un mea culpa sonoro, directo y honesto; con la mirada puesta en los ojos morenos de mi Patria. Con un par -que vaya que lo tengo-, para comenzar así, porque antes de iniciar cualquier panegírico inútil respecto de mis éxitos -inexplicables para quien sigue en la miseria-, antes, decía, es necesario que confiese ante los representantes de quienes me designaron, que sí, me he equivocado, como un humano cabal; confíé en quienes no pueden ver más allá de los modelos del pasado y la intransigencia de las ideas peregrinas memorizadas en universidades extranjeras. Pero no, mi constancia de mayoría me obliga a contribuir a la grandeza de México, a su bien común.

Mi discurso, así decidí hacerlo. Porque este mea culpa de hoy, tiene que ser mi derecho a recuperar mi momento, tiene que ser el acicate que con fundamento en el artículo 89 constitucional, se le confiere al Presidente de la República para tomar la rienda de la Nación, acortarla y empujar a un destino de progreso, diversidad, paz, libertad y respeto, de conciencia ciudadana y sustento ambiental. Tengo que ser el primer ejemplo. Tengo que ciudadanizarme para cumplir mi misión.

¡Se acabó! Tomo decididamente el mando, con los efectos de las reformas estructurales o sin ellos, pues a fin de cuentas, aún cuando estos no lleguen, tengo mucho por hacer, es hora de ordenarnos. Tú esperas mucho más de mi, compatriota, yo te debo mucho más a tí. Y se terminaron los discursos señores, y la ley se aplica porque así lo determina mi mandato. Y se acabaron los líderes sindicales acomodaticios, y los chantajes, y las revanchas políticas que solamente redundan en inestabilidad social, que benefician a muy pocos.

He convocado a todas las fuerzas políticas de la Nación que me sustituirán en poco tiempo -tan solo tres años-, para encontrar ahora sí, la fórmula que sume todos los talentos nacionales, políticos, académicos o empresariales, que rebase las esferas del capricho y la ignorancia, y abandone el interés particular. ¡Vamos a servir! Me avergüenza, nos debe avergonzar a todos, que en nuestro País viva la mayoría en condiciones de marginación. Somos responsables…

Mexicanos y mexicanas, he comprendido al fin que es ocioso pretender gobernar igual que mis antecesores, pues nuestro país requiere que reconciliemos nuestra identidad, y un destino común e incluyente. El cambio no puede ser la alternancia en el poder de partidos políticos, ni la entrega de despensas. El cambio es un proyecto de largo plazo en el que todos seamos beneficiarios, tiene que ser la renovación de las instituciones –o su reinvención- para devolverles su credibilidad; la aplicación de reglas claras que rijan nuestra conducta en cualquier circunstancia, y el compromiso inequívoco de someternos a ellas. Educación de verdad. El abatimiento -si, oyeron bien la palabra-, de la impunidad grotesca que hemos prohijado.

Nacionalizar o extranjerizar; ricos contra pobres. ¡No! Es el momento de identificar lo más favorable para la Nación, sin falsos dogmas, con absoluta seriedad. Desde este momento me entregaré a conciliar nuestras diferencias. No dedicaré un minuto más a descalificar a nadie ni a anunciar con triunfalismo el cumplimiento de mis deberes. ¡Tenemos sed de paz! Resultados para que nuestros compatriotas ya no tengan que morir a manos de un pollero, para que nuestros ancianos reciban pensiones dignas y nuestros trabajadores alcancen un mejor nivel de vida por su trabajo y no por la gracia de sus líderes. Para que nuestros niños no sueñen con ser sicarios y los funcionarios públicos que se enriquezcan, no hallen jamás sitio para evadirse de la justicia. Vamos a incorporar a los indígenas de una buena vez; a evitar que mueran violentamente más mujeres; a darles a los hijos de todos nosotros, una oportunidad de progresar.

Aquí está mi constancia de mayoría. Lo he comprendido ya. En realidad es lo único que tengo. Quisiera ver que en tres años, alguien más, quien sea, se ciña a ella y continúe con un rumbo que debe tener como denominador común lo que nos hace a todos, precisamente, mexicanos. Honorable Congreso de la Unión, ahora sé que toma toda una vida. No es la mía, es la de quienes representamos. Comienzo hoy y me someto, incondicionalmente, al juicio de la historia. Muchas gracias.

Twitter: @avillalva_

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About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

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