A 10 años del huracán Katrina

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James Fletcher

Bayou Laforuche, donde cada hora se hunde un área del tamaño de una cancha de fútbol.

En Luisiana, Estados Unidos, un área equivalente a más de una cancha de fútbol desaparece bajo el agua cada hora.

Los humedales costeros se están erosionando, y con el desvanecimiento del humedal se van las casas y las comunidades.

La cultura local cajún (descendiente de los acadianos, la minoría francesa que emigró desde Canadá) también se ve amenazada.

Paul Chiquet, un bibliotecario local mantiene un archivo de la vida en Bayou Lafourche, uno de los típicos brazos pantanosos de la región del delta del río Misisipí que culebrean hasta desembocar en el Golfo de México.

Camaronero

Los barcos de pesca de camarones todavía están activos en la zona.

 

Chiquet mantiene un salón lleno de vitrinas, mapas, pinturas y fotografías.

También hay embarcaciones en miniatura y varias piraguas, las canoas de fondo plano que se usan para navegar el bayou, como se le dice en el léxico local al humedal.

Erosión en Leeville
La erosión paulatinamente “se traga” todo el pueblo.

 

La vida en Bayou Lafourche gira en torno al agua y el sueño de Chiquet es documentar la vida del pantano y las vidas que han pasado por allí.

“Bayou Lafourche es puro cajún”, me dice Chiquet. “Todavía se encuentra todo tipo de comida cajún, música cajún”.

Los cajún son descendientes de inmigrantes franceses que se trasladaron desde Canadá hasta el sur de Luisiana, a finales del siglo XVIII.

Los nombres locales reflejan esa herencia; Cheramie, Guidry, Terrebonne.

“Las industrias de aquí son el cultivo, la caza con trampa y la pesca”, relata Chiquet de la vida tradicional cajún plasmada en su archivo.

“Todavía tienen sus botes, todavía salen a pescar y atrapar cangrejos”. Y continúa siendo una comunidad de familia donde te sientas en el pórtico de la casa y cada domingo haces el “vellier”, dice, utilizando la palabra cajún-francesa para la conversación entre familia y amigos.

Leeville
Leevile fue fundada en 1883. Menos de 150 años después, está a punto de desaparecer.

 

Casa erosionada
La erosión es visible bajo los cimientos de esta casa.

 

Una de las vitrinas documenta el primer asentamiento en la costa, en Cheniere Caminada. Cuando fue destruido por un huracán en 1893, la gente se trasladó río arriba.

En el cruce de dos canales fluviales fundaron pueblos en cada esquina; Missville, Orange City, Old Orange City y Leeville.

“Estos son huertos de naranjas”, indica Chiquet en las fotografías que registran los pueblos en su auge. “Algodonales, cacería, árboles de duraznos, ganado, maíz, cultivos de verdura”.

No es sorpresa que la gente en esas fotos desteñidas haya desaparecido. Pero llama la atención que muchos de los lugares que muestran ya no existen.

Leeville
Cultivadores de arroz de congregan frente a un almacén de Leevile.

 

Algodonales

En Leevile solían abundar los algodonales.

 

Casa de Cheramie

La casa de los Cheramie estuvo ocupada por 132 años con cuatro generaciones de la familia.

Pozo pretrolero
La exploración petrolífera empezó en antaño.

 

Harris Cheramie se sienta en el pórtico del restaurante de mariscos Leeville Seafood, mirando hacia la única y polvorienta calle del pueblo. Solía ser una avenida principal hacia la costa, pero una nueva autopista elevada pasa por encima y esquiva el pueblo por completo.

“Yo preveo esto convirtiéndose en un lago”, se lamenta Cheramie. “Me alegra que no estaré aquí para verlo”.

Cheramie lleva operando el único restaurante de Leeville durante 18 años, sirviendo sopa de quimbombó, étouffée de camarones, cangrejo, ostras y otras especialidades cajún a los residentes y visitantes que llegan a pescar. Ha sido testigo de cómo se ha disminuido la población.

“Eso solía ser tierra, todo tierra”, dice que las áreas que rodean Leeville. “Yo cazaba en la zona este de Leeville y te digo que era todo ciénaga, ya no hay nada”.

Leeville puente
Leevile desde el aire, en la actualidad con un puente que lo sobrevuela completamente.

 

Pintura de Leeville
En el cruce de los canales fluviales solía haber cuatro pueblos en cada esquina, uno de ello es Leevile.

 

Missville, Orange City y Old Orange City ya no existen. Leeville es la sombre del dinámico pueblo registrado en la exposición de Paul Chiquet.

En ese entonces, el pueblo tenía varios cientos de familias. Ahora cuenta con apenas unos cuantos residentes permanentes.

Donde había algodonales solo queda agua abierta. Las lápidas que quedan de lo que era un cementerio se están deslizando hacia el bayou.

La gente aquí ha sobrevivido varios huracanes, incluyendo Katrina, en 2005, y el derrame de petróleo de BP en 2010.

Sin embargo, su capacidad de recuperación está siendo puesta a prueba por una amenaza menos dramática, pero igual de peligrosa: la prolongada erosión de los pantanos y humedales que rodean Leeville y atraviesan la costa de Luisiana.

Paul Chiquet
Paul Chiquet documenta la historia de Bayou Laforuche en una exposción especial.

 

La tierra del delta del Misisipí fue creada por el sedimento depositado aguas abajo por el río cuando se inundaba. Pero a comienzos del siglo XX, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de EE.UU. construyó un sistema de diques para evitar que el Misisipi se desbordara.

Esto le trajo seguridad a la gente que vivía a la orilla. Pero sin el sedimento que se acumulaba para formar la tierra, ésta se ha ido hundiendo sin interrupción.

Si a esto se le suma el daño de los huracanes que regularmente arrasan esta parte de la costa, del agua salada que se filtra tierra adentro y mata la vegetación y de los canales excavados por la industria de gas y petróleo, lo que queda es un desastre ambiental en cámara lenta.

Vea desde el aire la realidad de la erosión en los pantanales

Más del equivalente de una cancha de fútbol desaparece cada hora. A medida que la tierra se erosiona, las personas en las comunidades costeras se trasladan a localidades y ciudades más grandes. Con la diáspora de esas pequeñas comunidades, las costumbres tradicionales también quedan amenazadas.

Pertenezco a la última generación que habla francés aquí“, afirma Cheramie. “Creo que nuestra cultura francesa está perdida”. Con eso toda la apreciación por la vida en el pantano.

Harris Cheramie
Harris Cheramie es uno de los últimos habitantes que todavía habla el cajún-francés.

 

El idioma cajún-francés todavía sobrevive en sus canciones, pero el destierro delbayou también está afectando la música.

“Ser un cajún es amar, vivir y reír. Alguien que ama la cocina y la música”, asegura. “Cuando se pierde la tierra, se pierde la gente y se pierde la cultura”.

Roland Cheramie vive más arriba en el bayou, en Golden Meadow que, contrario a Leeville, está protegido de la erosión por un dique. Pero no se siente seguro.

Ciudad con dique
Las ciudades más grandes están protegidas por diques.

 

“Es triste, es deprimente saber que muy posiblemente antes de que me muera voy a tener que irme de aquí, parar la vida en otra parte. ¡Qué locura!”

La realidad es que muchos jóvenes criados aquí terminarán yéndose de la costa.

Los hijos adultos de Chiquet ya se fueron y él está a punto de hacer lo mismo.

El principal motivo es el costo del seguro contra inundaciones y huracanes. En el nuevo lugar donde se mudará con su esposa la cuenta bajará de US$5.500 a $1.500 anuales.

Pero estarán abandonando la casa que ha estado en la familia de ella durante 132 años.

“Es una hermosa y gran casa cajún, cuatro generaciones han pasado por ella”, me dice.

“Mi esposa está muy triste. Está dejando atrás parte de su corazón y eso es lo que los más viejos sienten cuando se van”.

Es posible que la cultura cajún sobreviva. Siempre habrá música cajún en los bares de Nueva Orleans y étouffée de camarones en los menús de los restaurantes.

Roland Cheramie
Roland Cheramie vive la cultura cajún con su música.

 

Pero de lo que se lamentan Paul Chiquet, Harris Cheramie, Roland y los otros que conocí en Bayou Lafourche es algo más grande que eso.

“Todo se volvió sobre petróleo y gas”, dice Paul Chiquet de la vida en Bayou Lafourche. “No tiene que ver con la tradición ni la herencia ni el estilo de vida. Todo ha cambiado, ya todo es sobre el negocio”.

Como la mayoría, Chiquet enfrenta su destino con una mezcla de pesar y pragmatismo.

“Es muy triste”, dice de su mudanza, “pero eso es lo que es la vida”.

Atardecer

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About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

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