Ningún rock star

Por Alfonso Villalva P.

¿Es el apetito por vender? ¿Acaso es la arrogancia de pensarse superior? ¿O simplemente la soberbia infinita que genera el hecho de contar con un entendimiento obnubilado? ¿Será quizá síntoma de la ignorancia supina que se ha vuelto moneda de cambio en los tiempos de la post modernidad, las drogas tecnológicamente avanzadas y la realidad aumentada? ¿O es, simple y llanamente, el hecho de que últimamente quien dice estupideces, alaba criminales o denosta la fe de los demás, parece incrementar en automático sus seguidores en Instagram y Twitter?

No sé lo que sea, ni lo que tú pienses que sea, pero uno de los signos de nuestro tiempo radica en la percepción que parece tenemos muchos terrícolas, de contar con un inalienable derecho a vociferar nuestra verdad –o lo que parece una verdad o la que nos impone alguien como verdad-, muy a pesar de la verdad –auténtica o superpuesta también- del resto de los colegas que ofician como moradores del planeta. Estás conmigo o estás contra mi, sin medias tintas.

Nos ha llegado a molestar ya tanto lo que hacen y lo que dicen los demás, estamos tan hartos de ser violentados, desplazados, denigrados, discriminados y particularmente ignorados, que consideramos tener un legítimo derecho para desplazar nosotros mismos a quien piense diferente, denostarlo, juzgarlo y condenarlo igual que nos hacen a nosotros, por las puras apariencias, sin prueba alguna y sin derecho a la legítima defensa.

Y es que después de ser víctimas en cualquier grado y profundidad de la agresión o violencia de otros, parece que ya no tenemos escapatoria a la apetencia primitiva de hincar el diente por el diente y el ojo por el ojo a todo aquel ser que parezca pensar diferente a nosotros, que parezca encajar en la media filiación de nuestro agresor o represor, y fincarle la responsabilidad trascendental –es decir a toda la estirpe que descienda o ascienda de él- para pagar con su propia existencia la pérdida de vidas, de salud o de dignidad de la que nosotros mismos fuimos objeto.

En estos tiempos parece que ser víctima de cualquier cosa y en cualquier medida nos permite después cambiar los papeles y convertirnos en victimarios de todo, verdugos de cualquiera, de incitadores al odio y a la violencia hacia otros que se ven diferentes a nosotros, que por no ocupar nuestra misma lengua, origen, estrato socio económico o forma de adorar a Dios, no merecen nunca más paz en su episodio terrenal.

Comprenderás lector querido que no hablo de tu agresor ni del mío, ni del terrorista ni el secuestrador. Tampoco del genocida, ni del dictador, ni el rey de los narcóticos que mata con metralla y con química el cerebro de la juventud, ni del que entrena niños como máquinas de asesinar, ni del que los esclaviza, tampoco. No, desde luego no, que para ellos esté siempre reservado el fuego eterno e infernal de las cárceles y prisiones donde purguen los castigos más severos que puedan existir.

No, yo te hablo del que se parece a ellos, del que piensa diferente, del que decidió usar sotana, o burka o lo que sea que represente su manera particular de honrar a su creador. Del que lucha desde las izquierdas y hasta el de las derechas también. De ese al que le atribuimos hoy un estigma de amenaza por rezar a Alá, no por que lo sea, sino porque se parece a quien si lo es.

Y la cosa se complica cuando además, el hecho de la condena y la promoción del odio étnico se vierte por una masa que toma características de rebaño siguiendo a un pastor irreverente que muy probablemente azuza por razones y con propósitos muy distintos a los que declara, o por la simple y peregrina ocurrencia de escandalizar a una sociedad que lo que compra ciegamente es todo aquello que suene a ruptura con lo ordinario.

A un año de haber sacudido al mundo por su lamentable condición de víctima de un atentado de muerte indiscriminada y sangriento asalto, la revista Charlie Hebdo ahora se congratula de la muerte de un niño de tres años de edad, pues su deceso elimina, según ellos, a un terrorista potencial que después podría amenazar a toda la Europa continental.

Quizá es que ya estamos tan perdidos que las barbaridades y las estupideces se vuelven trending topic. Quizá lo estamos, al no advertir que el genocida, el incitador al odio y a la violencia, el hacedor de la apología al crimen, el corruptor y el corrupto no puede ser ningún rock star, no merece nuestra admiración y simpatía, no merece ni siquiera nuestra consideración, sean de un lado o del otro, fumen pipa, cigarrillo o habano, hablen árabe o francés. Nadie que festeje la muerte de un niño debiera serlo. Nadie que celebre la ocurrencia debiera serlo.

Twitter: @avillalva_

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About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

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