Cuba y Estados Unidos, una era de lecciones

La familia Obama junto al presidente de Cuba, Raúl Castro.

La familia Obama junto al presidente de Cuba, Raúl Castro.

Por Eugenio Chicas

 

En su artículo de opinión de este martes, el secretario de Comunicaciones de la Presidencia, Eugenio Chicas, valora la visita del presidente norteamericano Barak Obama a Cuba y señala que aún hay varios puntos por resolver como el bloqueo a la isla.

 

La reciente visita del presidente Barak Obama a su homólogo en Cuba, el presidente Raúl Castro, puso de manifiesto su valentía al sobreponerse a las presiones del más rancio conservadurismo norteamericano que se oponían a este importante hecho. La inclusión de su familia más íntima en la delegación de acompañamiento le impregnó un alto sentido humano.

La jornada que se extendió desde el domingo 20, en horas de la tarde, hasta el martes 22 incluyó intercambios con la sociedad cubana en su conjunto y abarcó un variado plan de trabajo, desde lo protocolar, cultural, deportivo hasta lo comercial.

Sin dudas esta gesta es la culminación de un exitoso proceso atribuible a ambas diplomacias, pero en particular a la cubana, muy reconocida y laureada por cierto, que da paso a un nuevo momento de sus relaciones bilaterales. Este éxito es la suma de muchos esfuerzos que incluyeron las gestiones del propio Papa Francisco; los oficios del prelado de La Habana, arzobispo Jaime Ortega y de otros actores diplomáticos que contribuyeron a distender las relaciones  entre ambos países, cuya fase pública y sorpresiva fue la comunicación telefónica sostenida abiertamente entre ambos mandatarios el 17 de diciembre de 2014; hecho, que en su momento, envió una señal muy positiva y esperanzadora a ambas sociedades y al mundo entero.

Esta es una nueva etapa en la historia de dos pueblos vecinos cuya distancia de tierra a tierra no sobrepasa los 145 kilómetros, comparable exactamente al recorrido entre Santa Tecla y San Miguel por nuestra Carretera Panamericana. La magnitud de su diferendo creció aceleradamente y tuvo por origen la intolerancia a las diferencias marcadas por el triunfo de la Revolución cubana en 1959, para muchos una herida en las costillas del imperio. Ese hito, en términos cristianos, fue comparable con la historia bíblica de David y Goliat.

Hubo en su momento una falta absoluta de comprensión, por parte de la gran nación del norte, de las profundas transformaciones demandadas por la sociedad caribeña, acumuladas desde la gesta independentista del apóstol José Martí. Los cubanos con osadía y altivez eligieron desde aquel momento su propio destino, fundamentado en la independencia y la autodeterminación; mientras que el resto de nuestra América, como forma dominante de gobierno, vestía a la moda del crecimiento de oprobiosas dictaduras civiles o militares que contaban con el beneplácito, y en muchos casos con el apoyo, de Estados Unidos.

El resultado de ese histórico capítulo fue la ruptura de las relaciones por parte de Estados Unidos con Cuba en 1962. El norte estimuló y presionó a otras naciones a sumarse y romper sus vínculos diplomáticos con la isla; conspiró para profundizar su aislamiento mediante la expulsión del seno de la OEA; impuso un inhumano bloqueo al pueblo cubano que aún impide la venta de productos de origen y manufactura cubana en Estados Unidos, así como la venta de productos de primer orden de origen norteamericano a Cuba, la exclusión de la isla a los mercados financieros y de crédito donde Estados Unidos ha tenido control; además, ha limitado el transporte comercial de terceros países hacia Cuba, por solo mencionar algunas limitaciones.

América cambió. El surgimiento de nuevos regímenes democráticos ha planteado un mapa político diferente, en el que también se ha desarrollado el pensamiento de una izquierda social y política con mayor madurez para comprender los retos del desarrollo y los nuevos paradigmas de la humanidad. Los pueblos también han evolucionado, hoy somos sociedades mejor informadas y con mayor acceso a espacios de opinión y comunicación, a las que ya no se les asusta con los viejos fantasmas del anticomunismo; ahora conocemos mejor nuestros derechos, sabemos que la democracia es más que votar, hemos aprendido que la evolución democrática abarca el derecho al trabajo, vivienda digna, salud, educación, sociedades productivas, participación en la construcción de políticas públicas y en la toma de decisiones, en definitiva dignidad humana y social.

En nuestros días es más clara la agenda común entre nuestros países para luchar contra la pobreza y el empeño de producir más alimentos, la adaptación al cambio climático, el cuido del agua y la conservación y recuperación de nuestro medio ambiente, el combate a la narcoactividad, la lucha común contra el terrorismo y a todas las formas de violencia; el tratamiento a las enfermedades que afectan a nuestros pueblos, el fomento de la investigación científica con fines de paz, y sobre todo a ser sociedades suficientemente educadas.

Es cierto que aún quedan temas cruciales por resolver entre ambos países como el levantamiento del injusto bloqueo a Cuba o la devolución del territorio ocupado en Guantánamo por la base naval de Estados Unidos, pero el ejemplo que aportan estos presidentes al emprender una ruta y restablecer sus relaciones diplomáticas, iniciando una nueva era de paz, es crucial en estos momentos para nuestra América y para la humanidad. Esa capacidad de tratar las diferencias con respeto y encontrar puntos comunes que permiten construir soluciones es muy aleccionadora en sociedades polarizadas como la nuestra que urge de acuerdos de nación para avanzar, recuperarnos y ponernos a tono con los retos de un mundo que no espera. Sigamos el ejemplo, los acuerdos son necesarios y urgentes.

Eugenio Chicas es secretario de Comunicaciones de la Presidencia de la República de El Salvador.

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About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

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