Prometiendo

Por Alfonso Villalva P.

Si algo nos caracteriza a los mexicanos de manera homogénea, nos hace iguales independientemente de nuestro acento, etnia, posición económica, preferencia sexual, religiosa o política, seguramente en nuestra facilidad para prometer. En nuestra cultura, la promesa es una suerte de mentira permitida, una mentira light socialmente autorizada, como esas que dicen las señoras que se detestan, cuando chocan en una cena de gala y con una sonrisa falsa, como de Lucia Méndez en telecomedia, se dicen: que linda luces, chula, o que bien te sienta el magenta, Maribel, cuando ganas no les faltan de arrancarse el chongo de cuajo.

Prometer y cualquier cosa. Cuestión de una acción, un beneficio o un premio; por interés legítimo, la esperanza de un milagro, una expectativa calculada o por el simple deporte de prometer, o sea, a veces prometemos hasta por razones piadosas, para no herir los sentimientos de cualquier terrícola que comparta nuestro eufemismo enajenante –que esa es otra, es mejor mentir que llamar a las cosas por su nombre-. A fin de cuentas, las promesas no son punibles en nuestras latitudes, de alguna manera son una conducta esperada, una coartada para evitar el compromiso. Raro es quien no promete, y siempre tenemos, a pesar del incumplimiento, el recurso de prometer una vez más.

El marido o la esposa infiel, prometen que nunca traicionarán de nuevo el velo conyugal con la señorita de veinte años, o el instructor de tenis –no averiguo quién con quién traiciona, en estas épocas ya no se sabe-. Prometen con lágrimas de cocodrilo y toda la parafernalia de arrepentimiento tipo escena de Epigmenio Ibarra. Con frecuencia, el cónyuge le perdonará por razones de piedad, amor o simplemente beneficio financiero, sabiendo que lo más probable es que vuelva a ponerle como miura en San Fermín.

Quien tiene un acreedor resoplándole en la nuca, no se atreve a explicar su insolvencia, sino que promete que ahora si mañana, sabiendo de antemano que será imposible pagar. Hay quien hace ofertas imposibles al nuevo empleado para que éste ponga mayor empeño por lo menos al inicio de su trabajo, y el empleado promete, con cara de no lo dude usted, resultados superiores a su capacidad.

Más común es que al encuentro de dos amigos se hagan ofertas recíprocas para telefonearse con el fin de comer juntos o “hacer algo” –que en sí misma, la expresión es una belleza.- Ambos saben de ante mano que seguramente morirán sin haber sido protagonistas de ese “algo” que harían juntos.

El funcionario, ejecutivo o empresario que promete un futuro brillante, lucrativo y expedito a la joven de buen ver y curvas emocionantes, quien aún sospechando que es mentira porque su sobresaliente astucia le indica que una oferta de trabajo no se hace en un bar de Sanborns, acepta humillada con una remota expectativa de superación, y desde luego, dando a cambio la promesa a flor de labios que nunca le chantajeará.

Pero sin duda, las mejores promesas –por creatividad o descaro- son de las de quienes ejercen el oficio más antiguo del mundo, la política, quiero decir.  Un político necesita prometer para lucir auténtico, pata negra, especialmente en América Latina donde la promesa es deporte nacional.

Sin embargo, recientemente hemos comenzado a esbozar una extraña excepción.  Parece que ahora ya exigiremos a los políticos que nos cumplan. ¿Vamos a terminar con el ciclo en que los políticos prometen y se sirven del pueblo, y este, a cambio de prebendas o impunidad, hace creer que está convencido de sus promesas, le ignora y falta al respeto?

Nada es para siempre, y nuestros políticos –de izquierda, derecha y centro- deberán olvidar las maneras de siempre, pues ya no transitarán despreocupadamente por la senda del poder sin rendirle cuentas a nadie. Ahora, el incumplimiento de promesas se cobra abiertamente, con medios políticos o populares –que quizá duele más-.

Ya debieran abandonar las promesas optimistas.  Debieran con honradez –y valor civil-, dar un diagnostico realista del país, y trabajar duro en consecuencia, que a fin de cuentas para eso fueron electos. A nadie engañan con cifras maravillosas, discursos en color de rosa, declaraciones contradictorias a sus actos.

Nadie cree en crecimientos imposibles ante la evidencia del bolsillo; reducciones a la delincuencia con anfiteatros atestados de familiares y amigos; promesas de gobernar solamente para los más pobres desde su Cherokee o Mercedes Benz del año, blindado directamente en Alemania. Rendir cuentas y cumplir, atenerse a las consecuencias y dejar de enriquecerse a costa de la defenestración popular, mantener al país en orden y permitirnos a los mexicanos seguir prometiendo diariamente y sin sobresaltos.

Twitter: @avillalva_

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About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

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