Apocalipsis y optimismo

Trump-ClintonLas convenciones nacionales del Partido Republicano y del Partido Demócrata han decantado los temas que sus candidatos Donald Trump y Hillary Clinton usarán hasta la elección en noviembre. El uno ha elegido la versión de que Estados Unidos está al borde del abismo y sólo él puede guiar a la salvación; la otra insiste en que Estados Unidos es el mejor país del mundo pero queda mucho por mejorar, todos juntos.

Por Jorge Bañales 

Republicanos se rinden al trumpismo

    La Convención Nacional del Partido Republicano designó en Cleveland (Ohio) a Donald Trump como su candidato presidencial, ateniéndose a la mayoría de delegados elegidos en primarias en las que predominó una percepción preapocalíptica de la realidad.

    Según esa percepción, Estados Unidos está en decadencia, invadido por inmigrantes indocumentados con religiones sospechosas; China, México, Japón, y casi cualquier otro país han estado robando empleos estadounidenses al amparo de los tratados de “comercio libre”; los aliados de Washington en Europa y Asia son unos parásitos que no pagan por su defensa; los índices de criminalidad, y en especial la violencia de los negros, son intolerables; los terroristas musulmanes representan una amenaza a la existencia misma de la nación; las fuerzas armadas estadounidenses son un desastre; el mundo entero se burla de Washington; y décadas de acción corrosiva de los “liberales” explican los millones de abortos cada año, la aceptación social de los homosexuales, la erosión de la Constitución, la corrupción en el Congreso, la proliferación de drogas, el deterioro de la enseñanza escolar. Y, sobre todo, la expansión autoritaria de las atribuciones del Poder Ejecutivo, al punto que el presidente Barack Obama es un tirano.

    Y, para restaurar la Constitución, los votantes en las primarias republicanas eligieron a un multimillonario mujeriego que promete arrear unos 11 millones de personas fuera del país, ordenar a los militares que violen las leyes internacionales usando la tortura, y la matanza de familias para combatir el terrorismo, imponer tarifas sobre las importaciones desde otros países, decirles a los socios de la Otan que se las arreglen por su cuenta frente a Rusia y a los socios en el este de Asia que se consigan sus propias armas nucleares. En cuanto a la restauración moral, el Partido Republicano optó por un candidato aficionado a los insultos personales y las mentiras, y para contrarrestar la tiranía, un adalid ególatra que centra todo su discurso en sí mismo, se elogia sin pausa ni pudor, y que tras calificar de “estúpido” a todo el sistema político asegura que él, que es más inteligente que todos los demás juntos, sabrá cómo resolver problemas de los que nada entiende.

    La explicación del trumpismo es compleja pero puede resumirse en dos ingredientes mayores: enojo y miedo.

    El enojo, en el bando republicano, resulta de la decepción de los votantes que desde 2010 dieron al partido la mayoría en la Cámara de Representantes y dos años más tarde en el Senado también, sin que ello haya resultado en políticas más conservadoras. Todo lo que los republicanos han hecho en el Congreso es obstruir la mayor parte de las iniciativas del presidente demócrata Barack Obama sin ofrecer alternativas.

    Trump, un advenedizo cuyas credenciales republicanas no existen y las conservadoras son fallutas, supo explotar esa ira, añadiéndole el condimento del miedo: millones de estadounidenses sienten que “su” país se les está escapando de las manos.

    Tal como cualquier otra nación, tiene su imagen idealizada de “los buenos tiempos”, amplios sectores del electorado estadounidense se identifican con la consigna de Trump: “Make America Great Again”. No se explica mucho cuándo es que Estados Unidos tuvo, o cómo y cuándo perdió esa grandeza de la fábula, pero Trump promete recuperarla.

    La paradoja, y quizá la sentencia de muerte para el Partido Republicano, radica en que Trump se izó con la candidatura burlándose de la estructura del partido, y dejando en la estacada al sector más conservador cuya furia opacó, brevemente, la apertura de la convención.

HILLARY: CAMBIO PARA LO MISMO

    La Convención Nacional del Partido Demócrata se las arregló para ponerle las riendas al tercio de delegados entusiasmados con la revolución política que les prometió el senador socialdemócrata Bernie Sanders. Y luego designó a la ex primera dama, ex senadora y ex secretaria de Estado Hillary Clinton como primera mujer candidata a la presidencia por uno de los dos partidos mayores.

    El enfoque elegido por Clinton para contrastar con Trump arranca en la consigna de que Estados Unidos ya es la gran nación, con la fuerza militar más poderosa del planeta, una sociedad multicultural que ofrece oportunidades sin límites para quien se esfuerce y trabaje duro, un país donde se respetan y se aprecian las diferencias individuales, donde la economía ha estado creciendo sin pausas y el desempleo ha caído al nivel más bajo desde la Gran Recesión de 2008, donde la creatividad y la innovación conducen al éxito, y donde después de la elección del primer presidente mulato se avecina el logro de una presidente mujer que lo pondrá a la par de decenas de otras naciones donde las mujeres gobiernan desde hace rato.

    La tienen un poco complicada los demócratas, porque al tiempo que describen todo lo bueno y promisorio de una nación pujante, denuncian el ensanchamiento de la brecha de ingresos, la persistencia de la pobreza, la falta de un plan nacional de salud que convierta la asistencia médica en un derecho en lugar de un negocio. Tras ocho años de gobierno demócrata tiene sus dificultades la mención de que millones de jóvenes se gradúan de las universidades abrumados por deudas, y que más millones de trabajadores carecen de licencia paga por enfermedad, vacaciones pagadas y compensación por horas extra. Los demócratas apelan al voto de las minorías –y lo obtienen más que los republicanos– pero en dos mandatos de Barack Obama no ha habido acción para una reforma del sistema de inmigración que resuelva la semiclandestinidad en la que viven y trabajan más de 11 millones de personas.

    Para combatir la concentración de riqueza en el tan mentado “1 por ciento” y la consolidación bancaria, los demócratas han designado una candidata que tiene relaciones muy cordiales con los bancos. Para promover la justicia social y la honestidad en el gobierno, eligieron a una mujer que arrastra una larga cadena de escándalos y a quien la mayoría de la ciudadanía ve como engañosa. Y para lidiar con el terrorismo global han elegido a quien podría ser la primera mujer comandante en jefe del mayor aparato militar y de inteligencia en el planeta.

    El sector más militante entre los votantes demócratas, la gente que hizo campaña por Sanders en repudio del inminente Tratado Comercial Transpacífico, quedó con la opción de votar a Clinton, quien hasta hace pocos meses era firme partidaria de todos los acuerdos comerciales.

    Y las mujeres, que por amplia diferencia en las encuestas repudian a Trump, tendrán que decidir en noviembre si dan su voto a una esposa que, quizá a sabiendas, toleró que su marido usara a otras mujeres

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