Trump 2.0

Por Jorge A. Bañales

Donald J. Trump sigue decepcionando a los alarmistas que lo veían como un dictador en potencia. Trump carece de sentido del sentido de la historia y la astucia política que convierten a un demagogo en un caudillo. Las amenazas mayores, y de más largo plazo, para la democracia vienen de los millones de seguidores de Trump, y de quien sea capaz de ampliar el movimiento.

En alguna parte

Al acecho entre los millones de estadounidenses que podría ser presidente hay una persona que ha prestado mucha atención al fenómeno Trump y que se prepara para un manotazo al poder sin precedentes en la historia del país. Puede ser un hombre o puede ser una mujer quien se presente como la versión Trump 2.0 actualizada y más eficaz.

Alguien podría suponer que Trump 2.0 sea un hombre blanco, pero si esta persona tiene la inteligencia, podría ser una mujer, alguien de piel oscura, un homosexual y aún alguien que no sea cristiano. La razón: demografía.

Es cierto, aquellos a quienes la Oficina del Censo identifica como “blancos” siguen siendo mayoría. Pero la inmigración, décadas de integración escolar, las parejas “inter-raciales” y homosexuales están erosionando los muros de prejuicios. Un Trump 2.2 hábil podrá explotar cualquier rasgo de minoría que tenga. Después de todo, Adolf Hitler no fue, exactamente, un modelo de ario rubio, blanco y de ojos azules, y Juan Perón fue un oficial entre militares pro-fascistas cuando se disfrazó como adalid de los trabajadores argentinos.

Oportunismo 

La primera lección importante que puede aprenderse de Donald J. Trump es que la ideología y la afiliación política son irrelevantes. Es muy posible que Trump 2.0 se cuente entre los 90 millones de ciudadanos con derecho a voto que no votaron en la elección de 2016. Éstas son personas que no se molestaron en votar porque no vieron mucha diferencia entre que les mintiera Trump o Hillary Clinton. Son personas sin la lealtad a un partido que les hubiera llevado a votar al menos por disciplina.

Otra lección importante, una que no proviene de Trump sino de los votantes, es que la democracia quizá no sea tan fuerte en Estados Unidos. Una porción sustancial de los votantes mostró ser tan vulnerable como los europeos o los latinoamericanos a la retórica nacionalista, la xenofobia y la truculencia de un demagogo.

Trump 2.0 podrá prometer cualquier cosa y contradecirse a cada paso porque, tal como Donald Trump, sacará provecho proclamando que no es un político. Dado que “político” se ha convertido en equivalente de mentiroso, Trump 2.0 podrá mentir más que cualquier político y saldrá ganando. Podrá abusar e insultar, adular o seducir a cualquiera de cualquier forma que sea necesario en cada momento para avanzar en su carrera.

Hasta ahora, no hay mucha diferencia con Donald J. Trump.

La gran diferencia, sin embargo, es que Trump 2.0 tiene un plan definido, ansía más el poder que la adulación, anhela más un sitio en la historia que la efímera aprobación pública. Y, mientras que Donald J. Trump es simplemente malicioso, Trump 2.0 es peligroso.

Demolición 

Trump no es la causa del colapso del sistema, sólo está dando el empujón.

Una variedad de encuestas y estudios de tendencias sociales ha mostrado en décadas recientes una pérdida de confianza de los estadounidenses en sus instituciones, incluidos los tres poderes del Estado, las iglesias, los medios de comunicación, los partidos políticos y los sindicatos. Donald J. Trump ha contribuido haciendo de la verdad un asunto negociable.

Pero Trump, que es miope y carece de curiosidad intelectual, está cometiendo un suicidio político. Como Neill Irwin señaló en The New York Times, “Trump ofrece populismo sin los caramelitos gratis”. Todo caudillo exitoso ha dado a las masas gratificación instantánea: empleos y orgullo a los alemanes bajo el régimen nazi; vivienda, asistencia médica y educación subsidiadas con el peronismo en Argentina; vivienda, asistencia médica y educación gratuita e igualitaria con el castrismo en Cuba.

Trump ha dado nada a sus seguidores más fieles, y ofrece menos a los indecisos. Trump 2.0 tiene bien claro que el darle más caramelitos fáciles a los ricos no produce más votos cuando llegan las elecciones.

Donald Trump, al parecer, también se ha olvidado de lo más elemental en estrategia, si es que alguna vez lo aprendió: uno no gana multiplicando los adversarios y unificando a los enemigos, sino seduciendo a los unos y dividiendo a los otros.

Alguien como Trump 2.0, con un instinto político más desarrollado, actuaría para ampliar su apoyo popular en lugar de encogerlo. Trump 2.0 sabe que los votantes que adoptaron con orgullo la etiqueta de “deplorables” que les espetó Hillary Clinton –algo así como los “descamisados” del peronismo- le seguirán haga lo que él haga, y que lo que necesita es atraer más gente a sus filas.

Trump 2.0 probablemente ha estudiado a Hitler, Mussolini, Francisco Franco y Augusto Pinochet: ellos no fueron meros instrumentos de los ricos, sino que usaron y abusaron de los ricos para promover sus propias carreras. Esto es algo que está más allá de la perspicacia de Donald.

Populismo, pero de veras

Los izquierdistas, liberales, ambientalistas, gremialistas, pacifistas, feministas, militantes hispanos y negros, cristianos de la teología de la liberación, y casi todos los demás que se horrorizaron por la elección de Donald Trump en noviembre de 2016, han compartido en una u otra medida sus pesadillas de futuro aciago, dictadura y guerra.

Y bien podría ocurrir, pero no será Donald Trump quien lo cause. Un ataque terrorista mayor en Estados Unidos haría que la población clame por seguridad lo cual, en la vida real, se traduce en mayor represión policial. Un bajón económico haría que la gente reclame más intervención gubernamental. Un conflicto armado en el exterior arrearía a la población tras las banderas del patriotismo.

En lugar de esperar algo que cambie el rumbo, Trump 2.0 tendría la visión y la inteligencia para cambiarlo.

¿Cuáles son las preocupaciones principales de los estadounidenses? Tal como la política exterior no es lo que más ocupa la atención de los chilenos, los rumanos o los australianos, los estadounidenses atienden lo que toca sus vidas cotidianas, sus familias, sus finanzas.

Por ejemplo, el cuidado de la salud. El gobierno de Barack Obama creó un plan odiado por los conservadores que ha traído algunos beneficios y problemas nuevos. Trump ha prometido que derogaría esa reforma conocida como “Obamacare” y la reemplazaría con un sistema nuevo, maravilloso, con el cual todos tendrán asistencia médica excelente y pagarán menos por ella.

Hasta ahora, nada. Trump no tiene un plan, y los republicanos que, supuestamente, son su partido en el Congreso, no son capaces de ideas más allá de recortar los servicios de salud para los pobre sy los ancianos.

Trump 2.0 lidiaría con el problema real, que está maduro para la táctica vieja y bien probada de culpar a un grupo pequeño por los grandes males.

El cuidado de la salud en EEUU es un negocio, como si la gente pudiera elegir enfermarse o no, como deciden si comprarán una aspiradora nueva o no. Las compañías de seguro privadas controlan el negocio enfocado en obtener ganancias crecientes para sus accionistas. En lugar de buenos resultados en el cuidado de la salud, a los pacientes se les recetan más y más medicamentos. Los factores principales en el alto costo del cuidado de la salud en EEUU son los hospitales gigantes operados por lucro, las compañías de seguro que obtienen lucro, y la industria farmacéutica que también opera por lucro.

El gobierno de Obama no tuvo la determinación para establecer un sistema de salud pública como opción al negocio privado. El gobierno de Trump y el Partido Republicano carecen de soluciones viables. Y esta falta de resolución va empujando más y más gente hacia la noción de un sistema nacional de salud pública. Trump 2.0 no esperaría que esto ocurra por sí mismo. Él tomaría la iniciativa.

Trump 2.0, un populista de veras, primero denunciaría a las “sanguijuelas del seguro” con sus lujosas oficinas corporativas, y a los “farmavampiros” que mercadean medicamentos. Luego, convocaría a los ejecutivos del negocio de la salud en la Casa Blanca y les daría treinta días para que recorten sus ganancias, bajen los costos de hospitales y medicamentos, eviten exámenes costosos e innecesarios, y regulen las tarifas de los médicos. Y si no cumplen, Trump 2.0 desataría un festival de insultos en la televisión por cable.

¿El deterioro de los salarios reales? Trump 2.0 propondría un incremento del 100 por ciento en los sueldos mínimos a 15 dólares por hora en todo el país. Y dejaría a los políticos la opción de sumarse a su campaña o de encarar a sus votantes. La gente que trabaja por el sueldo mínimo no es una porción sustancial de la fuerza laboral en este país, pero un aumento de sus sueldos les llevaría a votar por Trump 2.0.

¿La inmigración? La mayoría de los estadounidenses quiere una reforma integral del sistema de inmigración, pero no apoya las bravuconadas de Donald J. Trump sobre redadas masivas y la deportación de 11 millones de personas. Trump 2.0, siempre con la mira en ganar más poder, reconocería que esta gente ya está aquí, son parte de la economía, y no desparecerán. Trump 2.0 ofrecería una amnistía a todos los inmigrantes indocumentados que no hayan cometido crímenes, con un trámite expedito para la ciudadanía a quienes hayan estado en el país más de cinco años. Y los inmigrantes correrán al bando de Trump 2.0 por generaciones.

¿Empleos? La respuesta obvia ya se ha demostrado: infraestructura. Trump 2.0 no se limitaría a hablar, como lo ha hecho Donald J. Trump, acerca de un programa billonario de reparación, construcción o mejoría de aeropuertos, escuelas, autopistas, puertos y las redes de electricidad y comunicaciones. Trump 2.0 convocaría a los dirigentes sindicales a la Casa blanca y les instruiría para que movilicen a sus miembros como agitadores en todo el país demandando obras públicas. Y luego distribuiría los contratos de gestión a los dirigentes sindicales.

¿Ambiente y energía? Tal como su predecesor, a Trump 2.0 probablemente el asunto no le importa ni en uno ni en otro sentido, pero sí puede ver que las fuentes de energía alternativas producen empleos, y que el cuidado del ambiente es una preocupación seria para los votantes más jóvenes. Por otra parte la recuperación de empleos en la industria del carbón –si es que fuese posible- cosecha menos votos que una política que complazca a los sentimentales que defienden los bosques y la fauna. Hay más empleos –y votos- en Silicon Valley que en las regiones del carbón.

¿La deuda estudiantil, la vivienda? Desde la Gran Recesión los bancos han acumulado capitales enormes. Trump 2.0 propondría al Congreso una ley que corte la deuda de los estudiantes y facilite el crédito para la compra de vivienda. Luego llamaría a los bancos “vacas gordas” y a los banqueros “plutócratas crueles,” y los exprimiría. Y si los banqueros quieren batalla, Trump 2.0 incitaría a las masas, y los militantes de Occupy Wall Street marcharán en primera fila.

Algunas de estas políticas de gratificación instantánea podrían tener impacto negativo sobre la economía de EEUU, pero para eso es que sirven las guerras. Si después de ganar apoyo ciudadano con un populismo auténtico, Trump 2.0 ve que la opinión pública flaquea, no dudaría en encontrar una guerra que unifique a la nación y consolide su poder. Para eso es, también, que sirven las tretas sucias, una lección que se le ha escapado a Donald J. Trump: no te metas con los servicios de inteligencia. Están ahí para usarlos. Un ataque terrorista en el momento oportuno silenciaría a todos los críticos.

¿Acaso los medios de prensa serían un obstáculo para Trump 2.0? No. La mayoría de los estadounidenses ya poco confía en “los grandes medios”, despreciados rabiosamente por la derecha y mal vistos profundamente por la izquierda. Quizá unos poquitos “ataques espontáneos” de patriotas iracundos contra algunos periodistas locales, y accidentes misteriosos o aún la desaparición de un par de grandes figurones de los medios, comunicarían el mensaje: la libertad de prensa es passé. ¿Cuántos estadounidenses saldrían a la calle a defender los medios de prensa?

Los intelectuales y comentaristas conservadores, como Mark Levin, a menudo elaboran sobre la diferencia entre democracia y república, y enfatizan que su nación es la única república verdadera. La amenaza tanto para la democracia como para la república en EEUU no es Donald J. Trump. Es esa persona, todavía desconocida, que va aprendiendo de las carencias de Trump, y los millones de votantes ansiosos por llevarla al poder.

 

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