12 de octubre o la ruta del Indio

Por El Lector Americano 

Túnez, 11 de octubre, 2022.- Hace unos días leyendo las noticias, me enteré que falleció Sacheen Littlefeather, la activista indígena que en 1973 rechazó el premio Oscar que la Academia de Hollywood le dio a Marlon Brando por su papel de Vito Corleone en «El Padrino».

Desde ese escenario, ella denunció el estado de situación en que se encontraban los pueblos originarios de Estados Unidos. Obvio, esto les cayó re mal a la gente “bien” que habitan Hollywood. Y claro, está noticia me llevó a mi pasado biográfico y nacional, pero también a vertebrar la realidad de los pueblos originarios los últimos 150 años.

Bandera de la Nación Mapuche. Foto cortesía.

También de cómo muchos latinoamericanos de mi generación, y los chilenos en especial, que de niños conocimos primero a los Siouxs o los Apaches antes que a los Mapuches. Digo, en la TV y el cine, pues cuando me miro al espejo el gran Toqui Lautaro, cómo que siempre me observa en mi reflejo. De cómo la escuela pública del pinochetismo, de los indios solo se hablaba de forma despectiva. Que eran borrachos, flojos, y las mujeres muy buenas mucamas.

Pero en la tele, en la televisión, donde pasaban películas del Wild West, esas de John Wayne, con caravanas de colonos, llenas de mujeres, niños y ambición, que avanzaban siempre en territorio hostil, custodiadas por los hombres del rifle, y Gary Cooper con pistolas humeantes, gustaban por ser aventureras. Porque allí los indios salvajes acechaban, y sus gritos daban miedo de noche. Nosotros, niños, nos identificábamos con los Wayne y Cooper de la vida, o de última con el niño colono llegado de Alemania, Irlanda o Suecia.

Foto cortesía.

La colonización era visible, como ese mandato de cristianizar el enigma del mundo malo de los indios, con respecto al mundo bueno del hombre blanco. Aunque por otro lado los indios también tenían ese “algo” fascinante que incluso daba para los juguetes coleccionables de indios americanos, que pese a nuestra fascinación, había que matarlos igual.

Los indios reducían cabezas, arrancaban cueros cabelludos y hacían sacrificios humanos a sus dioses. Los blancos también, aunque siempre lo negaron, o si no, pregúntenle a Giordano Bruno como le fue. Y claro, también se decía que no hubo colonización sino conquista. O un encuentro de culturas, de blancos, un poco marrones o a veces coloraditos, que ofrecían todos los domingos en sacrificio a su único Dios para que millones de seres humanos se salvaran, como un acto inconsciente o amoral, que es lo que resultó ser el cristianismo hasta ayer. Y de esa forma el hombre blanco siempre habló de otra cosa: una nación, una cultura, la civilización, la razón, la ciencia, la religión, la tierra, el oro, y la guagua en coche.

En este punto hago una cámara lenta, y me voy a mi adolescencia, y recuerdo que en el ámbito político y delirante en el que yo me movía, no se hacían fiestas de quince, ni tampoco de veintiún años, pero había un sueño —para los que podían, porque yo me demoré 15 años en realizarlo—: que era viajar al Machu Picchu. Era un deseo y un sueño del rescate de valores de emergencia ante tanta “huevada”, que recreaba “Sábados Gigantes” con Don Francisco todos los sábados de mi niñez, toda vez que la política —en dictadura— se hacía en la clandestinidad.

En este contexto, yo adolescente en un país raro y cruel, en un país quebrado en lo económico, con gente cagándose de hambre, que a contracorriente igual se hacía mucha resistencia entre los deseos individuales y los colectivos. Me refiero a una generación que tomó para sí algunos valores posibles, los chiquitos, los cotidianos, y los convertíamos en un estilo de vida. En una identidad para desaprender el clasismo y el racismo imperante. Mi generación convirtió en militancia ese ideario aplicado a la vida en común, fundiendo política con cultura de vida.

Y esa juventud aprendió a amar, a veces a las patadas, y reedificar un nuevo valor a la resistencia mapuche después de la ola invasora de la espada y la cruz. (…) allí, en ese contexto, las chicas de quince que yo conocí, lo que menos querían era una fiesta de quince. No estaba bien visto lo suntuoso ni menos quedar como un auténtico bobo. En un país deprimido, el éxito estaba relegado para algunos que les iba bien, junto a los fascistas y todos los esbirros hijos de puta de la dictadura. Jóvenes que no iban a una discoteca ni loco. Y ser ignorante, no leer nada de nada, era re mal visto.

Pero eso cambió, ya lo sé. Como también amar a los antihéroes y a los perdedores dignos de imitar. Nos identificamos con ellos: Charles Chaplin, El Chapulín Colorado, el Che Guevara, y mucho y siempre Víctor Jara. Nos vestíamos como ellos, nos peinábamos como ellos, e incluso hasta nos camuflábamos como ellos. ¡No saben lo bien que me veía con mis leotardos rojos y mis antenitas de vinil, oye! … un éxito total cuando salía con la Abeja Maya a probar bocado por allí.

Pero ¿saben qué? Los grandes perdedores de nuestra historia no eran los que nombre más arriba, sino los “Nadie” de la historia de Chile, esos que groseramente, y de un plumazo, les llamaban “indios de mierda”. Suena fuerte, pero así fue, o aún lo es. Porque con toda esa inclinación juvenil por lo indígena, allá lejos en los ‘80 no se logró —por ser más reacción que iniciativa— romper los prejuicios que estaban inscriptos hasta en la lengua de los que nos rodeaban. Incluso en las mismas familias de cada uno de nosotros se reían de ellos, y lo loco era ninguno de mis amigos era nórdico. Digo, ni teñidos de rubio no les alcanzaba… y desde que vivo en Túnez, seguro éramos todos andaluces cruzados con una bella mujer mapuche del Magreb esquina Temuco. O algo así.

¿Y la palabra indio? Un error de la carta náutica de los que salieron de Puerto de Palos, porque Colón y los hermanos Pinzones (que eran unos…), se perdieron y llegaron acá, o allá, o aquí… bueno, ya ustedes saben. Después el conquistador milico que vino, sí o sí, directamente simplificó a todos los pueblos del continente como uno e iguales. Los definió como hombres (también mujeres, ancianos y niños) sin alma, marginados, borrachos, pobre entre los pobres, infelices. Los simplificaron y ningunearon tanto, y con tanta insistencia, que prácticamente los descendientes les creímos todo.

A los mayas, a los aymaras, a los toltecas, a los Incas, los cortaban a todos por igual, porque la sociedad dominante quería simplificar las cosas, y todos corrieron la suerte por ser indios de mierda o indígenas que, como se sabe, deviene de la palabra “indigente”, porque —paradójicamente— ellos, los conquistadores, ya sabían en carne propia eso de la dominación, la violación, el escarnio, y la esclavitud. Recuerden: hasta el siglo X, XIV, más o menos, los esclavos eran blancos.

Vasco de Gama todavía no orillaba las costas africanas. El tema es que tanto se ha justificado la infundía del mundo pre hispano, que hasta ha habido teólogos capaces de hablar, con una liviandad tremenda, de la creencia de que esta es la india de América, de que hay una concepción india de la vida, o que hay una cosmovisión india, y por supuesto una mitología india. Y algunos difusores de este tipo de creencia, lo hacen de gratis cuando se arrodillan ante ese Dios que conquistó y mató a un 60 % de la población de los pueblos originarios prehispánicos.

Pues bien, de eso y más, pero en inglés, habló Sacheen Littlefeather, la mujer Apache que Marlon Brandon le dio su lugar para denunciar la doble moral del mundo en 1973. De que la historia se debe reformular con respecto a la relación de los Estados y sus pueblos originarios, y ser considerados estrictamente como lo que son: naciones y culturas preexistentes a las otras que se superpusieron los conquistadores.

Foto cortesía.

Los pueblos originarios demandan hablar de mineras, de petroleras, de madereras, de producción a gran escala y medio ambiente, de tierras y sobretodo del agua. Que se les considere ciudadanos con derechos plenos e identidades colectivas aptas para un debate político que tomen en cuenta sus demandas. Desde los villorios más pobres de la selva del Amazonas que cruza tres países, hasta Arauco, pasando por la TV boba y el cine Hollywoodiense, que dejen de estigmatizar hasta la vergüenza y, ya que estamos hagan un “Me Too” de los pueblos originarios, o un recorte de cabello de ellos mismos, como lo hacen ahora por las mujeres iraníes.

Los pueblos originarios invitan a revisar el estado de situación para tomar un camino distinto a la violencia. Una propuesta para encaminar la fraternidad. Pero también —a veces de forma elíptica— una acto de compasión de los Estados nacionales, pero no la compasión lastimosa sino la del núcleo, que no nace en el que sufre, sino en el que ve sufrir y se conduele. Eso es la compasión, creo, de ese ausente buen cristiano que también vino junto al conquistador.

Que esa dominación que ya conocemos, es un impulso primitivo, de pura supervivencia y pulsión, y que los conquistadores la deslizó hasta el vicio, la codicia, la gula y la perversión.

Que tanta verborrea de todo lo horrible que nos está pasando en el mundo de hoy (pandemia, guerras de Siria, palestinos, israelíes, rusos y ucranianos…) se origina en la voluntad de dominación de un país que se niega a aceptar que ya no es posible mantener su hegemonía sin borrar al otro del mapa. Que este mundo cambió y que ya no se puede obtener lo que se quiera de quién sea, sin que ya no nos enteremos. Y —en nuestro caso— saber que la sangre que fluye en nuestras venas es la sabia inherente de nuestro continente dual y mestizo.

 

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