La monarquía española no admite críticas

El pasado 25 de julio, la revista humorística española “Jueves” fue censurada por un juez de la Audiencia Nacional y retirada de la venta por incluir en su portada una caricatura de los Príncipes de Asturias que el juez consideró “injuriosa”. Desde entonces se han sucedido una serie de episodios en que varios grupos de personas, en su mayoría nacionalistas, han expresado de varias formas su rechazo a la monarquía.

Parece paradójico, a más de dos siglos de existencia de la democracia como sistema político, que aún se pueda escuchar a un presidente democráticamente electo defendiendo a la monarquía como institución, y más que paradójico si ese mandatario se dice “socialista”.  Pero el presidente Zapatero, efectivamente dijo en su intervención ante la dirección del PSOE que los actos de rechazo a la monarquía son: “actitudes de jóvenes radicales, que son minoritarias” y agregó que “actuaciones de este tipo se dan en otros países del mundo y que los autores son minoría, pese a que las ofensas se amplifiquen con su difusión mediática.” Seguramente el presidente español nunca ha tenido noticia de las manifestaciones contra el presidente Bush, que se han dado a lo largo y ancho del planeta, y en ningún caso son minoritarias.

El rey Juan Carlos de Borbón, por su parte, defendió la institución que hace treinta años lo mantiene, valga la redundancia “a cuerpo de rey”. En un discurso pronunciado en la universidad de Oviedo a fines de setiembre,  el monarca dijo: "La monarquía parlamentaria que sustenta nuestra Constitución" ha determinado "el más largo período de estabilidad y prosperidad en democracia vividos por España". Evidentemente, el monarca instalado en el trono por la dictadura franquista también padece de débil memoria. Lo más seguro es que no recuerde que antes que él España tuvo al menos 17 monarcas desde su existencia como reino unificado a partir de la invasión de Al-Andalus a fines del siglo XV, y no todo ese tiempo fue de estabilidad política y mucho menos de prosperidad. Lo que además escapa al razonamiento del rey es que el período al que él se refiere como de “estabilidad y prosperidad” coincide también con la primera vez en la historia española en que el estado de derecho democrático se mantuvo más de seis años seguidos. Obviamente, su perspectiva de monarca le impide pensar que quizás haya sido el sistema de libertades democráticas el que favoreció ese período y no su “presencia soberana”.

Pero, más allá de las declaraciones, las quemas de fotos, los ahorcamientos de  muñecos y otras protestas antimonárquicas que representan más o menos el sentir de un pueblo, cabe analizar  la posición de la figura real en la sociedad española del siglo XXI.

El primer argumento de los defensores de la monarquía es que el rey no tiene ningún poder efectivo, que es una institución meramente figurativa sin ninguna incidencia en la política del país. Ahora bien, en los presupuestos de 2008, se prevé una remuneración para el Presidente del Gobierno de 91.982 euros, mientras el rey recibirá 8,66 millones en el mismo período. Resulta como mínimo sospechoso que la misma institución (el estado español) pague a su empleado más importante 94 veces menos que a uno que no hace nada, y al que además le mantiene sus varias y suntuosas propiedades.

En cuanto a las funciones del rey, que sus defensores insisten en minimizar, incluyen según la constitución, “el mando supremo de las Fuerzas Armadas”, así como “declarar la guerra y hacer la paz”, esto leído por cualquier hispano parlante de cualquiera de las 27 academias de la lengua hoy vigentes, significa que es el máximo responsable de la intervención de España en cualquier conflicto bélico, guerras de Irán y Afganistán incluidas.  Si a esto es a lo que se intenta llamar atribuciones mínimas y sin importancia, asusta pensar en cuales serán las atribuciones importantes y en manos de quien puedan estar, sin hablar de lo que debe ganar esa persona.

La posición del rey Juan Carlos es totalmente entendible, su tiempo se acaba, el mundo contemporáneo no deja ya lugar a la transmisión del poder por herencia. Tampoco pertenece a estos tiempos el artículo 57 de la constitución donde se expresa el carácter fuertemente discriminatorio de ese sistema hereditario: “La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores;…; el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos”. La monarquía, como toda especie en peligro de extinción, se queja, utiliza los recursos a su alcance para intentar desautorizar a sus detractores, mientras se mantiene de espaldas al reloj de la historia, que no detiene su avance implacable.

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