Che, los matices

Diez años atrás, por azares del periodismo, fui a Cuba a cubrir un congreso del Partido Comunista y la repatriación y mausoleización de los restos del Ché y una docena de los guerrilleros muertos con él en Bolivia. Es decir que han transcurrido cuatro décadas desde la tarde en que llegué llorando a la casa de mi novia en Las Piedras porque allá, en la quebrada de Ñancahuazu, habían matado al hombre nuevo.

Las imágenes del cristo de sinmirar ya para siempre sereno sobre una camilla ensangrentada, y la foto de Alberto Korda que se convertiría en el ícono más divulgado del siglo veinte, llegaron justito para darle un rostro a la revuelta juvenil y global de 1968. Desde entonces, el Che vive porque vivió y murió en la lucha que eligió. Quienes le sobrevivimos hemos tenido tiempo para desarrollar una imagen más compleja que la foto en blanco y negro.

El Chesímbolo se ha perpetuado porque el Chehombre fracasó y murió joven sumándose al panteón latinoamericano de héroes derrotados: Túpac Amaru, Artigas, San Martín, Sucre, Bolívar, Zapata, Camilo Torres, Sandino. Si Guevara no hubiese muerto el Chemito no sería, y tendríamos en cambio a uno de los tantos burócratas de la dictadura más prolongada de América Latina.

Cuando los historiadores reescriban la Revolución Cubana no encontrarán sentencias de muerte firmadas por Fidel Castro: fue al argentino que se le asignó la misión de fiscal y él firmó en La Cabaña las órdenes de fusilamiento durante el espasmo de violencia sin leyes que sigue a toda revolución. Fácil la explicación de entonces: justicia revolucionaria para los torturadores, los represores, los parásitos de la tiranía batistiana. Meses, años después, la violencia correría a revolucionarios de primera hora, a socialistas, anarquistas, socialcristianos, profesionales independientes.

El Che cumplió su papel porque se avino a su característica más sobresaliente: la intransigencia.

Una intransigencia que empezaba por sí mismo, por su austeridad y su empujarse más allá de los límites normales. El intransigente que vio todo en blanco y negro: el odio irreconciliable al imperialismo por un lado, el amor abnegado a la humanidad por el otro. Sin matices.

Su efigie se ha usado y se usa en miríada de expresiones políticas y culturales: la llevan en sus camisetas los inmigrantes indocumentados que piden legalización en Estados Unidos, se vende en boinas made in China que usan las chicas en las fiestas,  desfila en manifestaciones contra la guerra de Irak, está colgada en los dormitorios universitarios donde la revolución se hace con marihuana y cerveza.

De su mito se ha abusado y se abusa para causas insólitas, desde el autoritarismo chavista hasta el discurso de Fidel en 1997 cuando al Chesanto de los incentivos morales se le rendía tributo multitudinario mientras el régimen cubano experimentaba con incentivos materiales, y en el Malecón centenares de cubanas alquilaban su sexo a los empresarios y turistas extranjeros.

Pegada en el marco de la pantalla de computadora frente a la cual, en Washington, me han traído los azares del periodismo, está una pequeña foto del Che. No, no la famosa. Otra más modesta y sonriente, que adquirí en La Habana con un libro de sus artículos periodísticos. Y junto a ella un trozo del poema que me causó su muerte: “…queda fija tu muerta, terrible, interrogante mirada, y tu elemental coherencia contigo mismo”.

Los que vivimos aprendimos que el hombre y la mujer nuevos, al igual que el hombre y la mujer viejos, tienen sus matices.

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