No hacen la reforma porque no quieren

Orlando (EEUU).- Los demócratas, que mantienen el control del Congreso desde enero pasado, no llevan a cabo la tan ansiada reforma de inmigración estadounidense porque sencillamente no quieren.

Antes de los comicios de noviembre de 2006, los líderes de la minoría demócrata de las dos cámaras del Congreso se desgañitaban prometiendo una reforma de inmigración "amplia y justa", que legalice a los más de 12 millones de extranjeros indocumentados que se calcula viven en Estados Unidos,  tan pronto recuperaran la mayoría que estaba en poder de los republicanos desde hacía 12 años.

Obtuvieron la mayoría tanto en la Cámara Baja (233 demócratas y 202 republicanos), como en el Senado (51 demócratas y 49 republicanos), y sencillamente no cumplieron  lo ofrecido.

En varias oportunidades escuché en los pasillos del Capitolio al demócrata Luis Gutiérrez, de la Cámara de Representantes, decir a los medios de comunicación que "el problema es que los republicanos no quieren una reforma de inmigración a pesar de que tienen la mayoría". "Pero esto cambiará tan pronto tomemos el control", aseguró.

Gutiérrez, uno de los representantes de su partido por Illinois, y  quien lucha incansablemente por una nueva ley que sustituya al  deficiente y caduco sistema de inmigración actual, se dejó llevar en el 2006, y en años anteriores, por el entusiasmo de creer que al recuperar la mayoría todo iba a ser de maravilla.

El, los líderes de su partido y muchos de sus correligionarios  en el Congreso, no contaban con la variedad de obstáculos de orden político que marcan el quehacer legislativo en Washington, "el centro político del mundo".

Dudo que no hayan intuido previamente las maniobras y juegos políticos que, en el Congreso y otros centros neurálgicos de poder,  se plantean  para entorpecer la casi totalidad de las buenas intenciones de los demócratas y de otros grupos que buscan beneficios para la colectividad.

En algunos círculos políticos y populares de América Latina, y de otras latitudes, se ha comentado en muchas ocasiones, que la diferencia entre los demócratas y los republicanos es igual a la que existe entre la "coca cola" y la "pepsi-cola", y de allí que ni los unos, ni los otros quieran concretar una reforma de inmigración que saque de las sombras a los millones de foráneos sin "papeles", y  solucione de una vez por todas la situación de estas personas, cuya casi totalidad  trabaja honradamente, cumple sus obligaciones tributarias y aporta su cultura a la sociedad estadounidense.

El presidente George W. Bush, ha dicho que tiene interés en una reforma amplia, pero hasta hoy  no ha puesto en práctica su poder político ante los republicanos que se oponen tajantemente a lo que llaman "más concesiones" a los extranjeros, y que  en medio de su terquedad consideran una amnistía la eventual legalización de los indocumentados .

En el Congreso, la mayoría de demócratas y republicanos abogan por una nueva ley de inmigración pero a su manera. Una ley con soluciones a medias.

A estas alturas de 2007, ha quedado claro que los demócratas no harán la reforma que prometieron a bombo y platillo. Más que tener la mayoría para aprobarla, lo que necesitan es una voluntad firme para desafiar los intereses políticos y a los poderosos grupos conservadores anti-inmigrantes que cada día cobran más terreno en EEUU.

¿Dónde está la buena voluntad expresada en 2006 por los líderes demócratas, el senador Harry Reid, y  la representante Nancy Pelosi, para impulsar contra viento y marea una reforma de inmigración justa?. Ahora es cuando pueden hacerlo.  !No que harían la reforma tan pronto los demócratas recuperaran la mayoría en el Congreso!.

Su falta de acción ha dado paso a decenas de medidas anti-inmigrantes en varias ciudades de los 50 estados de EEUU.

Esta falta de decisión a favor de una reforma de inmigración, también incide en el aumento de las redadas de inmigrantes indocumentados, las cuales tienen  un tremendo impacto en la unidad familiar, y  que se llevan a cabo  bajo el pretexto de buscar a delincuentes extranjeros que no han cumplido las órdenes de deportación final en su contra.

Reid, Pelosi y otros líderes demócratas quieren una reforma que legalice a los indocumentados al tiempo que fortalezca la seguridad nacional,  pero no ponen en práctica sus deseos.  No lo hacen a pesar de que ahora tienen la sarten por el mango, y de que  fue uno de sus principales puntos de su campaña electoral  en 2006.

Ni la mayoría demócrata, ni la minoría republicana prestan  atención a la necesaria reforma, y hacen caso omiso al clamor de los miles de inmigrante que exigen  el cese de las  redadas y deportaciones de extranjeros indocumentados.

En este marco de desinterés, han caído en oídos sordos las peticiones de una moratoria a las deportaciones formuladas ante el presidente Bush y el Congreso por las coaliciones de organizaciones pro-inmigrantes, que mantienen su lucha por una reforma que haga justicia a los millones de extranjeros que, a pesar de lo que digan los "minute-man" y otros grupos de esta misma tendencia, ayudan cotidianamente al desarrollo y  a la consolidación económica de este país.

El propio presidente Bush ha reconocido que Estados Unidos necesita un programa de trabajadores extranjeros temporales y la legalización de una buena parte de los millones de inmigrantes sin "papeles", pero de allí no pasa. No invierte su capital  político en este tema, y menos lo hará ahora que le queda poco tiempo en el poder.

Así que, el balón o pelota está en manos de los demócratas, si es que sinceramente quieren una reforma de inmigración, aunque los tiempos actuales sean de juego político con vistas a los comicios presidenciales de noviembre de 2008. Si se quiere, se puede.

 

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