Libre Comercio: ¿libre de qué? – Parte 1

Parte 1 de 5: Definiciones

 Suena bonito lo del libre comercio.  Suena a libertad, obviamente, y a intercambio voluntario y mutualmente beneficioso.  ¿Queremos todos progresar? Hagámoslo comerciando libremente, por qué no. 

Sin embargo, esas dos palabritas, tan potentes, no describen muy bien el tema que comprenden.  Esconden realidades. 

Casi todos los países que impulsan el libre comercio como artículo de fe, liderados ahora por EU, no lo hicieron hasta que, con la ayuda de barreras proteccionistas, lograron desarrollar industrias de punta que producían un excedente, el cual había que colocar en nuevos mercados.  Para ingresar en esos nuevos mercados fue diseñado el libre comercio.  

La propuesta no es nueva. Antes, se lograba el mismo propósito emplazando acorazados ante la costa del próximo socio comercial, incluso declarándole a éste la guerra. Hoy se disemina en la forma de acuerdos, o tratados, de libre comercio (TLC, o Free Trade Agreements, FTA).  Siempre, se maneja con el acento en la libertad. 
 
Pero cabe también contemplar cuán libres han sido los trabajadores que producen los bienes de exportación.  ¿Eran libres los esclavos africanos que cosechaban el algodón o la caña de azúcar? ¿Eran libres los niños que trabajaban casi dos jornadas dentro de un mismo día en las fábricas de la Revolución Industrial? ¿Son libres los macheteros que aún hoy día en países latinoamericanos cortan caña en condiciones infrahumanas? ¿Libres, de qué?
 
Tal parece que la libertad le corresponde más bien a los dueños de las exportaciones, que son los más comprometidos con el tema.  Cuando los sectores exportadores inciden lo suficiente en una economía nacional, el estado correspondiente abandera la consigna. Sucede también cuando los estados que abren sus mercados a producciones—o a servicios, o inversiones—muy superiores a la propia son demasiado débiles para negarse a la inundación extranjera de bienes, servicios, y capitales.
 
Y el comercio en sí no es tan libre.  No se trata de que un país quiera cambiar libremente su producción de cueros o frijoles por los radios o computadoras de otro, y que los empresarios del caso firmen los contratos correspondientes, libremente. Se trata de acuerdos altamente estructurados, que requieren cambios en las leyes y hasta constituciones de los estados más débiles.
 
Típicamente, los acuerdos Made in USA requieren un acuerdo previo o paralelo que asegura un trato igual para empresas extranjeras tanto como nacionales, con seguridades contra la intervención estatal, y facilitando la participación (de EU) en los procesos de reglamentación de los otros países.
 
Aparte viene el acuerdo principal, que especifica que las naciones comprometidas abrirán sus mercados no sólo de bienes sino de servicios profesionales, y pondrán en venta sus empresas estatales, como pueden ser compañías de seguros, telefonía, o de gestión de puertos y medios de transporte.  Además, los estados menores se comprometen a defender activamente las patentes y propiedades intelectuales de los países más desarrollados, incluso de medicamentos contra el SIDA y otras enfermedades, patentes que exceden por mucho la pobre producción de los menos desarrollados. 

Se negocia un calendario de reducciones arancelarias y de tarifas para productos y en campos específicos, calculadas a rebajar éstas a cero eventualmente.  Paralelamente, es necesario ir eliminando también barreras como requisitos fitosanitarios, reglas de seguridad de transporte, o inspecciones fronterizas.
 
Teóricamente, las ventajas son aplicadas parejamente.  La realidad es que, siendo asimétricas las economías respectivas, los mayores llegan a la mesa de negociaciones  con mayores ventajas, y pueden mejor imponer sus criterios.  Por ejemplo, se acordó que los camiones mexicanos entraran a EU como los de EU a México.  Pero poco después se paró el tráfico de camiones mexicanos, aduciéndose que los mexicanos no mantenían sus camiones en condiciones seguras para conducir en las carreteras del norte.  La apertura del mercado azucarero de EU a los centroamericanos representa una mínima parte de ese mercado, y aún así protestaron las influyentes compañías de azúcar de EU, que reciben subsidios del estado que no pueden igualar los países pequeños.  

Las compañías de seguro de Costa Rica, por tomar un país de ejemplo, podrán ahora competir con tales como Prudential, Aetna, y otros gigantes con inmensas reservas; sus telefónicas tendrán todo el derecho de competir con Sprint y Verizon, si no son compradas.

También es cierto que ya existen mecanismos internacionales que intentan racionalizar el comercio internacional, como la Organización Mundial del Comercio y el Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio. 
 
En la siguiente parte, veremos la historia del libre comercio, comenzando en el Siglo XIX.

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