COMENTARIO Una de psiquiatras

Por Hamlet Hermann En estos días fue publicada la noticia de que el gobierno del doctor Leonel Fernández había creado la Oficina Nacional del Motoconcho (ONAM). Así mismo, con titulo nobiliario que le atribuye jurisdicción sobre todo el territorio dominicano para estimular el uso de la motocicleta como modo de transporte público. Confieso que al momento de la primera lectura pensé que era una publicación apócrifa hecha con la intención de perjudicar al Poder Ejecutivo. Pero no, aunque absurdo, era cierto. Dos Directores Generales, uno de la Oficina Para el Reordenamiento del Transporte (OPRET) y otro de la Secretaría de Obras Públicas y Comunicaciones (SEOPC) encabezaron la ceremonia atestiguada por los medios de comunicación.

Al absurdo le faltaba originalidad. Cuatro años atrás, el entonces Director de la Autoridad Metropolitana de Transporte (AMET), Pedro Candelier, organizó un acto en el coliseo “Teo Cruz” al que convocó a miles de motoconchistas para un encuentro con el presidente Hipólito Mejía. Eran los tiempos en que la Constitución de la República se había modificado para que el Presidente actuante pudiera repostularse. Bajo estruendosos coros que clamaban por la reelección de Hipólito, se regalaron cientos de motocicletas nuevas. El motoconchismo pasaba entonces a ser, creían ellos, una una fuente de votos reeleccionistas para el Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Pero, a final de cuentas, Hipólito perdió. Los imitadores peledeistas del reeleccionismo de Hipólito parecen no ponerle caso a las experiencias anteriores. Son tan malos copiadores que ni siquiera regalaron motocicletas a los asistentes. Su voracidad fiscal es tan grande que apenas les prometieron “instalar unidades móviles para que los motoconchistas puedan obtener sus licencias de conducir de manera más rápida.”

La absurdidad institucional de la creación de la ONAM viene dada porque el artículo 135 de la ley 241 de Tránsito de Vehículos establece para el “Uso de Motocicletas y motonetas” lo siguiente: (a)- Toda persona que conduzca una motocicleta en las vías públicas deberá conducirla solamente sentado en su asiento regular y no deberá transportar ninguna persona, ni deberá ninguna otra persona viajar en una motocicleta, a no ser en un coche lateral, o asiento trasero adicional complementado por agarraderas y estribos.” Pero la politiquería no admite razonamientos. Este absurdo no es nuevo ni original, además de inútil, y sus promotores debían admitirlo.

¿Es el afán reeleccionista tan intenso que ignora cuántas víctimas mortales, cuántos discapacitados y cuántos heridos provocan los motociclistas en este país? ¿Tienen estos funcionarios que tratan de reelegirse a sí mismos idea de que la Secretaría de Salud Pública gasta, como promedio, 25 mil pesos por cada ingresado en los hospitales públicos por accidentes de tránsito? El motoconcho se ha convertido en un modo de transporte gracias al abandono gubernamental. El sector transporte del gobierno no pega una porque actúa cual péndulo que va desde el desatino de un tren subterráneo enormemente caro hasta la aberración del motoconchismo, despilfarrador de combustible como el que más.

Transportar un pasajero en una motocicleta es varias veces más costoso que trasladarlo en un Jaguar o un Mercedes Benz último modelo, no digamos ya cuánto más caro que usar un autobús. El inefable motoconcho es el medio de transporte menos eficiente que conoce la sociedad humana gracias a que se desperdician, relativa y absolutamente, enormes cantidades de combustible en sus desplazamientos. Sin embargo, uno de los argumentos para justificar la aberración de la llamada ONAM, como dijo uno de los allí presentes fue que “el motoconcho paga al gobierno (sic) 150 millones de pesos diarios por la compra de combustible ya que usan más de dos millones de galones de gasolina diariamente”. Pasan por alto estos desatinados funcionarios que esa es la principal razón por la que no se debe estimular el despilfarro del motoconcho en momentos en que el precio del petróleo parece no tener límite.

Tres años atrás, el PLD ganó las elecciones con una propaganda que se basaba en las diferencias con los desatinos de Hipólito Mejía. Hoy, son más las coincidencias con Hipólito que las disidencias. Pero allá cada uno con su afán. La reelección es la droga que parece mover a quienes les toca administrar el Estado y parece que esa narcotización es mortal por necesidad. 

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