Hablemos de la tortura

De chico, fueron las imágenes de los mártires católicos mi introducción al concepto de la tortura.  Tirados  a los leones, flechados, crucificados de cabeza, quemados.  Después vinieron las imágenes de la Inquisición y de las torturas medievales, como la Doncella de Hierro, y todos los quemados en la hoguera por razones de fe.  Me llevó tiempo recuperarme de las inquietudes que me provocaban, como si la tortura me acechara y fuese sólo cuestión de tiempo que me tocara.

En algún momento de mi juventud leí 1984, de Orwell, que no entendí del todo porque todavía no hablaba bien el inglés, pero que sí me dejó, aún en inglés, una pesadilla que no podía exorcisar: la jaula de ratas hambrientas que le iban a colocar a Winston sobre la cabeza.  ¡Que tortura tan apabullante, con ser sólo una posibilidad inmediata!  ¿Cómo no se iba a quebrar Winston, traicionando a su amante?

Con todo, logré esquivar convertirme en torturado.  Mi vida no estaba exenta de peligros, pero la tortura no era uno de ellos.

Ya mayor, viviendo en Washington, un día me asaltó la idea de que conocía demasiadas personas–una es demasía, pero habían muchas–que habían sido torturadas, todas por razones políticas.  De Guatemala, Paraguay, El Salvador, Chile, Argentina…aún recientemente, República Dominicana, Bolivia.  No era nada extraño encontrarse con alguien de la manera más cotidiana, y llegar a conocer que, también, había sido torturado.  Como abogado, me tocó un caso de tortura que había culminado con la muerte de un muchacho adolescente.

¿Es que así era el mundo? 

Estalló la guerra contra Irak, y la tortura llenó las pantallas y las revistas, hasta la pintura de Botero.  Abu Ghraib, Guantánamo, los vuelos secretos.  ("Rendition", o entrega, se me asemejaba a "rendering", el proceso de extraer las grasas de los restos descuartizados de animales.)

Incrédulo, vi que el Presidente, el Vice-Presidente, el Secretario de Defensa, el Procurador General, hasta un conocido profesor de derecho en Harvard, defendían la tortura como procedimiento no sólo normal, sino insoslayable.  Ya sabía de la Escuela de las Américas, de Dan Mitrione, de la participación de la CIA en torturas de gente indeseable para ellos, pero siempre a escondidas, mientras que se mantenía una oposición oficial a tales prácticas.  Ahora no; ahora era cuestión de patriotismo abanderar la tortura. 

O, para matizar el debate: es que ciertas cosas ya no son  tortura, por lo menos no para personas clasificadas apropiadamente.  Los Acuerdos de Ginebra están caducos; no pertenecen a la modernidad.  La tortura es algo que causa la muerte o el fallo de un órgano vital.  Pequeñeces como alfileres introducidos debajo de las uñas no son tortura.  Quemadas de cigarrilos, picanas, la famosa gota de agua en la cabeza–igual.  Es que no caben dentro de la nueva definición. 

Mucho menos las torturas sicológicas, ni las causantes de la desintegración de la personalidad, como el dejar sin dormir, la desnudez ante los perros, el frío insoportable, el ruido constante, los cuartos sin luz, sin tiempo.  Todo depende, y, vistas correctamente, son sólo técnicas de interrogación.

La semana pasada, seguía por la radio la audiencia senatorial del actual candidato a Procurador de la nación, teniendo en mente que reemplazaba al que tuvo que renunciar, aunque no por haber impartido un sello de legalidad a la tortura. –¿Es la tabla de agua tortura? ¿Esa, que convence a cualquiera de que se está ahogando? –(Silencio para pensar la respuesta.) Bueno, es que nosotros no torturamos, ni nos salimos de la ley. Claro que la ley ha cambiado, por lo menos según nuestra interpretación.  Las técnicas agresivas no son tortura, técnicamente, pero en todo caso, es difícil decir sin una experiencia personal al respecto…

Inverosímil, pero estoy seguro de que lo oí.  En el Senado se discute abiertamente que si es o no permisible la tortura.  Es probable que el candidato a Procurador sea confirmado en el puesto, cuando todo el mundo sabe que intentará darle cobertura legal a lo que es, bajo cualquier entendimiento de la palabra hasta tiempos recientes, tortura.   Seguirán los sofismos, los legalismos, las distinciones puntillosas, y serán quizás lo suficiente para convencer al pueblo de que el país anda bien, que somos un pueblo bueno, que no hemos dado un girón de vuelta a la Doncella de Hierro, el Potro, la Rueda, y tantos otros inventos.  Se trata sólo de Técnicas de Interrogación, y para uso sólo contra Los Malos.  ¿Merece menos nuestra seguridad?

Propongo una prueba simple: Si se practicaran estos métodos contra usted, su familia, sus conocidos, los soldados y funcionarios de este país, ¿sería tortura?

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