New England Revolution le pegó un cachetazo al Chicago Fire y llega a la gran final

FOXBOROUGH, Mass. Taylor Twellman clavó un pie en su campo y el otro en el de enfrente. Flexionó las rodillas y echó el torso hacia atrás, con la mirada fija en el cielo, más rojo y blanco que nunca. Cerró los puños, tensó todo el cuerpo y dejó huir, sin esfuerzo, un alarido, de frente a la doble bandeja de plateístas, invitados especiales y periodista… Enseguida lo cubrieron. Se le subieron encima dos, tres compañeros, gritaron con él… eran los 38 del primer tiempo.
La principal razón de un único triunfo. Un triunfo en casa. El de New England Revolution sobre New England Revolution. El que le sirvió, en definitiva, para ganarle al Chicago Fire con sus estrellas. Descargó allí, en la mitad misma de la cancha, bronca y felicidad, rabia y alegría. Dejó al descubierto, en un segundo de explosión, todo lo que habían hecho para llegar a eso: para oponer la franja roja a la misma altura de la ciudad de los vientos, para jugar de igual a igual y también romper el equilibrio, para acabar con los fantasmas, más propios que de nadie.
Los de afuera lo entendieron, parece. Y se sumaron a la fiesta de haberle ganado al que dejo en el camino al DC United en su propia casa, que más que eso. Por la forma en que lo hicieron, por lo que prometen hacer…
Ese gol de media chilena de Twellman (al propio estilo sudamericano) acabó con los espejismos. Con la pelota en su poder, el equipo revolucionario volvió a ser el controlador del partido. Desde el fondo, el caudillo desconocido Michael Parkhurst pegó los gritos –a veces demasiado cargoso- y la cosa se reordenó tal como había empezado. Entonces, todo fue darle cuerda a la ilusión…
¿Qué tiene este New England Ravolution para tirarse al título, al campeonato tan soñado? Tiene, primero, un plantel con nombres desconocidos, más que interesantes: Matt Reis un meta con la cualidad de simplificador, aunque más de una vez se complique la vida con cosas que van más allá del juego; tiene a Khano Smith y con mencionarlo basta; tiene a Jeff Larentowicz, un brillante distribuidor de juego; tiene a Steve Ralston, Pat Noonan y Twellman, para asustar arriba… y claro todos desconocidos…
Pero, además, tiene claro a qué juega: porque su técnico lo trasmite y porque nadie se la cree, porque han hablado de cambiar una mentalidad y en eso están, aunque los hinchas todavía se preocupen más por los fallos del árbitro que por el propio rendimiento de su equipo, en definitiva lo único decisivo… Porque New England Revolution le ganó al que humillo al DC United sin la ayuda de nadie, eso está claro. Le ganó gracias a su propio planteo, a su concentración, a su solidez, a su convicción, a su aplicación táctica, a su entrega sin límites en busca del único objetivo… La copa MLS la próxima semana.
Eso es lo que trataba de explicar Twellman al final, con su grito de nuevo triunfador indiscutible…

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