Con la guitarra a sus pies

La gran expectación en torno al primer concierto de Tony Meléndez en una sede de la Diócesis de Arlington no era para menos.
El ya celebre cantor de música cristiana despertó ansiedad y curiosidad lo mismo en quienes ya lo conocían, al menos de nombre, al menos en un video o a través de sus grabaciones, que en los que sólo sabían que tocaba su guitarra con los pies, que era nicaragüense y que vino al mundo sin brazos y con un pie deforme.
Todos y todas, feligreses y no feligreses, viejitos y jóvenes, niñas y muchachas, abarrotaron como nunca antes el gimnasio de la Parroquia de San Antonio de Padua en Falls Church. Este autor, que visita desde hace seis años distintas sedes de la diócesis, jamás observó un concierto de lleno completísimo, con unas mil 600 personas, y para pena de muchas docenas más, otro público que se consoló con escuchar al cantor desde afuerita, pues ya no había cupo ni para una sola alma.
“Esta noche celebraremos a nuestro Señor, Aleluya”, dijo Tony al subir al escenario, montado con alta tecnología. “Sean gente de fe. Si yo lo logré, tú también puedes. Cree en Dios, cree en los milagros: nuestra vida está llena de milagros todos los días”, agregó, y luego lo hizo en un inglés perfecto, acaso para sorpresa de quienes ignoraban que Tony creció y se educó desde pequeño en Estados Unidos.
Previamente, en una pantalla gigante (que lástima que no se previó una exterior) se transmitió un video con pasajes de la vida del cantor, del cual resaltó el momento en que le cantó al Papa Juan Pablo II en California en 1987.
Ahora le cantaba por primera vez a otro público, con su brillante guitarra al piso, que con mucha facilidad levantaba con los dedos de su pie derecho, entre cuyas coyunturas se observaba una uña azul, de uso común en los guitarristas. La levantaba una y otra vez en señal de saludo. En reafirmación de que sí se puede.
“Hay gente que tiene brazos, piernas, y dice que no se puede. Pero sí se puede, hermano”, insistió el cantor. “No te frustres, no te venzas ante ninguna adversidad”, enfatizó con su poderosa voz de predicador. “Porque lo peor ya pasó, y ahora Dios te va a poner en el camino lo mejor. Dios tiene un plan para cada uno”.
“Aleluya. Amén”, respondía el público ante las palabras del cantor.
Deliberadamente usamos la palabra cantor porque Tony es desde hace algunos años más un cantor predicador que un cantante con guitarra a sus pies. Nadie duda de que domina la guitarra, pero ahora, acompañado de músicos de primer nivel, incluido un guitarrista, asume el papel central de cantante y mensajero de la fe católica.
“Tony, tienes una voz preciosa, y te la dio Dios para que seas su instrumento”, le dijo alguna vez su maestra de canto en la primaria.
En ese entonces, a mediados de los sesentas, sólo sus padres y algunos conocidos pensaban que aquel niño deforme podría tener futuro.
“La verdad es que casi eres perfecto, Antonio”, le dijo su madre en aquellos primero días en que al fin le permitieron tenerlo en sus brazos.
Y es que los prejuicios y la ignorancia de aquellos tiempos añadían más males a quienes ya los traían en su nacimiento.
Se ignoraba, por ejemplo, que Tony y más de 10 mil bebés en el mundo nacieron con deformaciones o sin brazos o piernas debido al consumo recomendado durante el embarazo de una infame medicina llamada “Thalidomide”, que se adquiría en cualquier farmacia sin prescripción.
Se creía, además, que esos pequeños morirían pronto, o que vivirían de las limosnas callejeras.
El bebé Tony contradijo creencias y mitos. Creció con normalidad, vivió sus primeros años sin saber que era diferente, y cuando la vida se encargó de decirle que sí era diferente a otros niños, lo entendió con normalidad. Nunca pensó que necesitaba brazos para ser feliz, para amar a su familia, para aprender las primeras letras. Practicó el fútbol, ganó concursos de dibujo, y aprendió a tocar la guitarra de su papá, que era un músico natural.
Y tuvo sus novias. Como cualquier otro joven. “Recuerdo en particular a Liz, que siempre tendrá un lugar especial en mi corazón”, relata en su autobiografía A Gift of Hope.
Se sentía tan completo el niño Tony que tercamente se opuso a la idea de adaptarle brazos artificiales. “Yo odiaba ese monstruo de plástico y metal”, recuerda en su libro. “Para mi fortuna, a los 12 o 13 años todos entendieron que mis piernas eran mis brazos y mis dedos de los pies mis manos”.
Sin embargo le tomó más tiempo la aceptación de que era un ser normal, sólo que sin ciertas extremidades.
En un momento del concierto el público arlingtoniano ya no pensaba en aquel ser humano sin brazos y con la rara virtud de poder tocar la guitarra con sus pies. Veían en Tony Meléndez a un ser humano como otro, pero con la virtud de la música, que usa para propagar la fe y sembrar mensajes de esperanza.
“Me gusta este público de Arlington. Vive la fe y la música”, dijo el cantor al tomar un descanso en su largo concierto de cuatro horas. (Continuará).

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