Ni ignorarla ni perseguirla: hay que gestionar la migración.

Por Mauricio Farah Gebara
Notimex

Por su ubicación geográfica, entre la poderosa economía de Estados Unidos y las débiles economías de Centroamérica, México es uno de los escenarios más representativos de la transmigración en el mundo.

Y a pesar de haberlo sido durante más de dos décadas, el país no ha sabido comprender la naturaleza y la complejidad del flujo migratorio ni ha podido descifrar qué debemos hacer ni cómo ni para qué.

Por supuesto, existe ahora un mayor conocimiento y difusión de lo que sucede, gracias al trabajo de académicos e instituciones y a que los medios de comunicación han destinado parte de sus espacios a denunciar lo que ocurre.

Es creciente, también, la labor de personas y organizaciones que realizan un esfuerzo eficaz en favor del migrante.

Sin embargo, al parecer la opción oficial elegida durante más de dos décadas ha sido la indiferencia o la inmovilidad, como si la decisión oficial tomada fuera a dejar a la inercia la responsabilidad de descifrar la incógnita y encargarse de emprender las soluciones.

O quizá se piense que la inmigración de paso terminará pronto, por sí sola, y que en consecuencia lo más recomendable es esperar que ello ocurra.

Pero la inercia no puede comandar una solución: es sabida su propensión a que todo siga igual a menos que haya una fuerza que lo modifique. Y la fuerza está del lado de la asimetría económica y de la demanda mutua entre el capital y el trabajo.

La asimetría, que actúa a la vez como expulsor y como imán, es tajante. stos son algunos de sus reveladores datos:

De acuerdo con el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), en 2005 el poder adquisitivo promedio en Guatemala era de 2,400 dólares anuales; en El Salvador de 4,045 dólares y en Honduras, de 1,120 dólares. El promedio del poder adquisitivo anual de estos tres países es de 2,561 dólares.

Esta expectativa se multiplica por diez en Estados Unidos, puesto que de acuerdo con datos del Consejo Nacional de Población, el ingreso promedio anual de los migrantes centroamericanos en Estados Unidos es de 24 mil dólares, cantidad que en Honduras, por ejemplo, representa 20 veces el poder adquisitivo.

Para decirlo de otra forma: 24 por ciento de la población de Honduras, es decir, casi dos millones de personas, viven con menos de un dólar al día. En Guatemala y en El Salvador viven con menos de un dólar al día 21 por ciento y 10 por ciento de la población, respectivamente.

Estas cifras indican que en estos tres países hay más de cuatro millones de personas que sobreviven con menos de un dólar al día.

Las adversas condiciones que vive gran parte de la población de Centroamérica, en contraste con la promesa del ingreso a Estados Unidos, explica por qué, de acuerdo con datos del Centro Latinoamericano de Demografía (Celade), de 1990 a 2000 la población de salvadoreños en Estados Unidos pasó de 465 mil a 765 mil; la de guatemaltecos, de 225 mil a 327 mil; y la de hondureños de 80 mil a 250 mil.

Aunque quizá para nosotros ninguna promesa justificaría asumir el riesgo del sufrimiento extremo, los centroamericanos saben, como lo saben también los migrantes mexicanos, que de un estado de virtual sobrevivencia se puede pasar a otro en el que no sólo se resuelve la manutención personal sino que además se pueden convertir en verdaderos benefactores de los suyos y de su país.

Los mismos guatemaltecos, salvadoreños y hondureños que salieron de sus países sin recursos, son los mismos que ahora son capaces de enviar anualmente más de 6 mil millones de dólares a Guatemala, El Salvador y Honduras, esto es, más de 16 millones de dólares por día.

Los flujos migratorios continuarán no sólo en este hemisferio sino en todo el mundo como resultado de las estructuras demográficas.

El bono demográfico está claramente ubicado en los países en desarrollo, como lo apunta el Informe Migración Internacional y Desarrollo, de la ONU, en el que queda claro que los países desarrollados todavía cuentan con 142 posibles nuevos trabajadores (personas entre 20 y 24 años de edad) por cada 100 trabajadores a punto de jubilarse (personas entre 60 y 64 años).

Pero en sólo 10 años esta relación disminuirá a 87 jóvenes por cada 100 personas entre 60 y 64 años. Por el contrario, los países en desarrollo tienen 342 jóvenes por cada 100 personas de entre 60 y 64 años.

Todos estos indicadores confirman que el paso de centroamericanos por nuestro país no se detendrá. La mejor manera de enfrentar este desafío no es negando que sucederá, sino clarificando lo que debemos y estamos dispuestos a hacer. (Notimex) (El autor es Quinto Visitador de la CNDH)

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