Chávez ante el rechazo popular a su iniciativa constitucional

CARACAS (AFP) – El presidente Hugo Chávez sufrió una derrota personal en el referendo del domingo pasado, la más dura de digerir de las que ya experimentó, porque se la inflingió el pueblo venezolano.

El mismo pueblo que lo eligió tres veces a la presidencia, que salió a la calle el 13 de abril de 2002 para defenderlo del Golpe de Estado, que escuchó esperanzado el discurso de su rendición en febrero de 1992, por primera vez le dio la espalda.

Chávez incluso les dijo que votar contra su propuesta constitucional personalísima, elaborada de su “puño y letra”, que aumentaba su poder y permitía su reelección indefinida, además de instaurar el socialismo, equivalía a votar contra él, a votar por su peor enemigo: George W. Bush.

En estos últimos años, ese pueblo con una gran mayoría de pobres que viven en barrios precarios, se politizó, participó en el debate público, creyó en las organizaciones de base de la sociedad civil que les resolvían los problemas de agua corriente, de titulación de la propiedad de sus casas, se benefició de las misiones sociales del gobieno.

Leyeron su reforma y la discutieron en familia, con sus amigos, con desconocidos en el metro y los carritos (transporte público), y decidieron que ‘No’.

Demasiado poder para un solo hombre, demasiado poder sin control, demasiados enemigos en boca del presidente, demasiados riesgos para que todo dependiera sólo de él.

Chávez no lo entiende así, porque para él es evidente que sin él no hay revolución. Por lo tanto el jueves recriminó al pueblo, sobre todo al de Caracas, al pueblo de los barrios pobres que votaron ‘No’.

Pero cometió el error de subestimarlos, de decirles que se dejaron “chantajear por el imperialismo y sus lacayos”, con ese lenguaje de los desvanes del siglo XX.

Dijo que no quería “revolucionarios de pacotilla” y que no le importa quedarse “con cuatro o cinco revolucionarios”…, porque sabe que no todos los que lo rodean comparten su ideal de revolución, inspirado por su entrañable amigo y mentor, Fidel Castro.

Ahí radica el problema. Chávez, que llegó al gobierno en 1999 como bolivariano, es decir seguidor del libertador Simón Bolívar (1783-1830), un aristócrata criollo, republicano y nacionalista, constructor de una unión sudamericana que no perduró, se fue forjando en su fuero íntimo una idea de revolución socialista.

En febrero de 2005 lo asumió públicamente por primera vez, entusiasmando a los marxistas de su entorno, que no eran muchos. En 2006, sin mayor elaboración, dijo que si era reelecto llevaría al país hacia el socialismo.

Después de triunfar con 63% de los votos, les anunció a los venezolanos que habían optado por el socialismo.

Entonces, a marcha forzada, procesó su propuesta constitucional socialista, fusionó desde el Estado a los grupos que lo apoyan en un Partido Socialista Unificado (PSUV), absorbió las organizaciones de base de la sociedad civil en los consejos comunales controlados por el Estado y obtuvo poderes para legislar por decreto para implantar el nuevo régimen.

El rechazo a la reforma congeló el montaje del socialismo y el refuerzo de su poder personal, lo que no le facilitará sus ambiciosos planes de unión regional.

El va a utilizar su carisma, aunque sin el aura de invencibilidad que hasta ahora tenía, al PSUV y a los consejos comunales, así como a las arcas pletóricas de petrodólares, para intentar convencer al pueblo de su proyecto.

Pero eso ya no alcanza, porque después de nueve años el gobierno sigue arrastrando problemas endémicos de ineficiencia, corrupción, inseguridad e inflación, y si el presidente no se dedica a gobernar la insatisfacción aumentará.

Por lo tanto, el rechazo a la reforma le plantea a Chávez, por primera vez, un grave dilema, entre su proyecto de revolución y la democracia venezolana.

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