Paseos caninos: desestrés y calidad de vida más allá de polémicas

MONTEVIDEO (AFP) – ¿Por qué un poderoso mastín napolitano lame sin vergüenza a un inquieto cocker inglés? ¿Cuál es la razón para que un impresionante dogo de Burdeos de 70 kg de peso conviva con un pitbull o un alano (gran danés) -el ejemplar más grande entre los caninos- y comparta el paso con el siempre temido rottweiler?

Obediencia básica, conocimiento de su adiestrador o guía y un buen paseo para relajar tensiones, constituyen los secretos de esta aparente misión imposible que convergen en la ocupación de paseador de perros; una postal montevideana tan proliferante como polémica.

Perezoso pero divertido, cabezón, de enorme papada y cachetes caídos, ‘Tequila’, un mastín napolitano de dos años, ensaya su presuntuoso bostezo en cada esquina camino al parque y no vacila en aprovechar el cambio de luces del semáforo con un ligero reposo, mientras ‘Corbata’, un impaciente cachorro labrador de seis meses, ansioso por comenzar el recreo se encarga de recordarle que todavía no llegó a destino.

‘Scooby’ (San Bernardo) toma la tutela de la manada que completan ‘Duncan’ (pit bull), ‘Caya’ (bull terri), ‘Faraón’ (bull dog), ‘Lara’ (siberiano), ‘Paloma’ (cocker), ‘Corcho’ (shar-pei) y ‘Flash’ (ovejero alemán), y avanza hacia la sesión de terapia que les propone Diego -su guía- en el Molino de Pérez, a escasos metros del Río de la Plata.

"Es un paseo recreativo, no una clase de adiestramiento", apunta Diego, de 21 años, y consiste "en una caminata de una hora y media, con espacios abiertos -parques y arroyos- como puntos de referencia, en los que juegan, interactúan, se ‘desenchufan’ (se quitan el estrés) y la pasan muy bien".

Tiene a su cargo 33 canes "de todas las razas y tamaños", trabaja en dos turnos diarios con la ayuda de su hermano y explica que "para programarle un camino y horario adecuado a la resistencia del animal, se debe tomar en cuenta el estado físico del mismo".

Las reyertas de mascotas "no son ajenas a la labor, pero las mismas se suceden extra manada, por la presencia de alguna hembra en celo, perros sueltos que frecuentan la zona o cuando rompen la correa asustados por las bocinas de los autos", observó Diego.

Dentro del ‘alumnado’ "generalmente reina la calma ya que tratamos de ser el alfa de la manada y estar por encima de los machos dominantes", añadió.

De esta forma "nos ganamos su respeto, más allá de la obediencia básica que les enseñamos, como frenar en las esquinas, no cruzar hasta recibir la orden y no tirar de la correa", indicó Diego, quien asegura que esta tarea requiere de vocación, "al punto que cuando termino la recorrida, soy un perro más del olor que despido".

Convertida en una profesión de moda en Argentina y Uruguay después de la crisis económica (2001-2002), los paseadores de perros -que rondan el medio millar en la capital uruguaya-, afirman contribuir al bienestar de las mascotas, así como al manejo de la agresividad y sociabilización.

"Con mi esposo no podemos dedicar el tiempo suficiente para satisfacer las necesidades de ejercicio y distracción que ellos (los perros) requieren, por lo que nos parece un servicio indispensable a la sociedad, estamos muy conformes", comentó Ana, cardióloga, quien confía diariamente sus dos dálmatas al paseador.

Empero, no falta quienes se oponen a su práctica por entender que "coliden con los espacios de los niños, exponen a riesgo físico a los más pequeños y no cumplen con la normativa de recoger las deyecciones de los animales por plazas y calles

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