Barrio de San Jacinto: “zona liberada” para la delincuencia en Lima

Por José Luis Castillejos
Notimex

Lima.- Al ingreso del populoso y violento barrio limeño de San Jacinto hay un altar con imágenes religiosas y una cruz que marca una ironía de paz de los ladrones que aquí se entremezclan, en una "zona liberada" para las autopartes robadas.

Enclavado en el casi céntrico distrito capitalino de La Victoria, este barrio se ha transformado en el mayor mercado de autopartes de Perú, donde cada puerta, cada llanta, volante, radiador, carburador o espejo proviene del robo en la vía pública.

A causa de este flagelo, miles de taxistas han perdido la vida y sus vehículos, los cuales han venido a parar a este "rincón del Diablo" de retorcidas y terrosas callejuelas bañadas con petróleo y transitadas por famélicos perros, prostitutas y ladrones.

Por San Jacinto sólo se atreven a andar quienes, entre talleres, "deshuesaderos" y negocios al paso, quieren reponer las partes robadas de sus automóviles, en un círculo vicioso con el crimen y una sensación de que ésta es la "tierra de nadie".

A este lugar llegan las partes de muchos de los vehículos y los accesorios robados en Lima, una ciudad de ocho millones de habitantes que cada año pierde entre 200 y 250 millones de dólares por robo a automotores, según datos oficiales.

Las calles de San Jacinto tienen nombres peculiares como "Los Frenos", "Los Aros", "El Timón", "El Chasis", así como los pasajes "El Carburador" y "El Radiador".

Cada espacio de esta "zona liberada" de la delincuencia alude las partes de automóviles que allí se expenden y en los cientos de tiendas hay hombres que ofertan al mejor postor desde un amortiguador, hasta un cable para bujías.

Un "trapecio", parte fundamental del vehículo que permite el movimiento de las llantas delanteras, cuesta en una tienda establecida unos 850 dólares, mientras en San Jacinto puede encontrarse en apenas 40 dólares.

Los propios vendedores ofrecen al cliente que si no tienen la parte requerida, se la "consiguen" (la mandan robar) para dejarlo satisfecho y acrecentar sus ganancias.

La División de Investigación de Robos de la Policía de Perú aseguró que es muy difícil combatir este delito mientras los peruanos persistan en adquirir partes de autos robados para reponer lo que ellos perdieron.

Para cubrir sus actividades irregulares, todos los locales utilizan como "fachada" la oferta de partes de carros "siniestrados" (accidentados) y dados de baja en calidad de chatarra, los cuales son vendidos en remates públicos de las empresas aseguradoras.

Cuando la policía realiza operativos para decomisar la mercancía, los dueños de los negocios muestran documentación "legal" de los automóviles y camionetas que han desmantelado para venderlos por piezas.

El vendedor José Vega, apodado "El pato", no tiene problema alguno en dar su tarjeta al ocasional cliente para que éste entre en confianza y adquiera la parte que necesita.

"Aquí todo es legal, nada robado. No te hagas problemas, compra y te vas", afirma de forma insistente este hombre de tez morena, gruesa cintura y mirada perdida que refleja muchos días de cansancio, noches y parrandas.

Un fuerte olor a marihuana sale de la trastienda y José grita: "Oye, deja de fumar esa cochinada". La carcajada abierta de un jovenzuelo confirma que, efectivamente, está drogándose para olvidarse temporalmente de este submundo.

En cuanto a posibles decomisos,

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