Los “signos” de continuidad y unos riesgos..

Por Andrea Tornielli

Quien mira por la televisión las imágenes de las ceremonias papales se dio cuenta de que con la llegada del nuevo maestro de celebraciones litúrgicas, monseñor Guido Marini (sucesor del otro Marini, Piero, nombrado como presidente del Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales) unas cosas cambiaron.

El cambio mas importante por su significado, es la presencia en el centro del altar de la cruz: así, el celebrante (en este caso el Papa, porque hablamos de los altares de la basílica de San Pedro o de lo que se pone en la plaza cuando se celebra fuera) y los fieles, uno en frente del otro, juntos tienen que mirar a Jesucristo crucificado.

De esta manera, la ceremonia litúrgica no es algo cerrado entre su oficiante y los participantes y no puede ser reducida a un "show" -riesgo que fue denunciado mas de una vez por el mismo Joseph Ratzinger- ahora se presenta como una mirada en común del presidente y pueblo, a Dios y a su hijo que sacrificó su vida por nosotros.

Esta significativa novedad fue introducida unos días después de la llegada del nuevo ceremoniero, que es un sacerdote mas tradicional que su predecesor.

Pero hay otros cambios, que pueden ser de mas impacto visual, sobre todo para quienes -es decir la mayoría- siguen por televisión las liturgias papales.

Lo anterior se manifestó muy claramente y por primera vez en la celebración del concistorio público para la creación del los nuevos cardenales, el pasado 25 de noviembre. En aquella ocasión , en la basílica de San Pedro, el Papa Benedicto XVI tomó asiento en una silla dorada antigua, un verdadero "trono", mucho mas rico y grandioso de los que se habían utilizado en los decenios pasados.

Se cambiaron también unos paramentos litúrgicos del Pontífice: en aquella ocasión Ratzinger se presentó con una mitra preciosa (prenda con que los cardenales, arzobispos, obispos, abades, cubren y adornan su cabeza en las funciones de su ministerio) que fue hecha en tiempos del papa Pio IX.

Rechazadas las mitras modernas -y habrá que reconocerlo, un poquito feas- que se usaban antes; ahora el Papa se presenta públicamente como un verdadero "Pontífice romano".

Al ver las imágenes parece que regresamos a los años Sesenta, a ciertas fotografías y películas que representaba al Concilio Vaticano II y las suntuosas celebraciones presididas por el Papa Juan XXIII.

El papa causó la misma impresión cuando se presentó para pronunciar el mensaje "Urbi et Orbi" el día de Navidad. En aquella ocasión Ratzinger portaba en su cabeza una mitra preciosa que perteneció a la sacristía papal, que usó Juan Pablo I para la Misa del inicio solemne de su pontificado.

Y para el día 1 de enero el papa ha tomado la mitra de su predecesor Benedicto XV: y esto tiene una significado particular, porque ese día se celebra la Jornada Mundial para la Paz y Benedicto XV fue el Papa de la paz frente a la masacre de la Primera Guerra Mundial.

Es claro que la razón profunda de estas decisiones exteriores es la de mostrar de una manera muy clara y evidente que no existe ruptura entre la Iglesia de hoy y la del pasado, tampoco entre el Concilio Vaticano II y el anterior. Es así como se hace latente que no existe ruptura entre un pontificado y otro.

Pero también hay un riesgo: y es el de pensar, como los tradicionalistas que mucho agradecen estos cambios de paramentos litúrgicos, pero que la continuidad con la tradición sea vista como algo que solo cambió en su aspecto exterior y solo se refleje en unos detalles mas preciosos, ricos y lindos.

Pero pudiera pensarse que estos cambios no obedecen a algo mas profundo e interior, así como substancial. Si este mensaje no llega, existe el riesgo de que estos cambios "visuales" sean considerados nada mas como un nostálgico regreso al pasado. (Notimex) (El autor es periodista italiano y vaticanista)

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