Peregrinan indígenas colombianos sin rumbo tras masacre de 2001

Por Martha Trujillo
Notimex

Bogotá.- La masacre de más de un centenar de indígenas en abril de 2001 a manos de paramilitares generó un largo peregrinar de los sobrevivientes, sin rumbo fijo, en busca de un refugio que les permita vivir en paz y superar los cruentos hechos.

El horror que vivieron cientos de mujeres y niños, varios de los cuales presenciaron la sevicia con que los grupos de ultraderecha descuartizaron con motosierras a sus familiares y amigos, los llevó a abandonar la región del Naya, en el Pacífico colombiano.

Nunca se sabrá con certeza la cifra de muertos que, en el silencio de la noche, dejó el macabro recorrido que hicieron miembros de las ahora desmovilizadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) por el Naya, distante unos 500 kilómetros al suroeste de Bogotá.

Luego de varios años de indagaciones, quienes se han ocupado de investigar el espeluznante caso se han quedado cortos en sus relatos sobre la forma como fueron asesinados, uno a uno, más de un centenar de indígenas, en una de las peores barbaries que recuerde Colombia.

Aprovechando la oscuridad, unos 400 paramilitares irrumpieron en las rústicas viviendas de los indígenas y, sin mediar palabra, golpearon, decapitaron, mutilaron y lanzaron a los abismos a decenas de personas.

Funcionarios de la Defensoría del Pueblo en la zona dijeron en la oportunidad que a varias de las víctimas les abrieron el abdomen con motosierra, les cortaron la garganta y les amputaron las manos.

El director del Instituto para el Desarrollo y la Paz, el ex ministro Camilo González, señaló a Notimex que "ahí hay demasiadas cosas oscuras, comenzando por la identificación de personas que desaparecieron entonces".

En el seguimiento al caso que ha realizado esa organización no gubernamental (ONG) en los últimos años se logró establecer que las víctimas fueron muchas más de las que se han mencionado hasta ahora.

Por esa zona del país no sólo transitaban indígenas y campesinos, sino también trabajadores ocasionales como los "raspachines" (recolectores de coca), que por su oficio carecen de registro o identificación.

"Tras la masacre hubo desplazamientos, pero también desapariciones. Sobre eso no se ha dado mayor claridad y existe mucho interés de que las cosas se callen", sostuvo González.

Para abrirse paso por entre trochas y caminos, el comando paramilitar que ejecutó la masacre entre el 10 y 13 de abril de 2001 tuvo que pasar por una base militar y, necesariamente, contar con apoyo en su recorrido.

El senador Jesús Piñacué, testigo del peregrinar de los indígenas colombianos, recordó en declaraciones a Notimex que siempre se ha dicho que la masacre "se cometió con consentimiento de elementos del Estado".

El legislador de la Alianza Social Indígena, quien reclama el derecho de las comunidades nativas a vivir en paz, dijo mantener "la esperanza de que se confirme algún día esa hipótesis" y se sancione a los autores de las muertes de los indígenas.

Para quienes se han dedicado a investigar el hecho desde 2001, la matanza fue "espantosa" y nunca se sabrá la cifra real de muertos porque muchos cadáveres fueron arrojados a profundos abismos.

Los cuerpos que se encontraron presentaban amputaciones de las extremidades y la garganta cortada, en un hecho que fue repudiado entonces de manera unánime por la comunidad internacional.

"Siempre me ha impresionado que la masacre se haya ejecutado en varios días. Lo grave es que, dos semanas después, ni l

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