Recordatorio para los desmemoriados

Santo Domingo.- Se rompe uno la cabeza buscando un criterio razonable y creíble que contribuya a confiar en las promesas que están haciendo los candidatos presidenciales que ahora se presentan ante el electorado. Es digno de preguntarse ¿cómo es posible que estos señores sean capaces de mentir una y otra vez como si alguien fuera a creer en que sus promesas se convertirán en realidad? Esto lleva a identificar las elecciones como el negocio más rentable de este país. Un abundante equipo de parásitos se mueve alrededor de cada candidato para poner a funcionar la maquinaria del engaño que produce enormes beneficios tanto a ganadores como a perdedores. Ese enfoque del descaro viene a confirmar lo peligroso del futuro en esas manos.
Esta campaña electoral se ha vuelto un echarle la culpa a los demás. Cada candidato lo hace sin darse cuenta de que los siquiatras consideran que ese es uno de los síntomas de la paranoia entre los esquizofrénicos. Si se profundiza en el asunto se descubre que los candidatos son, en alguna medida, esquizofrénicos que viven, intencionadamente, una doble personalidad. Surge entonces la pregunta: ¿cómo puede ser creído quien promete un futuro bueno a pesar de haber aportado un pasado malo? ¿Cómo puede confiarse en aquel que tuvo la oportunidad de hacerlo bien y, sin embargo, lo hizo mal para beneficio propio? ¿Qué garantías existen de que no está especulando con la pobreza para conquistar un voto que no merece? Estos juicios no excluyen a candidato alguno. Poner ejemplos sería desperdiciar este espacio. Tan similares son entre sí los tres candidatos que llevan a recordar aquel versátil aceite “3 en 1”.
Para beneficio del análisis cabría preguntar: ¿cuál de ellos ha dejado el país mejor de cómo lo recibió? ¿Está República Dominicana mejor este enero de 2008 que en el enero de 2007? Las encuestas nacionales y extranjeras dicen que no. Por conveniencia, aquí cada candidato le da un corte arbitrario a la historia como si fueran contables calculando los impuestos a pagar. El candidato del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) quiere que se recuerde el descalabro de los dos últimos años del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Al mismo tiempo, insiste para que se olviden los doce años de Balaguer. Él trata de lavar la corrupción y la sangre juvenil derramada por los gobiernos de Balaguer con el fraude bancario de Baninter, evento en el que ninguno de estos candidatos está exento de culpa.
El candidato del Partido Revolucionario Dominicano peca por falta de creatividad al haberse dejado atrapar en la telaraña del planteamiento peledeista. De haber sido medianamente inteligente habría reclamado para sí el gobierno perredeista de Juan Bosch en 1963, ahora que los peledeistas reniegan de sus principios y de su práctica de gobierno.
El candidato del “Partido Reformista” (así entre comillas) no pasa de ser el bufón de la campaña sustituyendo a aquel Corides que salía en un burro y a Lajara, hombre del sable dispuesto a aplicárselo a los comunistas. La máxima ambición del “reformista” es que haya segunda vuelta para cotizarse más caro en la venta de su “virtual” (así entre comillas) apoyo.
El año pasado 2007 estos artículos se iniciaron con una carta enviada al “más allá” con la esperanza de que, de alguna manera, el alma del desaparecido Juan Bosch pudiera enterarse de su contenido. Digo “desaparecido” en todos los sentidos que esa palabra pudiera expresar. Desaparecido por sus más aventajados discípulos, los leales y los farsantes que se alzaron con el santo y con la limosna. Desaparecido por esos dirigentes peledeistas que consideran ahora al “Viejo” como una impedimenta para su acumulación originaria de capital a alta velocidad. Evidentemente, la carta no llegó a su destino porque desde entonces a esta parte se ha acelerado el proceso de deterioro. Se han ganado el desprecio de la sociedad no beneficiada con ese proceso de enriquecimiento. Muchos quisieran ignorarlos pero no se puede. Es mucho el daño que provocan desde el poder como para suponer que no están allí.
Y lo más triste del caso es que en el camino hacia la democracia no hay opción viable como no sea la de un pueblo que pueda hartarse de tanta inmoralidad y que diga al unísono: basta ya.

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