La entrevista con el padre Hoyos. ¿Hubo encuentro entre la fe y la política?

Por Saul Solórzano

“Ustedes conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Juan 8, 32).

Algo muy importante en sociedades abiertas es la diversidad de opinión y la oportunidad que tenemos las personas en evaluar la información que recibimos —y en cuanto a elecciones de representantes— decidir sin coerción, por quien votar.

El Salvador aún navega las corrientes que lo llevarán a una sociedad plenamente abierta, pero mientras tanto hay que seguir con los buenos ejercicios de promoción de una cultura de participación cívica y no de miedo. Los salvadoreños tienen el derecho de votar en las próximas elecciones por el partido político que quieran; sea FMLN, ARENA u otro partido pequeño. Es más se merecen votar bajo plena libertad y sin la sombra de campañas de temor y miedo. Si la desafortunada guerra civil terminó en apartar a los militares del monopolio de manejar el estado, ahora necesitamos avanzar en asegurar que haya una separación clara entre la elite económica y sus intereses con respecto al manejo del gobierno y el estado.

Esa es una condición fundamental para que funcione la democracia representativa y se beneficien más sectores de la sociedad o el pueblo. Es más, la alternabilidad en el poder —disputa de cada contienda electoral— no debe ser esperada como un proceso automático; no por turnos o permanencia contínua, sino como expresión de la voluntad del electorado. Es en este contexto que escribo el presente artículo.

El impulso a escribirlo no viene tanto de mi activismo comunitario, profesión, u origen nacional sino más bien como católico en reflexión sobre el papel de la política en la fe. También, porque varias personas me contactaron para preguntarme si había leído el artículo “El Salvador no debe votar por el modelo socialista” publicado en El Comercio Newspaper (viernes 23-29 de noviembre de 2007). Preguntaban qué pensaba sobre eso. Varios estaban molestos porque un sacerdote, el muy estimado padre Eugenio Hoyos, es “de afuera” y se “mete donde no lo han llamado” y que le “está haciendo los mandados a un partido de derecha [ARENA] y no a sus feligreses”.

Ellos piensan que el artículo está prácticamente atemorizando a los electores con información a medias aunque tenga citas atenuantes como “El que gane las elecciones de 2009 [en El Salvador], sea de izquierda o derecha que piense en las personas más necesitadas de este país, porque si hay hambre habrá inconformidad aún con quienes les ofrezcan el paraíso”. Aunque últimamente en varios países es aceptable usar tácticas de atemorizar a los votantes en las campañas políticas, en el caso de El Salvador no debería ser la forma preferida de ganar elecciones. En las pasadas elecciones presidenciales salvadoreñas, al partido ganador le funcionó muy bien esa táctica. Mencionaron que Estados Unidos deportaría a los salvadoreños; que el TPS se cancelaría; que los negocios se irían de El Salvador y que Estados Unidos prohibiría enviar remesas.

Después de las elecciones y de forma tardía, el ex embajador de Estados Unidos en El Salvador (Douglas Barclay) negó que eso pudiera hacerse. Pero bien, parece que en sus declaraciones en el artículo, el padre Hoyos se une a la cruzada en contra del temor en contra de Chávez y hay que admitir que él está en su derecho. Pero su declaración a que “Como representante de muchos salvadoreños en el exterior, hago un llamado a que tengan cuidado…” ya es otro asunto porque surge la pregunta… ¿y por qué lo dice? Es por una obligación sacerdotal. !Yo pensaría que no!. ¿Será porque se lo han pedido los salvadoreños que representa?

Sí, sí, está bien y en su derecho. Solamente que pienso que debería quedar mas claro. Desde mi perspectiva católica, no creo que atemorizar a la gente —más allá del respeto que se debe a Dios— sea una buena práctica. Aunque en política, dicen unos, “todo se vale” y asuntos de ética —muchas veces— salen sobrando, yo sigo pensando que la religión nos obliga a algo mucho más superior.

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Saul Solórzano, director de la organización CARECEN, en Washington, D.C..

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