Volcán Tungurahua ruge al oído de un campesino ciego aferrado a la tierra

PILLATE, Ecuador (AFP) – Aun cuando la ceguera le impide ver las rocas incandescentes rodando desde lo alto del volcán Tungurahua, Luis Ruiz, un agricultor ecuatoriano de 75 años, oye asustado su furia, pero antes que dejar su tierra prefiere ocultar el miedo.

"Son diez años sin ver al volcán, ahora le escucho en las noches tronando", dijo Ruiz a la AFP, sentado en un banco de madera a las afueras de su vivienda en Pillate. Se trata de una de las zonas de mayor riesgo, y está asentada a los pies del Tungurahua, que con el paso de los días incrementa peligrosamente su actividad.

El anciano usa unos lentes plásticos para protegerse de la ceniza. Confiesa que el miedo es peor en la oscuridad, y evoca sin alterarse la erupción de 2006, que mató a seis personas, dos de ellas tratando de salvar un televisor.

"Sí le tengo miedo, como no veo parece que me va a caer encima", expresa sonriente y con la cara vuelta hacia el volcán, ubicado 135 km al sur de Quito y de 5.029 metros de altura.

Un bramido le apreta el gesto. "Vea cómo baja la piedra! Suena como si estuviera una olla hirviendo", señala.

El volcán pasó a una fase de mayor actividad desde el viernes con hasta 30 explosiones por hora, lo que forzó la reubicación de unos 800 pobladores de la provincia de Chimborazo (sur) y alistar el traslado de 200 familias en Tungurahua.

Ruiz aún retiene en la memoria algunas imágenes de la "mama Tungurahua" (garganta de fuego). Muchos le han advertido sobre el riesgo de quedarse, pero antes que el miedo está su convencimiento de que deberá permanecer en su casa junto a su esposa, Florinda Sánchez, y uno de sus dos hijos.

"No nos podríamos ir porque estamos enseñados a vivir del morochito (grano), del maíz y aunque ahora ya no puedo hacer mucho por lo menos le doy de comer a los animales", afirmó.

La pareja rehúsa irse a una de las 200 casas del Plan Vivienda Segura, que construye el gobierno para los campesinos que viven en zonas de riesgo.

"Aquí por lo menos tenemos un pedacito de tierra", agregó la mujer, de 69 años.

Al igual que ellos, Arturo Miranda, de 75 años, se niega a dejar su parcela, ubicada en Chacauco, un área donde varias casas quedaron destruidas o sepultadas por la ceniza que cayó en 2006.

Miranda duerme en las noches en un albergue, pero al siguiente día regresa temprano a su casa. No importa cuántas veces erupcione el Tungurahua, de 5.029 metros de altura, asegura que siempre volverá a sus cultivos.

"Aquí tengo todo, en una ciudad no tengo cómo tener un chancho o pajaritos. Yo pregunto, allá ¿de qué voy a vivir?", afirma.

Hace un año su casa fue arrasada por los lahares que bajaron del macizo. Cuando le hablan de una posible reubicación, también finge no tener miedo de lo que haga "la mama, porque hay fe de que no pasará nada".

Según Sánchez, antes la gente solía ofrecer misas al Tungurahua para evitar que ocasione desastres.

"Antes, los mayores, en la época de mi bisabuelo, decían que venían los curas salesianos para darle la bendición (al Tungurahua) y ponían unas cruces en las lomas, y ya, con eso se le pasaba la furia, evoca.

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