Vivo el legado ético del periodista Ryszard Kapuscinski

Por Ma. del Carmen Varela
Notimex

Maestro de varias generaciones de periodistas que lo erigieron como el mejor reportero del siglo XX, Ryszard Kapuscinski (1932-2007) sigue vigente en el vasto legado que dejó a los jóvenes con quienes gustaba conversar y compartir su experiencia profesional y de vida.

Para ser buen periodista, solía decir, hace falta ser buena persona, porque el periodismo es una profesión no apta para cínicos, sino para gente que sabe escuchar y entender, gente que asume su profesión como un ámbito de estudio continuo y permanente.

Gente para la que el periodismo implica responsabilidad, humanismo, pero sobre todo respeto, porque "vivimos y escribimos sobre otros seres humanos que quieren ser respetados como nosotros, que merecen el respeto y entendimiento de sus formas de pensar y de vivir", afirmaba el reportero polaco que, queriendo ser filósofo, se hizo historiador y acabó convertido en ilustre periodista.

Así hablaba Kapuscinski a los jóvenes durante sus últimos años de vida que dedicó a ofrecer numerosas conferencias en prestigiadas universidades del mundo, donde su presencia siempre fue motivo de aglomeraciones y sus libros, testimonio de su andar, artículos de primera necesidad.

Uno de sus últimos textos fue "Los cínicos no sirven para el oficio" (Anagrama), entrevistas en las que plasma sus opiniones sobre la profesión y el futuro de los medios, y que lo trajo en 2002 a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde por primera vez habló a estudiantes de comunicación de esa casa de estudios.

Había llegado a México el 23 de septiembre procedente de Nueva York, su apretada agenda lo llevó a recorrer varios puntos de la ciudad, desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México hasta el hotel Flamingos donde se hospedó y de ahí a cumplir con numerosas entrevistas y encuentros.

Al día siguiente, los medios dedicaron páginas enteras a reproducir entrevistas mientras diversos medios electrónicos engalanaban sus espacios con su presencia.

Para el día 25, la altura, la contaminación y el trajín de la Ciudad de México hicieron estragos y para el jueves que llevó su libro a la Universidad Iberoamericana apenas pudo hablar unos minutos ante los cerca de 800 asistentes.

Por prescripción médica tuvo que cancelar algunos compromisos; su equipo de trabajo determinó no más entrevistas ni ajetreos, pero la responsabilidad que cargó siempre a cuestas lo animó a llegar a la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.

Allí se encontró por fin con cientos de jóvenes universitarios que tras escucharlo atento discernir sobre la profesión, sus riesgos y sus recompensas, lo retuvieron por más de dos horas firmando libros y entregándole preguntas que Kapuscinski se comprometió a responder, lo cual haría después en algunas líneas de sus llamados cuadernos de apuntes.

Al término de la maratónica sesión, que se vio amenazada con desbordar los ánimos debido a los cientos de estudiantes que se quedaron fuera del auditorio de la Coordinación de Humanidades, donde por cuestiones de espacio acabó realizándose la plática, el periodista sostuvo un diálogo con los organizadores, a quienes confió su nerviosismo por la situación.

Un jarrito de tequila, para liberar tensiones, le dio la bienvenida a un acogedor restaurante en el sur de la ciudad, donde los motivos mexicanos y los vistosos platillos estuvieron dispuestos para atenderlo.

Sin evitar su gozo, habló sobre el

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