Diplomacia artística: El arte como embajador de América Latina en Washington

Esta exposición que concluirá el 30 de enero reúne obras de arte pertenecientes a diversas emba-jadas, funcionarios diplomáticos, delegaciones y organizaciones que residen en Washington, D.C.

Para una ciudad que se precia de contar, en el bulevar conocido como National Mall, con múlti-ples instituciones artísticas, que atestiguan la presencia de representantes de casi todos los rinco-nes del mundo (como el Museo Nacional de Arte Africano, las Galerías Freer y Sackler del Mu-seo Nacional de Arte Asiático y la Galería Nacional de Arte, en la cual se exhiben deslumbrantes colecciones de arte europeo desde la Edad Media hasta hoy), la ausencia —por la razón que fue-re— de una institución importante que represente a las artes de América Latina tiende, de por sí, a dar una impresión negativa.

Este hecho, sumado a la propensión de la prensa a informar acerca de los aspectos menos positi-vos de las realidades sociales, políticas y económicas de la región, pone en peligro, de manera indiscriminada, el prestigio de los países latinoamericanos y produce en el público una sensación de desafecto por una región que, pese a sus contradicciones, ha descollado culturalmente durante siglos.

Éstas podrían ser algunas de las razones que explican la falta de un interés sostenido entre los coleccionistas de Washington por el arte latinoamericano, así como la corta vida de las galerías que se han aventurado en este negocio. Al margen de los aportes a la historia del arte de muchos artistas latinoamericanos (por ejemplo, Torres García, Wifredo Lam, Roberto Matta, Diego Rive-ra y Emilio Pettoruti), los museos de Washington muestran cierta reticencia a incorporar sus obras en sus exposiciones permanentes, o al menos esa es la sensación que se percibe.

Parecería que en la capital norteamericana las únicas personas interesadas en el arte latinoameri-cano que trasciende las fronteras —más allá de la cultura popular— son aquellas que, por su educación o profesión, trabajan en Washington como servidores públicos de sus países o prestan temporariamente sus servicios a organizaciones internacionales.

Las embajadas y otras instituciones oficiales son espacios donde un ambiente digno y apacible es decisivo para el diálogo, los negocios y el entendimiento político. En la mayor parte de esos es-pacios, el acceso está restringido, por razones obvias, motivo por el cual no se hallan sometidos al tipo de escrutinio crítico propio de los museos y de las instituciones culturales abiertas al pú-blico.

El arte, por discreto que sea, es uno de los mejores embajadores de América Latina en Washing-ton. La selección de las obras que se exhiben en esta exposición, efectuada libremente por el Centro Cultural del BID, cubre el lapso que va de la era precolombina al final del siglo XX. Las obras se obtuvieron en préstamo temporario de distintos lugares oficiales. Algunas de ellas, no todas, son parte integrante de sus ámbitos respectivos, ya que están bajo la administración de los ministerios de Cultura o Relaciones Exteriores, y es probable que eventualmente tengan que re-gresar a sus países de origen o rotar por otras delegaciones. Otras son de propiedad personal de los ocupantes transitorios de las misiones oficiales. La exploración de este territorio circunscripto le ha deparado al Centro Cultural del BID una gama de sorpresas extraordinarias. Casi todas las obras escogidas son de primera categoría, justamente el tipo de obras que un museo de renombre querría tener. Todos estos factores hacen de la muestra aquí ofrecida un acontecimiento fascinan-te y fuera de lo común.

Muchos de los artist

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