Definitivamente contra las FARC

Las primeras referencias que tuve sobre política, las viví de niño en la vieja casona colonial, dónde me crié, en el pequeño pueblo de Paipa, en Colombia, con mi abuelo y mi abuela, quienes exteriorizaban visiones opuestas de entender y asumir el mundo.
Mi abuelo, mayor que mi abuela, debió haber nacido a finales del siglo XIX y mi abuela a principios del siglo XX, por el tiempo en que el cometa Halley pasó por la Tierra, amenazando con el fin del mundo.
Las fechas exactas del inicio de su existencia constaban en uno de los tantos papeles, que se robó la serpiente ponzoñosa de la Bruja del Salitre.
No obstante, tengo claro que el amor lo forjaron escaso tiempo después de que Colombia se levantaba de los escombros de la Guerra de los Mil Días, una más de las 32 conflagraciones entre conservadores y liberales del Siglo XIX, que rememoró Gabriel García Marquéz en “Cien Años de Soledad”.
El conflicto fue devastador y en los tres años que duró dejó más de 100.000 muertos, cuando el país tenía menos de cinco millones de habitantes.
Esta pugna fraticida fue uno de los factores de la separación de Panamá, y el período de reconstrucción y reconciliación lo asumió un primo hermano de la mamá de mi abuelo, que se llamaba Rafael y que gobernó cinco años.
Mi abuelo y mi abuela, los dos, afiliados al Partido Liberal, leían diariamente de cabo a rabo dos periódicos, “El Tiempo” y “El Espectador”, y ambos ancestros contaban historias de terror sobre lo que fue la violencia en Colombia, después de que el Partido Conservador asumió el poder en 1946 y se vivió un baño de sangre, que dejó 250.000 muertos, en una década.
Cuando yo nací, gobernaba, el militar Gustavo Rojas Pinilla, único mandatario colombiano que tomó el poder mediante un golpe de estado en el Siglo XX.
El “Tatayo” o “Gurropín”, como lo apodaban, intentó pacificar al país y estuvo en la presidencia cuatro años, de 1953 a 1957, un tiempo mínimo, para los estándares de la tradición dictatorial latinoamericana.
Cuando yo estaba aprendiendo a leer y escribir, en Colombia se había instaurado el Frente Nacional, un acuerdo de elecciones presidenciales alternas entre liberales y conservadores, con el fin de no siguieran matándose.
Por la misma época, en Cuba tomaba el poder un abogado de 32 años, llamado Fidel Castro y en Estados Unidos resultaba elegido en unos apretados comicios, un político de 42 años, de nombre John Kennedy.
Mi abuelo, que no perdonó nunca la intervención de Teodoro Roosevelt en el istmo panameño, escuchaba todos los días Radio Habana y exaltaba a la Revolución Cubana.
Mi abuela, una mujer anticomunista, optó por convertirse en la dirigente local de la Alianza para el Progreso, el programa estadounidense de solidaridad con Latinoamérica, para frenar la influencia castrista.
El día del asesinato del primer Kennedy, vi llorar a mi abuela como si se tratara de la muerte de un pariente.
Supe de otras diferencias filosóficas, entre mis abuelos, porque dialogaban de política y dirimían sus discrepancias en unas largas y divertidas partidas ajedrez.
Los dos se me fueron, demasiado pronto, pero con la suerte de no haber vivido la etapa en que Colombia ha sido víctima del cáncer del narcotráfico, que ha contaminado todos los estamentos de la nación.
Los dos adoraban su pueblo y su departamento de Boyacá. Tenían un concepto de la honestidad, la rectitud y la decencia, que era común en esa Colombia prenarca, que hoy parece irrecuperable.
Yo tenía 10 años, cuando los oí hablar de un “bandolero” apodado “Tirofijo”, que se había convertido en guerrillero y había establecido un republica independiente de corte comunista dentro de Colombia, llamada Marquetalia.
Fruto de las secuelas de la violencia de los cincuenta, con el tiempo a “Tirofijo” se le dio la imagen romántica de defensor de los pobres, que buscaba un cambio social de igualdad, con sus Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.
A finales de los ochenta y principios de los noventa cayó el Muro de Berlín y se acabó la Guerra Fría. Con la desaparición del bloque comunista soviético y la capitalización de China, la insurgencia armada de izquierda dejó de tener vigencia.
Pero los guerrilleros colombianos encontraron ingeniosas razones para su existencia: convertirse en una manada de asesinos, secuestradores y narcotraficantes.
Junto a Radio Líder y a un grupo de activistas colombianos y venezolanos de Charlotte, desde esta columna invito, a congregarnos frente al restaurante Los Paisas de South Boulevard, el lunes 4 de febrero, a las 12 del día, para repudiar a los delincuentes de las FARC.
Mis abuelos nos estarán acompañando desde el cielo. Estoy seguro que en este caso no tendrán ninguna discrepancia.

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