Campesinos bolivianos devastados por la magnitud de la inundación

TRINIDAD, Bolivia (AFP) – Miles de agricultores de la amazonia boliviana que perdieron todo en las graves inundaciones que se registran en el departamento de Beni, fronterizo con Brasil, están devastados por la manera en que la naturaleza se ensañó con ellos.

El desborde del río Mamoré, el principal de la cuenca norte de Bolivia, fue provocado por las intensas precipitaciones en la cordillera y serranías del centro y este del país, desde finales del año anterior.

A orillas de este río y sus afluentes viven campesinos e indios, que aprovechan la pesca y la caza de la selva así como pequeños espacios para agricultura de sobrevivencia, mientras empresarios crían ganado en las extensas llanuras de pasto natural de la zona.

Esos cultivos han sido arrasados por el agua, por el fenómeno climático “La Niña”, después de la también destructora inundación causada por su predecesor “El Niño”, el año anterior.

La crítica situación está reflejada en la ausencia de cosecha de maíz, arroz y yuca (mandioca), tradicionales en la región, que este año los campesinos no pudieron recoger porque el agua llegó muy rápidamente e invadió sus lugares.

“He perdido maíz. (Mi propiedad) la llené de maíz pero cuando quise (recoger) nadie ofreció una canoíta ni nada. Tenía media hectárea. No había otra forma de trabajar porque para sembrar plátano o yuca todo es para el agua” cuando llega la crecida, dice Roberto Saucedo, solitario anciano de 71 años, que vive en Puerto Almacén (a 8 km de la ciudad).

Saucedo, de lento caminar, creyó que la temporada de lluvias 2008 sería regular, después de la “llenura” del año pasado, cuando hubo un elevado daño a los habitantes de la zona. “Pero (fue) más harto que la otra. Nos ha hecho problema a todos”, señala con resignación, porque ante “lo que puede venir de la naturaleza no hay otra cosa” que hacer.

Lo mismo relata Catalina Notu, una mujer mojeña de 38 años, que tiene dos hijos menores a su cargo.

Del “chaco” (área de cultivo), que posee en Puerto Varador (a 12 km de Trinidad), sólo pudo recoger una cantidad magra de mandioca. Lo demás, “todo se ha perdido”, cuenta mientras cocina una improvisada sopa con pescado del río Mamoré.

La familia Notu abandonó su vivienda “con lo del cuerpo”, aunque tiene tres camas, y varias gallinas y patos que pasean libremente en la pequeña carpa que armó su esposo en la carretera hacia Trinidad, la capital, fuertemente amenazada por las aguas.

Catalina agradece la electricidad y agua que ha instalado el municipio en el campamento, pero se queja de que no ha recibido víveres.

“Tenemos que ir a trabajar para conseguir que comer. Ahora estoy haciendo chivé (harina), con la yuca que hemos traído”, dice y explica que es la única manera de aprovechar la mandioca “que se pudre con la humedad”.

En el trayecto de Trinidad a Puerto Varador, la familia de Celso Alvarez y Maricely Mendoza subsiste con lo que puede, aunque la historia de ellos es diferente.

Alvarez es artesano de ladrillos y tejas, que se instaló en el lugar en busca de un pedazo de tierra donde fabricar estos materiales de construcción. La inundación lo sorprendió y se quedó sin trabajo, porque el agua le impide sacar la tierra que requiere para producir.

Mendoza, embarazada de cinco meses del tercero de sus hijos, prepara la leña con la que hará hervir “algo” en una olla, de la que deben comer también sus dos suegros y otros cuatro niños que están en la misma carpa.

La inundación en el norte de Bolivia afecta igual a los ganaderos de la región, que desde sus fincas están llevando sus reses a sitios altos para evitar que se ahoguen.

Uno de ellos, Modesto Ribera, está en riesgo de perder varios centenares de vacas porque no hay suficientes camiones para transportar los animales y porque la única carretera del lugar está restringida por los trabajos de reforzamiento de las autoridades para preservarla de la presión del agua, que ya comenzó a rebasar el dique protector de su ciudad.

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