Crimen pasional horroriza a Chile (I Parte)

Por Rafael Croda

Santiago.- Nadie se explica qué fue lo que llevó al exitoso empresario chileno Gerardo Rocha –quien se ufanaba de su misticismo y del respeto que gozaba en círculos políticos y sociales- a planificar y ejecutar un homicidio originado en un amor obsesivo.

Rocha, de 55 años y dueño de un emporio educativo valuado en millones de dólares, permanece internado en una clínica de Santiago con riesgo vital tras asesinar al contador Jaime Oliva, un hombre de 79 años de edad que tenía una confusa relación con la pareja del empresario.

La actual mujer de Rocha es Verónica Espinoza, una psicóloga de 35 años de edad quien dijo en un principio que Oliva, con el cual laboró como secretaria hace 15 años, la abusó y violó en forma reiterada, aunque luego reconoció que tuvo una relación afectiva con él.

El crimen, que horroriza a Chile por sus características y por el talante de los involucrados, ocurrió el pasado jueves 21 de febrero, el peor día en la plácida y en apariencia feliz vida de Rocha: esa noche, el plan homicida del empresario falló de principio a fin.

Fue uno de esos días en que todo lo que podía salir mal, salió mal, como en la película "Fargo" de los hermanos Joel y Ethan Cohen.

Eran las 21:30 horas del 21 de febrero cuando Rocha, su chofer Marcelo Morales y su guardaespaldas César Osores –un ex policía de las fuerzas especiales- llegaron a la casa de Oliva en el balneario de El Quisco, unos 100 kilómetros al oeste de esta capital.

Morales, quien rentaba desde días antes a Oliva una cabaña en la parte trasera de su residencia, tocó la puerta y el contador público retirado y "martillero" (conductor) de subastas abrió con confianza, lo que aprovecharon Rocha y su guardaespaldas para ingresar.

Rocha cargaba al cinto una pistola Glock 9.0 milímetros austriaca, considerada una de las mejores armas personales del mundo, e hizo ingresar al inmueble galones de gasolina que, según su plan, serían claves para ocultar las huellas del homicidio fraguado.

Lo que ocurrió después es motivo de investigación, pero de acuerdo con los testimonios recabados hasta el momento por la Fiscalía chilena, Rocha subió con Oliva a una habitación en el segundo piso de una de las dos casas que integran el enorme inmueble.

Morales y Osores coinciden en afirmar que los dos hombres –Rocha y Oliva- quedaron solos en la habitación y que ellos esperaron en el primer piso.

Los exámenes forenses han determinado hasta ahora que Oliva pudo haber sido sometido con gas pimienta o con un arma electroparalizante que lo habría dejado tendido en la cama de la habitación.

Cuando ello ocurrió, los involucrados –o quizá solo Rocha, según el testimonio de Morales y Osores- rociaron gasolina en la habitación para simular un incendio y propiciar que las autoridades creyeran que la muerte de Oliva se produjo por el fuego.

Lo único cierto es que Oliva yacía en la cama de la habitación, inconsciente, que alguien roció gran cantidad de gasolina en el lugar, prendió fuego y, cuando esto ocurrió, se produjo una explosión imprevista que abrió un gran boquete en el techo.

Rocha salió de la habitación envuelto en llamas, gritando su dolor, mientras el cuerpo inerme de Oliva se consumía en el interior, y de acuerdo con testimonios de vecinos, el empresario incluso salió corriendo hacia la calle con el cuerpo encendido.

Morales, su chofer, corrió hacia el auto Daewoo en el que había llegado

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