El trauma del “toy train”

Es común que los niños sueñen durante largo tiempo con los regalos que les gustaría recibir para Navidad o cumpleaños. Uno de los juguetes al que aspiran muchos es un “toy train”: un tren de juguete. Pero en el mundo entero la realización de ese sueño es un privilegio reservado para las familias adineradas. Los niños de los hogares humildes y los emigrantes más pobres nunca llegan a tener un “chu-chu tren”.

Esto así, hay evidencia científica de que esa frustración permanece en el inconsciente hasta adquirir, algunas veces, carácter traumático. Producto de la frustración en los primeros años de vida, el tren de juguete se convierte, inconscientemente, en una meta a cumplir de cualquier manera. Sin importar los perjuicios a otros o a sí mismo. El sueño se traduce en obsesión que, a menudo, genera el trauma.

Ya en el poder, el ingreso disponible se rige según prioridades. A los acreedores bancarios no se les puede desairar. Eso es sagrado. Es preferible distraer las inversiones de educación porque, en definitiva, en la casa los muchachos podrían “ayudar” cuando no vayan a clases. El apoyo al sector salud puede esperar mientras los costosos “spots” de televisión recomiendan al público que no enferme. Sólo importa la capital de la República. El resto del país no importa. Ellos van hacia adelante. Se dejará todo a un lado, con tal de lograr el anhelado “toy train”.

Pero en el camino hacia la realización del sueño descubren que el “toy train” no es solamente recuperación mental y entretenimiento sino que también puede ser un negocio. Y así se recurre a la idea de Märklin, aquella empresa alemana que desde el siglo 19 se especializó en elaborar trenes de juguete. Los gerentes de Märklin descubrieron entonces que el verdadero negocio no estaba específicamente en el “toy train”, sino en los adicionales.

Había que ofrecer y vender separadamente otros vagones más modernos, otras estaciones de lujo, otras rutas a través de un escenario de parques y teatros a su alrededor para, supuestamente, mejorar el ambiente. Ese mecanismo de consumo inducido fue el antecesor de la muñeca Barbie. Otro tremendo negocio donde la muñeca es apenas el comienzo y los beneficios crecen exageradamente cuando se vende la muñequita con los “outfits” diferentes y los atuendos más exquisitos. Ha sido ese tan buen negocio que hasta una pareja le buscaron a la Barbie para duplicar las ganancias.

Y ese tren de juguete, que en los inicios fue un sueño infantil, llegó a convertirse en el mejor de los negocios al llegar a la adultez política. No parece importar que el país sea el último en matemáticas entre todos los países del mundo, el penúltimo en ciencias, el último en instituciones de investigación, el requeteúltimo en potencial innovativo y que los alumnos apenas reciban tres horas de docencia por cada día lectivo. Eso no importa, lo importante es tener el “toy train” para deslumbrar y aturdir a los ingenuos y a los desesperados.

Y por fin llegó el primer día del “toy train”, alcanzado sin que el descomunal costo de construcción se hiciera público. El entusiasmo de la multitud fue enorme. Tan impresionante como cuando el padre del coronel Aureliano Buendía lo llevó en Macondo a conocer el hielo.

Las masas populares empezaron entonces a ver aquella cosa, tan moderna, que no sabía cómo llamarla. Como si no tuviera nombre y, para mencionarla, hubiera que señalarla con el dedo. Gritaban desaforadas las multitudes y celebraban la llegada de los fierros mágicos de este Melquíades, el escogido, el único, el imprescindible, el que ofrece absoluta seguridad a sus pasajeros. “No hay peligro en seguirme”, parafraseó 78 años después del perínclito.

Y luego de comerse el filete antes de desollar la vaca, se empezaría a descubrir que la deuda ha crecido más allá de toda expectativa y sólo podrá ser pagada en base a empeorar la educación (si es que se puede), los hospitales tendrán menos recursos (si es que se puede) y el transporte nada mejorará.

Todo eso ocurrirá porque no han rascado donde pica, sino donde les ha convenido para satisfacer frustraciones y llenar la alcancía que facilitará eternizar el lema: “Yo siempre”.

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El autor se refiere al Metro de Santo Domingo. Haga un clic en el siguiente enlace: Leonel conduce Metro.

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