De “Sheriff de Wall Street” a “Cliente 9”, meteórica caída de Spitzer

Por Oscar
Santamaría

Nueva York.-
Eliot Spitzer ha protagonizado una caída igual de meteórica que su ascenso. En
apenas una década –en la que se convirtió en estrella en alza del Partido
Demócrata- ha pasado de “Sheriff de Wall Street” a “Cliente
9″.

El recién
dimitido gobernador de Nueva York se ha visto atrapado en la misma red sobre la
que construyó toda su carrera: la que exigía la máxima ética y decencia, los
más altos estándares de comportamiento.

Abanderado
contra la corrupción, las prácticas abusivas de las grandes corporaciones y los
intereses creados en el universo político, Spitzer se ganó numerosos enemigos
en el camino.

Sobre todo en
Wall Street, donde su nombre hacía temblar. El lunes, cuando las televisiones
interrumpían sus programaciones para dar la noticia, la capital financiera del
mundo rompió en aplausos y vítores.

Los brokers de
Wall Street llenaron tras la jornada laboral los bares del Bajo Manhattan, en
lo que calificaron como un “día de celebración”.

“Pocos son
los que están apenados por lo que le ha pasado. Muchos son los que piensan que
debe dimitir por haber empleado un doble rasero”, decía con una media
sonrisa un inversionista de Wall Street a una televisora local.

Spitzer tampoco
tenía demasiados aliados dentro del aparato demócrata, alejado del ruido de
Washington a pesar de la notoriedad que fue ganándose a pulso. Una soledad que
ha pesado ahora, y mucho, en su decisión para renunciar.

Lo mismo que
las encuestas que reflejaban el descontento creciente de los neoyorquinos. Su
nivel de popularidad había caído en los últimos meses a un 30%, lejos del
elevado 69% del que gozaba cuando fue elegido gobernador en noviembre de 2006.

Pocos
despertaron tantas expectativas como él en aquel momento, cuando llegó a Albano
tras 12 años de dominio republicano. Incluso su nombre empezó a sonar como
futuro “presidenciable”.

Este licenciado
en Princeton y Harvard, nacido en 1959 en El Bronx, asumió su actual cargo
empeñado en recomponer “ética, económica y políticamente” el estado
de Nueva York, un espejo, según él, en el que se mira no sólo el resto del país
si no también del mundo.

Su fama le
precedía gracias a los ocho años que pasó como fiscal general del estado de
Nueva York, donde ganó notoriedad nacional.

La prensa se
rindió a sus pies, apodándole cosas como “sheriff de Wall Street”,
“Cruzado del año”, “Eliot Ness” o “El abogado del
pueblo”.

Su reputación
era inmaculada, su expediente brillante, su vida personal y familiar –casado y con
tres hijas- intachable.

Algunos
resultados de su trabajo como fiscal general de Nueva York son, por ejemplo, el
pacto que alcanzó por mil 400 millones de dólares con 10 de los bancos de
inversión más grandes de Wall Street para hacer más transparentes sus prácticas
y sus cuentas.

También logró
acuerdos y puso severas multas al sector de las aseguradoras como MetLife y los
fondos mutuales con el fin de que puedan estar más controladas por sus clientes
y accionistas.

Ha conseguido
asimismo que las grandes disqueras multinacionales paguen fuertes multas por
malas prácticas, como la conocida como “payola”.

Persiguió con
saña al presidente de la Bolsa de Nueva York al considerar que el pago que le
hicieron como compensación por su marcha, cerca de 200 millones de dólares, era
desproporcionado e injusto.

Otra de sus
operaciones más sonadas fue –ironías del destino- la desarticulación de dos
redes de prostitución.

Pero eso es
cosa del pasado.

Spitzer,
identificado como “Cliente 9” en este escándalo, enfrentaba ahora
algunas dificultades en su cargo, como el alto déficit presupuestario que
arrastra el estado y una investigación en marcha sobre su papel en un caso de
espionaje a un rival político.

Otro duro revés
de su temprano mandato se produjo en noviembre pasado cuando tuvo que retirar
públicamente una iniciativa para dar licencias de manejo a los inmigrantes
indocumentados. Tal fue el

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