Judas y Barrabás.

Por Salvador Flores Llamas

Fuera de los escribas y fariseos los personajes más siniestros de la Pasión de Cristo fueron Judas y Barrabás, que sirvieron a la venganza de aquéllos, que hostilizaron y pretendieron ridiculizar al Redentor, pero salieron trasquilados en eso.

Como Dios, Jesús sabía la calaña de Judas, lo escogió entre los 12 apóstoles y le confió la exigua tesorería del grupo, aunque alentara su avaricia; lo que serviría para que el traidor ayudara a cumplir las Escrituras de que el Hijo de María moriría en la cruz.

De las pocas veces que el Evangelio alude a él, está cuando se enojó porque una mujer enjugó al Maestro con perfume caro, pues éste bien podía venderse en buen dinero y darlo a los pobres, que no eran la preocupación de Iscariote, sino engordar su bolsillo.

Sin duda este apóstol realizó hazañas de rapiña, que Jesús y compañeros conocían, y quizá tenía fama de ser capaz de vender a su madre para obtener ganancias, y lo mostró al no tener empacho en vender al Hijo del Hombre.

Como tal, le dolerían al Maestro estas tropelías y tendría buen cuidado de ocultarlas a las multitudes que lo seguían, para evitar el escándalo y desprestigiar la causa. Mas como Dios, Jesús sabía que necesitaba un pillo que conociera caminos y sitios que frecuentaba, para que al llegar la hora pudiera realizar su hazaña cumbre, diríase hasta providencial.

Y al atardecer del día que celebraba su última Pascua, ya a la mesa, Jesús hizo saber a sus apóstoles: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”; ante la estupefacción general, uno a uno empezaron a preguntarle: “¨Acaso seré yo, Maestro?”, y se veían con desconcierto y desconfianza.

“El que moja su pan en mi mismo plato, ése va a entregarme, porque el Hijo del Hombre va a morir, como está escrito”. Todos le lanzaron miradas de enojo y repudio al aludido, y éste cínicamente se atrevió a inquirir: “¨Acaso soy yo, Maestro? Jesús le contestó: “Tú lo has dicho”, y un ambiente de rechazo invadió el cenáculo.

Vino luego la institución de la Eucaristía, y a los postres, dijo Cristo sigilosamente a Judas: “Lo que haz de hacer hazlo pronto”, y el traidor puso pies en polvorosa.

El relato evangélico de la agonía en Getsemaní incluye tres reclamos de Jesús a los suyos porque no estuvieron despiertos y en guardia cuando él oraba y sufría una de las más grandes angustias que soportó como hombre; luego los conminó: “Levántense, vamos, ya está aquí el que me va a entregar”.

Judas se le acercó y con un beso (señal para los sicarios) puso en sus manos al más Hermoso de los hijos del hombre, o al Modelo del hombre ideal en armonía con Dios, como dice Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret”.

Una vez que los sacerdotes y escribas lograron que Pilato, el procurador romano, lo sentenciara a muerte, lo que no estaba en lo convenido con Judas, éste entendió su grave traición, los increpó y les arrojó al rostro las 30 monedas, precio de su delito.

Al no hallar culpa para dar muerte a Jesús y que Herodes se lo devolvió para no meterse en asunto tan candente y le previno su mujer Claudia: “No te metas con ese hombre justo”; Pilato recordó la costumbre pascual de liberar un reo, y propuso a la plebe escoger entre Jesús y Barrabás, preso por motín y asesinato.

De inmediato sacerdotes y escribas azuzaron a la multitud a que pidieran la libertad de Barrabás. “¨Qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?”, clamó Pilato. “­Crucifícalo, crucifícalo!; si lo sueltas, no eres amigo del César”, gritó la masa, manipulada por los miembros del sanedrín, que se salieron con la suya.

Pilato se los entregó para el sacrificio y cobardemente se lavó las manos en señal de inocencia; la chusma gritó: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, grito, señal de deicidio, que por siglos persiguió a los judíos, y del que los exculpó Juan Pablo II (Se ve cómo desde hace muchos siglos las turbas son presa de demagogos sin escrúpulos).

Si duda Judas estuvo en la senda de la redención y renunció por su apetito de riqueza. El Mesías lo escogió de instrumento de salvación de Israel y de todo el mundo, pero prefirió entregarlo por 30 monedas. En cambio, la única vez que Barrabás vio a Jesús fue al compararlo con él, pese a ser delincuente confeso y convicto.

Iscariote fue culpable de la muerte de Cristo; Barrabás, al contrario, fue beneficiario de ella, pues le mereció la libertad.

Giovanni Papini dijo que el Diablo se quedó con un palmo de nariz, pues creyó que Barrabás sería presa fácil por haberle cargado sus crímenes a Cristo para ser crucificado, al antojo del sanedrín. Pero Satanás no contó con que ese siniestro personaje fue uno de los primeros beneficiarios de la Redención, por un toque de gracia.

Monseñor Luis María Martínez, primer arzobispo primado de México, dijo que si los bautizados tienen la suerte de aprovechar el misterio de la Salvación, Barrabás tuvo la de ser instrumento para consumar la muerte redentora de Jesús, y eso pudo salvarlo.

Podría concluirse que ambos sujetos, causantes -voluntario uno y el otro no- de la muerte de Cristo, al final merecieron perdón por arrepentirse, a lo que los movió haber ayudado a consumar la Redención, objetivo primordial de la venida del Mesías al mundo. (Notimex) (El autor es periodista)

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